Un final nervioso, un instante abierto a que cualquier cosa pudiese pasar, incluso que el Athletic evitase una derrota que durante muchos minutos estuvo muy cerca de desembocar en goleada, fue cuanto dio de sí la cita de San Mamés desde la perspectiva del anfitrión. En fin, que no están los de Ernesto Valverde en condiciones de sumar de una maldita vez los 42 puntos, de acercarse al menos a esa cifra que tanto ha dado que hablar y, por desgracia, lo sigue haciendo. Señal de que los rojiblancos no levantan cabeza. Anoche, para qué negarlo, no era una misión asequible porque enfrente hubo un señor equipo que, además, se lo tomó en serio, no como en desplazamientos previos. Y aunque el tesón local no decayó hasta la misma conclusión, su propuesta, deficitaria en precisión, velocidad y pegada; en síntesis, tan simple como inofensiva, apenas incomodó al submarino amarillo, que fabricó llegadas de sobra para liquidar la contienda con un margen bastante más holgado.

Los resultados obtenidos previamente por los teóricos rivales directos otorgaban una gran oportunidad al Athletic de avanzar en la clasificación, pero dicha circunstancia no fue acicate suficiente. Hace falta algo más que las penurias ajenas para sumar puntos y está comprobado que el equipo carece de fundamentos sólidos para competir con opciones de éxito. Es una constante que se viene repitiendo a lo largo de la temporada y pretender a estas alturas de la película que de repente, de la noche a la mañana, se produzca una reacción que compense todo lo presenciado con anterioridad se antoja inviable.

Bajo rendimiento

No es una cuestión de voluntad, no se ha dado la talla por una serie de motivos enumerados en multitud de ocasiones y la dinámica permanece invariable. Ni el técnico ni los jugadores están capacitados para activar un proyecto que languidece y genera enfado e indignación entre los aficionados, cansados de asistir a espectáculos presididos por la impotencia y un juego pobre. Faltó poco para que hubiese una desbandada importante en las gradas, un tercer gol del Villarreal, que lo rozó en un puñado de lances en el segundo acto, fue el detonante que no se dio, aunque resultó evidente la deserción de seguidores según corría el cronómetro.

Cabe que prevaleciese la sensación de equilibrio durante la primera mitad, con ambos onces enteros en el aspecto físico, pero no es menos cierto que desde bien pronto se percibió que mientras el Villarreal poseía argumentos dañinos, las dificultades para maniobrar en el Athletic eran patentes. Casi la única baza para generar peligro, digamos más bien de intentarlo, a la que se recurrió con gran frecuencia, fue la apertura a Nico Williams, aunque también Yuri colaboró y, de hecho, fue con diferencia el más incisivo del conjunto. En fin, no constituye una novedad, pero toda la creación se orientó hacia un único lado del terreno y, lógicamente, los amarillos estaban advertidos y además de la marca del expeditivo Mourinho siempre había un compañero dispuesto a echarle una mano para dejar en nada los caracoleos de Nico.

Doble mazazo

Enfrente, se diría que costó un ratito engrasar la vertiginosa transición que caracteriza a los de Marcelino, sobre la que ya se manifestó Valverde la víspera. Buscando a menudo a Gerard, un artista para lanzar contragolpes, el Villarreal amagó un par de veces antes de que Gueye exigiese una gran intervención de Simón. Cuando se tiene tanta facilidad para romper líneas con dos o tres pases a lo sumo, el adversario está inmerso en un sobresalto que nunca remite del todo. A la mínima, susto. Y el Athletic, desacertado en sus turnos de posesión, lo pasó fatal. El 0-1 cayó por mera inercia, con Cardona llevándose los honores. 

Quedó grogui el Athletic, Gerard pudo hacer el segundo en un cabezazo picado. Aquello estaba cogiendo muy mala pinta, pero el juego quedó detenido para atender a Gerard y Laporte, un respiro del que se valió el Athletic para retomar la iniciativa y en un minuto acariciar el empate con dos intentos, uno de Yuri y otro de Jauregizar, ambos desviados a córner por piernas de defensores. El Villarreal despertó antes del descanso y lo peor fue que Lekue se durmió siendo el último hombre y permitió que Alfon batiese a Simón sin remisión. Aún pudo ser más grave porque una cesión de Laporte sin mirar pudo tragársela el portero que estaba saliendo del marco, pero logró evitar la puntilla.

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En imágenes: ¿Has estado en San Mamés viendo el Athletic-Villarreal? Búscate en nuestra galería Oskar González | Miguel Acera

Segunda parte

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La vuelta del vestuario trajo una elevación de las revoluciones en el Athletic. Lo esperado, al igual que la nulidad de sus componentes para realmente hacer trabajar a Junior. Para la hora, el Villarreal había dispuesto de tres acciones muy nítidas para ampliar su cuenta, con Simón de nuevo en plan estelar para sostener a los suyos. El plus de agresividad no funcionó y Valverde metió un triple cambio: Galarreta, Sancet y Nico Williams fuera. Decisión de lo más elocuente: si estos tres no están finos, huelga decir que la remontada se convierte en una quimera. Al de un rato, el que se marchó fue el capitán, otro que no está en lo que celebra.

El partido avanzaba sin traer noticias positivas y en el 80, un error de bulto de Laporte en el círculo central no significó el 0-3 por pura casualidad. Mikautadze dirigió una parábola que, claro, pilló a Simón en el borde del área y solo la fuerza del bote impidió que el balón se colase en la red. Y con la resignación planeando sobre La Catedral, el enésimo golpe de genio de Yuri trajo el gol de un Guruzeta hasta entonces desaparecido. El público se activó, redobló los ánimos y el equipo dejó lo poquito que le quedaba en el depósito. A falta de ingenio, prisas, exceso de ímpetu y dos nuevas ocasiones de libro para que el Villarreal certificase un triunfo acorde a la superioridad que ejerció a su paso por Bilbao. Pitos de fondo para ambientar el final.