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Neanderthales inmaduros para usar WhatsApp

09.02.2020 | 19:33
WhatsApp

EN esta era neanderthal-digital, el espacio público se ha transformado en buena medida en digital. Parece poco razonable que sean unas pocas empresas privadas las que se hayan apropiado de esos contextos de comunicación y relación. Pero la realidad es esa. Implícitamente han cambiado no solo nuestra privacidad, sino también los códigos de comunicación básicos. Disponen de tal capacidad de anticipación y aceleración tecnológica que superan cualquier reacción legislativa o social.

Por ello, creo que no tenemos una sociedad madura para usar WhatsApp. Comunicaciones que se podrían resolver por otros canales, acaban frecuentemente en hilos interminables de WhatsApp. De los grupos, ni os hablo. Los datos avalan esto. En 2014, en EEUU, los mensajes de texto superaron ya a las llamadas. Los millennials incluso se declaran enemigos de las llamadas y las comunicaciones síncronas. Esto, se debe en buena medida a ese fenómeno de ocupación del espacio público que han provocado herramientas como Instagram, WhatsApp o Facebook Messenger. De alguna manera nos hemos impuesto como sociedad un modelo de comunicación instantánea sin pensar en el receptor y su disponibilidad. Un modelo de relación además que no tiene inicio y fin. Es un continuo. Y quizás aquí esté el principal elemento de transformación. Suelo diferenciar a los usuarios de WhatsApp entre aquellos que te despiden una conversación y aquellos que no. Aquellos que venimos de la era del teléfono fijo, nos despedimos. Aquellos que han crecido en esta era digital y social, no. Piensan que la conversación debe ser continua, sin detención. No se despiden. Muchos ni saludan.

Por otro lado, la llamada nos dificulta bastante la multi-atención. Un término bastante discutido en ámbitos académicos -la duda sobre si realmente somos capaces de paralelizar-, pero que nos lleva a tener a gente atendiendo múltiples redes sociales al mismo tiempo. Lo cual no solo hace muy superficial el pensamiento y la capacidad de discernimiento, sino que además nos vuelve presos de la apertura de múltiples canales de comunicación. La llamada corta esto.

Y, por último, está el objetivo en sí de una comunicación. Se pueden hacer multitud de llamadas: pero en muchas ocasiones son para negociar, llegar a acuerdos, plantear alternativas en una decisión, etc. Son muchos los expertos académicos en gestión de conflictos que alertan de una pérdida de la capacidad de llegar a soluciones ante el aumento de la comunicación escrita. Sherry Turkle, reconocido académico del MIT, suele decir que el email y la mensajería instantánea son buenas herramientas para comunicaciones rápidas, de índole logística o que sean de baja prioridad (lo cual a un millennial le parecería anacrónico). Las comunicaciones ágiles que tengan cierta complejidad, requieren de más diálogo. Ahí el teléfono opera mejor, salvo que seas una persona que necesariamente, por trabajo, debas estar atendiendo múltiples canales a la vez. En estos casos es mejor negociar el canal de comunicación, una costumbre poco arraigada, pero que los viejos millennials como yo todavía mantenemos de los orígenes de Internet (cuando preguntabas a la otra si prefería el chat, un mensaje de móvil o Windows Messenger).

Desde que Alexander Graham Bell nos regalara el teléfono, la sensación de libertad y privacidad que nos ha dado, la estamos dejando atrás. Salvo que estés siendo investigado por alguna cuestión delicada, el teléfono no deja huella digital. No hay cosa que digas que pueda recuperarse años después. La resolución de conflictos por malentendidos se torna más fácil: no existirán pruebas irrefutables para restaurar el eventual daño causado. Y esto, que puede parecer contraproducente con la ética, creo que puede ayudar. Tener cierta sensación de libertad en las comunicaciones quizás nos hace más naturales. En los medios de comunicación intervenidos por empresas tecnológicas, la libertad es nula. Entiendo esto limitará la información transmitida. En definitiva: pensemos antes de escribir y llamar. Esta inercia aparentemente indiscutible hacia el uso de herramientas de texto sociales no es más que el resultado de la conquista de los gigantes tecnológicos de dichos espacios. Liberémonos y pensemos más allá.