Cuando su carrera baloncestística estaba arrancando y llegó el momento de elegir universidad, Darrun Hilliard (13-IV-1993, Bethlehem, Pensilvania) se decantó por la prestigiosa Villanova “porque no quería alejarme ni de mi madre ni de mi hogar; les tenia a 45 minutos”. En los cinco años en los que disputó la Euroliga después de jugar 91 partidos en la NBA, adoró su nivel de competitividad “pero no llevé bien lo de tener que hacer una mudanza prácticamente cada año, mover a los niños de escuela... No me acostumbraba del todo”. Y ahora, cuando se encuentra en el tramo final de su trayectoria profesional, el alero estadounidense no esconde su deseo de prolongar su estancia en el Surne Bilbao: “Definitivamente es algo que me gustaría. Me encanta la ciudad, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, ideal. Mi mujer está contenta, a mis hijos les gusta su colegio... Estoy en una gran situación. Y el club va hacia arriba, en la dirección correcta. No quiere estar en la ACB solo para sobrevivir. Creo que Rafa Pueyo, Jaume Ponsarnau y los demás quieren seguir mejorando y me gustaría ser parte de eso. Espero que podamos seguir aquí”.
Inicios
Convertido en uno de los grandes referentes de este exitoso Surne Bilbao (12,7 puntos, 3,1 rebotes), Hilliard es alta alcurnia baloncestística, un jugador que durante prácticamente toda su carrera ha transitado por escenarios principales, acostumbrado a actuar bajo grandes focos y a desenvolverse en papeles protagonistas, muy por encima de lo que soñaba aquel niño que con cinco o seis años cogió por primera vez un balón en sus manos. “Ni siquiera puedo decir que tuviera un ídolo deportivo porque por mi cabeza ni siquiera pasaba poder ser profesional. Era pura diversión. Ya sabes, el deporte era mejor que la escuela (risas). Pero no solo era baloncesto. También fútbol americano, béisbol... ¿Soccer? Creo que duré una semana, hasta que entendí que no podía usar mis manos”, rememora entre carcajadas.
El papel de su madre
En la época de high school, cuando su nombre empezaba a llamar la atención a nivel estatal, su madre jugó un papel principal en su vida y en la forja de su personalidad. “Mi infancia fue modesta, diría que muy modesta. Estaban mi padre y mi madre y ella era la que siempre estaba trabajando duro y haciendo todo lo que podía para asegurarse de que yo tuviera de todo. Ella fue genial, todavía lo es. Inculcó en mí la ética de trabajo porque he visto lo duro que tuvo que emplearse y cuánto se sacrificó por mí. Me enseño a ser humilde”, destaca. Por eso no quiso separarse ni de ella ni de su entorno y al dar el salto a la NCAA optó por Villanova: “Fue un ajuste difícil porque me gusta mucho de donde vengo y me sentía muy cómodo allí. Volvía a casa tanto como podía, pero lo superé. Cuando veo a chavales que se van a otros países a jugar con 17 o 18 años me parece una locura. Yo no podría haberlo hecho”.
NBA
Sus cuatro cursos en los Wildcats fueron notables en el plano individual, jugando a las órdenes de Jay Wright y compartiendo equipo con los NBA Josh Hart y Mikal Bridges o con Dylan Ennis (UCAM Murcia), aunque sin éxitos colectivos -ganaron el título de la NCAA un año después de su salida-. Sus grandes números (14,3 puntos y 3,6 rebotes) le valieron para ser elegido en la segunda ronda del draft de 2015, puesto 38, por los Detroit Pistons, donde jugó dos cursos en un rol secundario, pasando también por la Liga de Desarrollo. “La noche en la que me eligieron fue uno de los mejores momentos de mi vida. Viniendo de donde vengo, por todo lo que había pasado y entrar en el draft... Fue más que un sueño hecho realidad, como poder decir: ¡estoy aquí, lo logre! Estoy muy agradecido a los Detroit Pistons”, recuerda.
Popovich y Gasol
En 2017 recaló en los San Antonio Spurs, donde pese a no tener tampoco muchos minutos vivió “una experiencia genial”. Tuvo “el honor” de ser entrenado por el mítico Gregg Popovich -“una gran personalidad y alguien muy agradable y cariñoso, no dejaba que nadie se sintiera excluido y a mí me entrenaba como si fuera un titular, un tipo de mentalidad militar y muy estructurado; a día de hoy Jaume me recuerda algunas cosas de él, por la forma en la que abordan las cosas y por cómo entienden la vida y el baloncesto- y de compartir equipo con jugadores de la talla de Kawhi Leonard, Tony Parker, Manu Ginóbili o Pau Gasol, a quien considera “mi hermano”. “Solo coincidí ese año con el, pero es una de las mejores personas que me he encontrado nunca. Nuestras taquillas estaban una al lado de la otra. Solía contarme muchas historias y yo le preguntaba por Kobe Bryant todo el tiempo. Me trató fenomenal”, añade.
Europa
En 2018, con 25 años, tuvo que cruzar el charco y recalar en Europa. “Tuve que hacer otro ajuste. Obviamente quería seguir en la NBA, pero al mismo tiempo me sentía ya validado, orgulloso de haber llegado allí”, recuerda. Y su puerta de entrada fue por Gasteiz, con el Baskonia. “Por eso digo, como en el documental, que yo debería ser considerado ya vasco”, destaca a carcajadas, rememorando que “tengo un recuerdo genial pero, siendo honesto, fue una transición difícil. Yo era un poco inmaduro y el juego europeo es diferente al de la NBA. Estaba Pedro Martínez como técnico, un tipo veterano con muchos conocimientos y sin tiempo que perder porque no es fácil seguir mucho tiempo allí como entrenador y tenía que intentar ganar partidos... Tuve muy buenos compañeros: Marcelinho Huertas, Toko Shengelia, Vincent Poirier...”. Aquel fue el curso de los hombres de negro en LEB Oro, por lo que no hubo duelos con su actual equipo: “Soy sincero, por aquel entonces no sabía nada del Bilbao Basket. Creo que ni vine a la ciudad. Es de locos cómo funcionan las cosas”.
Bilbao
Dos años más en Moscú, uno en Múnich y otro en Tel Aviv para completar su singladura por la Euroliga -“ciudades estupendas, pero demasiado cambio”-, pasos por Pinar Karsiyaka, Breogán y Unics Kazan y aterrizaje en Bilbao, donde asegura ser completamente feliz y haber encontrado todo lo que buscaba cuando decidió fichar por el conjunto vizcaino el pasado verano: un lugar en el que poder disfrutar del baloncesto, ver a su familia feliz y poder echar raíces durante un tiempo, algo importante en su vida.