Ni el cielo gris ni la lluvia persistente han logrado frenar del todo la edición número 43 del Ganga Market. Aunque el Casco Viejo no luce hoy el habitual hormiguero de gente de otros años, el espíritu del outlet más antiguo de Euskadi se mantiene vivo entre plásticos protectores y escaparates empañados. En un escenario donde el pequeño comercio se juega mucho, los dueños y dueñas de los negocios se han resguardado de la lluvia en el interior de sus locales.
Para los comerciantes, la meteorología es el factor que no pueden controlar. Tras meses de preparación, ver las calles menos concurridas de lo esperado genera una mezcla de resignación y resiliencia. El objetivo de "limpiar el stock" sigue en pie, aunque el ritmo sea más pausado. "Yo ahora estoy colocando todo lo de verano y me viene muy bien que la gente aproveche las ofertas con los productos que tengo de la temporada pasada", comenta Mariluz, dueña de la zapatería Espartilla de la calle Askao.
Cazadores de chollos
La lluvia tiene una ventaja inesperada para aquellos clientes que sí se han acercado: menos colas y más tiempo para rebuscar entre los estantes sin las aglomeraciones de ediciones soleadas. Son los "cazadores de chollos" más fieles, aquellos que valoran el trato directo por encima de la comodidad de un centro comercial cerrado. "Todas las veces que se organiza esto, bajo con mi hermana a echar un vistazo y si eso compramos alguna cosilla", afirma Luisa, quién se acerca desde Solokoetxe a buscar gangas.
A pesar de los charcos en las baldosas de Somera o Belosticalle , el Ganga Market sigue siendo una declaración de intenciones. Según Julie, dueña del establecimiento de ropa Aparté, es la prueba de que el comercio local "no se rinde" ante el mal tiempo. "Esperamos que el fin de semana la lluvia nos dé tregua y así podamos alargar esto", reclama Julie, haciendo un pequeño guiño a la Asociación de Comercios, Hostelería y Empresas el Casco Viejo.
La otra cara de la moneda
El contraste más amargo de este tradicional mercado de ganas pasado por agua lo han protagonizado aquellos comerciantes que, al no disponer de un local físico en estas calles, dependían exclusivamente de sus puestos exteriores. Sin un escaparate tras el que refugiarse ni un techo sólido para proteger el género, la jornada se ha convertido en una lucha constante contra la humedad.
Mientras que en las tiendas el goteo de clientes permitía mantener cierta esperanza, en los puestos a pie de calle el silencio ha sido más evidente. La lluvia no solo aleja a los compradores, sino que amenaza directamente la integridad de productos que no están diseñados para este temporal. "Hay muchas personas que han tenido que retirar los puestos porque no tienen un local donde refugiarse de la lluvia", explica Julie sobre aquellos y aquellas comerciantes que han tenido que retirarse a sus casas.