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La crisopea

"Yo no te puedo atender, ni alimentar, ni tiempo tengo para enseñarte. Mi misión, el destino de este alquimista que has buscado por el reino, es liberar al hombre de los grilletes de la enfermedad. Pero si lo que buscas es oro, te puedo ayudar”

17.12.2019 | 21:04
La crisopea

cONOCÍ a Parmigianino en Casalmaggiore, a orillas del Po. Se refugiaba en una casucha miserable. En realidad le bautizaron con el nombre de Francesco Mazzola. Por si no lo sabes, era el pintor que creó la Madonna dal Collo Lungo, esa de la capa azul cinabrio y el gesto elegante que después tantas veces imitaría Doménikos Theotokópoulos. También llegué a entablar relación con El Greco, en Toledo, mucho después; pero esa es otra historia, compadre, y no has venido aquí para escucharla aunque tenga que ver con la alquimia.

Cuando lo de Mazzola yo habría cumplido, escasamente, los 17 años. Deserté de las tropas imperiales que habían saqueado Roma. En mi deambular por la ciudad vencida y humeante me tropecé con La visión de San Jerónimo y Los Desposorios Místicos de Santa Margarita, obras ambas de Mazzola. Me fascinaron. Poseían algún elemento que trascendía la pintura: un equilibrio, un brillo, una composición. Estaban dotadas de alma. Podía sentirlas latir. Permanecí absorto varias jornadas perdido entre unas ruinas que nunca supe si correspondían a los tiempos de Augusto o eran resultado de nuestro asalto.

Me conjuré para encontrar al pintor. Podía haber muerto hacía dos siglos o habitar más allá del mar de Flandes y hubiera resultado igual de imposible para mí. Pregunté cientos de veces hasta que me hablaron de un tal Parmigianino, que había huido hacia el norte. A Florencia. Seguí esa dirección. Caminé sobre sus pasos. Tardé años sin memoria. Hasta que di con él: un hombre joven pero atrozmente avejentado, harapiento, arrugado y menudo, consumido por una deuda que no conocía.

Ya no tocaba los pinceles. Y había olvidado las proporciones de mezcla de los pigmentos. No hacía sino alimentar el atanor que reinaba en el centro de su choza. Se trataba de un horno cuadrado, de cuatro pies de longitud, tres de anchura y un grosor de medio pie en las paredes. Todo de ladrillo vidriado y con capacidad dentro para varios crisoles. Lo alimentaba día y noche de leña, en busca de la piedra filosofal. Fundía azogue, cobre, sales orientales y azufre. Mostraba las manos en pura llaga de tanta quemadura y le silbaban los pulmones de respirar en aquel infierno.

Parmigianino me habló de Taciano de Siena, de San Alberto Magno y de Abu Musa Jabir ibn Hayyan, quien buscó y, quizá halló, la takwin, o creación de vida dentro del Horno Filosofal. Cuentan que una noche hasta sacó un feto humano, llorando, del vientre del atanor. Pero se perdieron textos y testimonios. Parmigianino quería el oro.

Repetía como letanías las series de los siete cuerpos celestes, los humores, los cuatro elementos, la fórmula del ácido al-natrun y del al-qal?y. Monologaba sobre las virtudes del agua regia.

Justo antes de morir, dio con la Piedra Hemi-Filosofal que ya citara Taciano de Siena en su Opus Mundi. No se trata de la magna obra completa, compadre, desengáñate.

La Piedra Hemi-Filosofal no proporciona la crisopea completa. Pero desconozco otras que consigan lo mismo. No repara la salud. Ni lo convierte todo en oro. Pero sí transforma en el noble elemento una masa de barro, o de hilo, tela vieja y agua sucia de la China. Yo vi cómo lo hacía, aunque no le sirviera para nada, a Francesco Mazzola. Porque Dios, o el Diablo, se llevó su pobre alma en aquellas fechas.

Yo mismo le di sepultura en el paraje de Casalmaggiore, a unas leguas de Cremona. Y enterré con sus despojos la Hemi-Filosofal que le apartó de la pintura. Tuve temor, compadre, a atraer una maldición por portar aquella piedra incolora en mi faltriquera.

Caminé más al norte, crucé los Alpes. Y conocí a Paracelso en Salzburgo, que receló de mí y solo me proporcionó el secreto del láudano. Luego, transité los caminos polvorientos de Francia. En París escuché a Hubert de Aurillac, heredero de la escuela de Nicolás Flamel, maestro del alambique y los aceites de esencias. Cansado, decidí regresar a Valladolid a establecer mi propio atanor. Aunque, antes, caminé entre peregrinos hasta Santiago, donde pedí al Apóstol el perdón de mis pecados.

Hace ya tiempo que aquí mismo, compadre, en la carrera de San Pedro, doy con la leña en el Horno Filosofal. Y mezclo sales con azogue y plomo con sangre de oveja que no ha parido. Apunto las sustancias y elementos, las cantidades y volúmenes, el tipo de madera que aviva la llama. O si es carbón. Cuando quiera, repito la fórmula del difunto Parmigianino, que los Santos lo tengan en su gloria, y consigo oro. Pero busco la salud. Curar a los hombres con la imposición de mi piedra. Devolver la juventud y alejar el sufrimiento del cuerpo, compadre. Eso merece una vida de sacrificio.

Yo no te puedo atender, ni alimentar, ni tiempo tengo para enseñarte. Mi misión, el destino de este alquimista que has buscado por el reino, es liberar al hombre de los grilletes de la enfermedad. Pero, si lo que buscas es oro, te puedo ayudar. Guardo aquí ladrillos vidriados y crisoles que me sobraron de cuando hice mi Horno Filosofal. Y los auténticos escritos de Parmigianino. Las notas que tomó en su ascenso a la obra magna. Yo no las necesito. Las sé de memoria. Y, además, las tengo copiadas en mi propio libro que jamás venderé a nadie. Compadre, esta es tu oportunidad, te doy los ladrillos, los crisoles y los pergaminos del puño y letra de Francesco Mazzola por solo diez florines de oro. Nada de esto tiene precio.

El otro hombre titubeó. El alquimista desplegó los escritos del italiano delante de sus ojos. Una caligrafía cuidada salpicada por signos extraños, estrellas de David y planos de objetos imposibles preñados de números y letras. El alquimista recogió los pergaminos y se levantó. El otro le sujetó la mano. Le entregó nueve florines de oro y un real de plata. El alquimista accedió con gesto beatífico.

El hombre cargó una acémila y se marchó hacia el sur con los pergaminos de Parmigianino apretados contra el pecho. El vendedor embocó la puerta de una de las tabernas de la Plaza Mayor. Pidió una jarra de vino nuevo y gritó que el alquimista pagaba una ronda a toda la parroquia. Usó el real de plata.

Jamás se había alejado del Pisuerga más de 10 leguas. Nunca fue soldado, ni desertor, ni habitó con Francesco Mazzola. Ignoraba dónde se encontraba Salzburgo y a cuántas jornadas de allí se levantaba París. Nunca le invadió la inquietud por completar el Camino Jacobeo.

Pero sabía transmutar barro, telas, cuero, hilo y agua de la China en oro. Esta vez, nueve buenos florines. Cualquier alquimista lo aceptaría como crisopea.