Se suele decir que las crónicas de las grandes batallas las escriben los vencedores. El ejemplo más claro lo tenemos en Waterloo. Esta aldea flamenca pasó a la historia solamente porque Wellington, que había instalado allí su cuartel general, fechó en este pueblo su documento de victoria sobre Napoleón, cuando, en realidad, el decisivo combate se desarrolló a cinco kilómetros de allí.

Nunca supuso Napoleón que aquella batalla iba a tener semejante final. Ni él ni la mayor parte de los franceses que creían en su concepto personal de la grandeza. El emperador corso había conseguido no sólo que Francia alcanzara un elevado grado como nación, sino que sus habitantes estuvieran convencidos de ello. Fue la gran época de los físicos franceses y de la protección a las ciencias, las artes y las letras.

El León de la Libertad, en lo alto de la colina de Waterloo. Begoña E. Ocerin

Napoleón fue el primero en exigir en documentos oficiales cuadros, joyas y objetos de arte, además de dinero, como indemnización de guerra. Así aparece consignado en los armisticios de Piacenza, Bolonia y la Convención de Milán. Bien es cierto que anteriormente los vencedores no consignaban esos detalles en los arreglos para las paces porque por adelantado se habían llevado cuanto podían. Era lo que denominaban botín de guerra.   

Todo ello hizo que Napoleón fuera admirado por gentes ilustres de los más variados países, como Goethe, cuya obra Werther entusiasmó al corso hasta el punto de entregarle la Legión de Honor. Beethoven, por su parte, le dedicó su Sinfonía número 3, conocida mundialmente como Heroica

Sintieron admiración por el emperador el poeta Lord Byron, que le compuso la Oda a Napoleón Buonaparte y, sobre todo, William Hazlitt, posiblemente el mejor ensayista del romanticismo inglés. Cuando ocurrió lo de Waterloo se llevó tal disgusto que anduvo semanas enteras sin asearse y totalmente ebrio. No fue capaz de asimilarlo.

Turistas subiendo a la Colina del León. B.E.O.

Algo más que una canción

Waterloo, situada a 30 kilómetros al sur de Bruselas, tiene hoy unos 30.000 habitantes. Ni la alta afluencia de turistas que se da en algunas temporadas altera la paz y tranquilidad de un lugar que ha pasado a la historia por una famosa batalla. Su centro comercial puede ser semejante al de cualquier otra ciudad valona, pero el panorama cambia en cuanto recorres los alrededores. La proliferación de palacetes te hace creer entonces que, como se suele decir, aquí hay varilla.

ilustración de la construcción de la Colina del León. B.E.O.

“Waterloo se ha convertido en ciudad-residencia de la alta sociedad belga y de los políticos que debaten en lo que llamamos barrio europeo, donde está en Consejo de Europa, el Parlamento Europeo y demás. Posiblemente sea el lugar de Bélgica donde el metro cuadrado sea más caro. Los turistas vienen atraídos por el nombre y buscan lugares relacionados con la famosa batalla”, me dice la guía que me acompaña.

La curiosidad histórica que se siente en el pantanoso terreno donde se decidió la suerte de Europa se sacia con una detallada visita al centro interpretativo que incluye un museo y un magnífico panorama en un edificio de planta y pantalla circulares. La representación de los prolegómenos y la propia batalla son espectaculares.

Centenario edificio del Panorama, hoy monumento histórico. B.E.O.

La batalla que modificó fronteras

El espectáculo comienza dos días antes del gran combate, cuando el cuerpo de veteranos de Napoleón derrotó a las tropas prusianas que comandaba Von Blücher en la localidad belga de Ligny, cerca de Namur. Animado por el triunfo, el emperador galo quiso repetir suerte enfrentándose el 18 de junio al ejército británico que dirigía Arthur Wellesley, duque de Wellington, y que estaba coaligado con los prusianos. Jugaba con el tiempo para que ambas milicias no llegaran a juntarse y de esa forma poder asestar un golpe definitivo a los ingleses.

Napoleón estableció su cuartel general en la posada La Belle Aliance, un nombre no muy apropiado para quien tenía que vérselas con un ejército precisamente aliado. Desde este lugar se dominaba una amplia llanura al pie de la colina de Mont-Saint-Jean en la que se ubicaban dos o tres granjas. El punto elegido para librar la batalla parecía favorecerle.

Sin embargo, no contó con la meteorología. En aquel día primaveral de 1815 no lució el sol como se esperaba. La noche anterior llovió de gana y aquellos campos de subsuelo pantanoso se hicieron impracticables. Durante la mañana no dejó de caer agua para desesperación del corso que sabía que la inmediatez del combate constituía la mejor garantía de éxito.

El panorama/ciclorama muestra así la crudeza de la batalla. B.E.O.

… Y para colmo hemorroides

El emperador bramaba, pero no sólo por la contrariedad meteorológica, sino porque, para colmo, se le habían reproducido las hemorroides que le aquejaban y que le provocaban un gran dolor cuando montaba a caballo. La posibilidad de no poder arengar a sus huestes al inicio de la batalla desde la cabecera de la formación era algo que un ególatra como él no contemplaba.

Estas dilaciones en el campo francés fueron aprovechadas por los británicos que habían conseguido buenas posiciones para atrincherarse. A las dos de la tarde, tras el cese de una gran tromba de agua, sonó el cañonazo que inició una de las batallas más famosas de la historia. A la feroz resistencia ofrecida por los británicos se unió la llegada oportuna del ejército prusiano. La matanza fue escalofriante.

Al anochecer, sólo la vieja guardia de Napoleón seguía en pie. El resto de la tropa había sido aniquilado por el fuego de la artillería enemiga y la furia de la caballería prusiana. En el cuartel de los aliados, el Duque de Wellington redactó la noticia de la victoria que enviaría urgentemente a Londres. Estaba fechada en Waterloo, el municipio donde los aliados habían establecido su cuartel general. De ahí que la famosa batalla se conozca hoy con este nombre aunque tuviera lugar en otro concejo, a cinco kilómetros.

El Wellington Café, para hacer una parada. B.E.O.

Las consecuencias

La derrota de Napoleón en Waterloo supuso para Francia el retorno a sus fronteras de 1790, o lo que es lo mismo la pérdida de los Países Bajos, Austria, Suiza y Prusia, así como la isla de Cerdeña. En el terreno económico se comprometió a pagar los daños de guerra que fueron valorados en unos setecientos millones de francos. Es más, el país galo se comprometía a mantener en su suelo a un ejército de ocupación de medio millón de hombres por un período comprendido entre los tres y los cinco años.

Tras abdicar en su hijo Napoleón II, el emperador buscó infructuosamente refugio en los Estados Unidos. Tuvo que conformarse con el refugio que le ofrecieron las autoridades británicas en Santa Elena, un islote situado en el Atlántico meridional descubierto en 1502 por el navegante portugués Juan de Noya, y que ya no abandonaría hasta su muerte.

Por cierto que la casita de madera y de un solo piso donde Napoleón vivió sus últimos años, así como el jardín que la rodea, es territorio francés. Fue el regalo a título perpetuo que le hizo la reina Victoria de Inglaterra a Napoleón III para el gobierno de Francia.

El recuerdo

La Colina del León, símbolo universal de aquella batalla, fue construida entre 1824 y 1826. Se alza sobre el lugar donde el príncipe Guillermo de Orange, heredero del trono y comandante en jefe del primer cuerpo del ejército de Wellington, fue herido. Sostiene un imponente león de hierro que fue diseñado por el malinés Van Geel y fundido por el artesano Cockerill en Lieja.

La fiera protege el globo terrestre y simboliza la paz reencontrada en Europa. Una escalera de 226 escalones salva los 41 metros de altura desde donde se puede admirar el lugar de la batalla.

El museo que se encuentra al pie de la colina resulta muy interesante, ya que recoge objetos originales de las tropas contendientes que se van encontrando en los arados de la planicie donde se libró la batalla. El recorrido tiene su recompensa al degustar cualquiera de las trescientas marcas de cerveza belga que te ofrecen al pie del monumento.