Indultos, el mal menor

26.05.2021 | 01:32
Oriol Junqueras.

lo más natural Ya les contaba ayer martes en La Maraña Mediática de las webs de Grupo Noticias que los opinadores del ultramonte andan incendiados porque barruntan un inminente indulto a los presos del procés. O a los golpistas, si utilizamos su terminología estridente. Sospechan que, una vez pasado el trago electoral madrileño y a la vista de la revalorización de los votos soberanistas en el Congreso, Pedro Sánchez usará la carta de la medida de gracia. Lo cierto es que algo de eso hay. Y lo confirmó ayer Sánchez en persona. Puesto entre la espada y la pared, reconoció que se estudiarán los indultos individualmente, una vez que se pronuncie el Tribunal Supremo y "buscando la concordia y no la venganza". A los rasgadores rituales de vestiduras habría que recordarles que ya en diciembre del año pasado se anunció que habría que solucionar la cuestión en el primer semestre de 2021. Le queda al Gobierno, por lo tanto, poco más de un mes. Los malpensados amplían el plazo hasta mitad del verano para que la noticia pase desapercibida.

mal menor Lo deseable es que Sánchez cumpla lo prometido sin esperar más. Sería el menos malo de los finales posibles para una injusticia que se arrastra desde hace ya demasiado tiempo. Porque a nadie con una mínima sensibilidad democrática se le puede escapar que el indulto no es más que un parche. Lo que debería haber ocurrido desde el principio es que los dirigentes soberanistas no hubieran pisado la prisión. Sus faltas, si es que las hubo –que eso resulta discutible– podrían haber sido sancionadas de otro modo. Sin embargo, una corriente a la que no fue ajeno el propio PSOE del presidente español trató de convertir el juicio por el procés en un escarmiento y en una demostración de fuerza de las instituciones del Estado español. Y lo consiguieron. Se dictaron penas durísimas por un delito, el de sedición, que hoy está a punto de ser borrado del ordenamiento jurídico porque no tiene ni pies ni cabeza.

justicia poética La directa, por lo tanto, es redactar el decreto correspondiente y dárselo a firmar sin perder un minuto a Felipe VI. Esto último joroba especialmente en la caverna y con razón. Vendría a ser un acto de justicia poética para quien tan farruco se puso aquel inolvidable 3 de octubre de 2017, dos días después del referéndum. Seguro que para el muy preparado monarca no será un plato de gusto devolver la libertad a los mismos políticos a los que acusó de "situarse fuera del derecho y la democracia para quebrar la unidad de España y la soberanía nacional".

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