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La pena capital

28.11.2020 | 00:28
La pena capital

La condena no tiene fin. Porque lo esencial es que no se cumpla. Cuando esté agonizando en una calleja oscura deseará que lleguen los soldados a terminar con él. O temerá que sea alguien con medicinas. ¿Comprendes?

nUNCA mires directamente al rostro del Camino que Conduce al Cielo".

El eunuco Shi Xian, prefecto de los maestros del Palacio de la Escritura y uno de los hombres de confianza de la Luz Celeste, repitió la frase varias veces a su invitado. Lo hizo vocalizando lentamente. A pesar de que este embajador del Comandante Supremo del Mare Nostrum, al que llamaban Augusto o César, parecía un individuo inteligente, Shi Xian no se fiaba de las entendederas de aquellos viajeros que llegaban desde las lejanas tierras del Oeste.

Siempre se trataba de personajes de barbas hirsutas y extrañas costumbres higiénicas que comían cualquier alimento cocinado sin mimo ni respeto. Estaba seguro de que el más humilde siervo de cualquier aldea china poseía más conocimientos y podía presumir de una educación más refinada que el propio rey de aquel Mar Interior.

Lo cierto es que Shi Xian había llegado a admirar la voluntad de aquél último bárbaro. Meses atrás, se presentó en el palacio imperial, extenuado y harapiento, pero con un buen manejo de la lengua del sabio Kongzi. Incluso conocía las virtudes de la ética confuciana: la piedad filial, las relaciones armoniosas, el ritual y la rectitud. Era sabedor del Wu Xing: los ciclos naturales que gobernaban el cielo, la tierra y el hombre. Por supuesto, traía leído el Rocío exuberante de los anales de primavera y otoño del maestro Dong. Se había preparado. No mostró interés por sedas ni joyas. Un buen embajador, sin duda. O un perfecto espía.

—Hoy podrás admirar al Mejor entre los Gobernantes en su jornada de impartir justicia. Son raros los casos que alcanzan este palacio. Los funcionarios de las aldeas y las regiones suelen resolverlos antes. Pero se producen excepciones. Sobre todo, referentes a la pena capital.

El occidental mostró sorpresa. ¿Acaso carecen los administradores provinciales de la potestad de condenar a muerte a un reo? –preguntó con gesto de incredulidad.

El eunuco detuvo su caminar. Río. Se carcajeó a mandíbula batiente. Cuando dejó de lagrimear, se dirigió al barbudo.

—¿Ves? La sutileza no se cuenta entre vuestras virtudes, hombres de ojos redondos. Hablo de pena capital. La pena de muerte es otra cuestión. Por supuesto que se encuentra entre las potestades de magistrados y jueces de las aldeas. Pero la pena capital, la más dura de todas, queda en manos del Magnífico Tribunal.

Shi Xiang se extendió entonces sobre las características del Código Penal. Mil pergaminos que contienen 26.272 artículos. Los castigos, minuciosamente descritos con 7.732.197 palabras. La pena de muerte, desglosada en quinientos epígrafes que contemplan dos mil delitos.

—La mayor parte de las sentencias se resuelven mediante compensaciones, multas, pérdida de propiedades o destierro. Las amputaciones de narices o pies suponen una parte despreciable de los acuerdos; en un territorio tan extenso como el que gobierna el Juez Supremo se dan años sin ese tipo de condenas. La flagelación tampoco resulta habitual. Ni la tortura; como mucho aplicamos la falanga en casos muy extremos y siempre de un modo que el reo pueda volver a caminar en pocas semanas. Aborrecemos las costumbres foráneas de clavar a las gentes en árboles o maderos, colgarlas o lanzarlas a las brasas. La condena a muerte siempre recurre a la decapitación de un solo tajo. Únicamente pierden la cabeza los rebeldes que se alzan en armas contra la Suprema Comprensión y son infrecuentes.

El extranjero asimiló con esfuerzo que el funcionario oriental tachara de bárbaras las condenas explicitadas en las leyes de su tierra. Insistió en la pena capital. El eunuco le sacó de dudas.

—El gran Mencio defendió que la naturaleza humana era innatamente buena. Por eso nuestro Código Penal puede pecar de clemente. Sin embargo, Dong, a quien tú has estudiado, expuso posteriormente que las personas precisan estímulos externos para alimentar la moralidad. Esa reflexión impulsó a la Emperatriz Viuda, hace muchos años, a comenzar a aplicar la pena capital. No está escrita. Ni se escribirá, porque su eficacia depende de que no sea apresada entre las letras de un papiro.

El prefecto de los maestros del Palacio de la Escritura sabía de lo que hablaba. Cualquier idea o fantasía se convierte en otra cosa de distinta sustancia en cuanto se convierte en letras. En ese momento se vuelve previsible o estudiable. Y la pena capital debía ser todo lo contrario. El infierno intangible. Según Shi Xiang se aplicaba en delitos execrables como el del envenenador de pozos de agua potable, el asesino de su propia familia, el matador de bebés o el pirómano de cosechas.

—Los condenados a la pena capital son traídos a la audiencia del palacio de la Clemencia Infinita. Se lee la acusación probada contra ellos. Después, el Gobernante de las Tierras de los Hombres ordena a uno de sus Nueve Ministros que proclame la sentencia. El Ministro lo hace desgañitándose y acompañado con tambores, dibujos, pinturas y actores que representan la condena. Una sentencia podría ser:

"El verdugo te sacará dos palmos de intestinos por un pequeño corte en el vientre y te atará con ellos las manos de modo que no te las puedas soltar; estarás sentado en la plaza de tu pueblo, con el cuello sujeto a un poste y tendrás un cuenco con agua fresca a tu alcance; si bebes, te destriparás con horrible sufrimiento; si aguantas, la propia sed se convertirá un suplicio; tus vecinos podrán observar lo que sucede. Esta es la condena. Se aplicará cuando el Emperador lo considere".

El romano mostró extrañeza de nuevo. Quiso saber si el designado para pena capital era finalmente liberado o permanecía en las mazmorras. El eunuco aclaró.

—Le liberamos. Antes le tatúan en cada pómulo y la frente el sello del Magnánimo Gobernante. De este modo todos saben que no pueden dañarlo ni matarlo. Si alguien lo encuentra desvanecido o hambriento, deberá ayudarlo. Y sanarlo si enferma o se hiere. ¿Lo entiendes ahora?

El bárbaro negó con la cabeza.

—Os falta sofisticación a los de Poniente. Ese hombre vivirá torturado por su propia pesadilla. Dormirá agitado. Huirá sin descanso. Jamás sabrá si quien se le acerca es un desconocido o un enviado de la Justicia Eterna que pretende atarle las manos con sus propios intestinos. La angustia y la culpa le corroerán el alma como ratas. Quizá salte desde un puente o se cuelgue de un árbol para acabar de una vez. Pero le salvarán. Le curarán. La condena no tiene fin. Porque lo esencial es que no se cumpla. Cuando esté agonizando en una calleja oscura deseará que lleguen los soldados a terminar con él de una vez. O temerá que sea alguien con medicinas. ¿Comprendes?

Esta vez, el romano asintió. A lo largo del día, fue testigo de media docena de condenas a la pena capital. Abandonó Luhan al siguiente amanecer. Sin demora. Forzaba el caballo a un galope atemorizado.

Desde su ventana del palacio de la Gloriosa Certeza, Shi Xian observó la columna de polvo, meneó el cráneo pelado y sonrió.

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