Historias de los vascos

Maritxu Anatol, el último eslabón de la Red Comète

Eisenhower y Marshall reconocieron el valor de esta mugalari por pasar a 113 aviadores y 39 judíos de Iparralde a Hegoalde durante la II Guerra Mundial

26.01.2020 | 09:30
Maritxu Anatol, junto a varios colaboradores de la Red Comète. Fotos: DEIA

El viernes hubiera cumplido 111 años. De talante especial y sin afiliación ni simpatía a siglas políticas o sindicales, María Anatol Aristegi murió a los 72 años, "vieja, ciega, reumática", como ella se autocalificaba, "pero con las botas puestas y la cabeza bien alta". Todo ello, después de que pasara la muga de Iparralde a Hegoalde a "113 aviadores y 39 judíos", según declaró a Vicente Escudero en DEIA en 1978. Falleció tres años después: "Mi testamento ya está escrito. No quiero funeral ni entierro. Tampoco que escriban epitafio alguno en mi tumba", manifestó quien nunca tuvo ni sintió "miedo por nada".

Tan desentendida en su último aliento como generosa en su vida de aventura diaria, aquella bronca mugalari de Irun formó parte de la histórica Red Comète, organización franco-belga que germinó en Bruselas en 1940 con el fin de evacuar a combatientes aliados perseguidos por los nazis, y que podría traducirse libremente como camino a la libertad.

El objetivo de esta organización clandestina-defiende el historiador Juan Carlos Jiménez de Aberasturi- era poner a salvo a estas personas con ayuda de embajadas y servicios aliados en España, hasta Gibraltar. La meta final, tras atravesar la Europa ocupada, era Euskadi para el paso generalmente a través del Bidasoa. Allí, "un grupo de vascos de ambos lados de la muga colaboró en esta etapa final del peligroso viaje", resume.

Anatol tenía doble nacionalidad. Era hija de un hombre de Behobia (Lapurdi) y una mujer de Irun (Gipuzkoa). Poseían una agencia de aduanas. Tal como señala Iñaki Rodríguez, en la enciclopedia Auñamendi, aquella joven tuvo un hermano ingeniero, otro cura y un tercero galardonado por sus investigaciones químicas. Inventó el medicamento defatigante Ergadyl y, tras ser preso de los nazis, acabó siendo profesor en la Universidad de Reims.

Al menos cuatro vascos se unieron o fueron captados para la Red Comète. Jiménez de Aberasturi cita en un principio a tres: al bilbaino Martín Hurtado de Saracho, a Ambrosio San Vicente, natural de Gasteiz, nacionalista y miembro del Araba Buru Batzar, y a Alejandro Elizalde, gudari de Elizondo. Maritxu también incluía a Alejandro Iribarren y Florentino Goicoechea.

Fue Elizalde quien captó a Anatol, personaje "audaz y pintoresco" que colabora activamente con el grupo en los contactos, desplazamientos y labores de abastecimiento. Todo el grupo, excepto la irunesa, fue detenido en 1943 y deportado a los campos de concentración nazis en Alemania de donde volvieron, maltrechos y enfermos, al final de la guerra".

En el momento de sumarse a la organización de la resistencia antinazi, Anatol se mostró cómoda en las actividades clandestinas. Llegó a convivir con los nazis en su casa confiscada, al tiempo que se jugaba la vida como último eslabón de la organización. "Éramos un grupo de aventureros, de personas decididas", enfatizaba, según detalla Rodríguez Álvarez. Los recogía en París, viajaba con ellos en el tren nocturno con documentación falsa hasta la casa de Ambrosio San Vicente, de Donibane Lohizune, y luego, desde el caserío Sarobe de Oiartzun, pasaba a la España franquista, rumbo a Portugal-Londres. Ella era la salvación final.

Quienes han estudiado su figura, sostienen que en la Red Comète desconfiaban de sus métodos personales. De hecho, los británicos no la quisieron porque pasaban muchas horas con los nazis. Por si acaso, "portaba una inseparable pequeña pistola Star", quién sabe si fue aquella histórica que tras ser un regalo hecho a Hitler acabó en aduanas. El historiador Txato Etxaniz, de Gernikazarra, confirma la venta de estos revólveres tras el bombardeo de Gernika, "a modo de souvenir por los pilotos".

La resistencia acabó prescindiendo de Anatol y su equipo. Pasaron a encargarle únicamente el cambio de moneda en pesetas para el trayecto a través de España", subraya Rodríguez.

El 13 de julio de 1943 el grupo vasco de la Red Comète fue detenido por la Gestapo. Tres miembros fueron deportados a Alemania, pero sobrevivieron. Maritxu logró salvarse. Ella pasó por la comisaria de la Gestapo en Baiona y por la prisión de Biarritz, se mantuvo firme en los interrogatorios y celebró su libertad.

En 1945, volvió a Irun donde se casó con el comerciante y deportista Eugenio Angoso. Dirigió su propia agencia de aduanas. Su labor no pasó inadvertida tras la liberación de Francia. Los mismos Marshall y Eisenhower lo hicieron. Y es que durante aquellos seis años, Anatol cruzó, entre otros, a André Mattei, que llegó á ministro francés plenipotenciario, o el príncipe Alberto de Ligne.

"En una ocasión", destaca el investigador Aitor Miñambres, "un hombre le preguntó a ver qué número era él de cuantos llevaba Maritxu pasados de frontera. Le dijo que el 69. Pues bien, tiempo después le llegó una notificación para que fuera a recoger un collar con 69 perlas". Ella anotaba todo en un cuaderno y "les pedía una dedicatoria al despedirme", según relataba en un libro de José Miguel Romaña.

El Estado francés también reconoció su entrega. "Podemos afirmar que ha contribuido con su coraje y riesgo de su vida al salvamento de un gran número de aviadores aliados caídos en nuestro país", difundieron. Y todo ello con una curiosidad más: la mugalari amaba el peligro sobre las ideologías. Se sumó a la Resistencia por humanidad. "A mí me daban pena esos chicos, los pilotos, y vi que podía ayudarlos. Por eso empecé a trabajar en la Red Comète", agregaba y concluía: "Si naciera otra vez haría lo mismo. Me volvería a meter en la Resistencia. Me gusta el riesgo, la aventura y me fastidia la vida cómoda, la vida muelle".

El jeltzale Iñaki Anasagasti es una de las personas que más ha reivindicado su figura. "Los nombres de las calles casi solo son de hombres ilustres. Cuando uno pregunta si no ha habido mujeres ilustres te dicen que no se sabe. Sí las hay, y es obligatorio ponerlas en valor. Maritxu fue una de ellas y debiera tener reconocimiento público porque cuando no había más que un futuro incierto arriesgó su vida por los demás. Debe ser reconocida por esta sociedad materialista".

Al respecto, Maritxu vivió en los años 60 en una calle de Irun que desde el 26 de febrero del año 2014 lleva su nombre.

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