CUANDO la tarde del 17 de julio de 1936 comenzaron a llegar informaciones de un levantamiento del ejército que ocupaba el denominado "protectorado" del norte de Marruecos en contra del Gobierno español democráticamente elegido unos pocos meses antes, a los nacionalistas vascos se les planteó una disyuntiva muy particular.

A diferencia de prácticamente todas las restantes formaciones políticas, los nacionalistas vascos tenían que elegir, forzosamente, un bando. Republicanos, socialistas, anarquistas y comunistas no tuvieron que plantearse nada. Tampoco los que, desde las formaciones políticas de derechas, monárquicos dinásticos y carlistas, habían conspirado desde su proclamación para derribar la II República española, el marco político más democrático habido nunca en España.

Solo los nacionalistas vascos tuvieron que debatir en qué bando se alineaban, ya que tenían partes muy importantes de su ideario que les unían con los dos bandos enfrentados, a partir de entonces, en una terrible guerra civil.

Con los sublevados, el Partido Nacionalista Vasco tenía en común su confesionalidad católica, entonces una de las principales cuestiones en conflicto, así como su defensa del orden social.

Con los defensores de la República los jeltzales compartían sus ideas democráticas y de justicia social.

Su lema, en las elecciones de febrero, había sintetizado muy bien lo anterior: "¡Por la civilización cristiana! ¡Por la libertad de la patria! ¡Por la justicia social!".

Los miembros del Partido Nacionalista Vasco, tuvieron, por lo tanto, en aquellas dramáticas circunstancias, que decidir. Decidir en qué lado de la lucha se posicionaban frente a un conflicto ante el que, pese a ser defendida por algunas personalidades destacadas dentro del nacionalismo vasco, la neutralidad iba a resultar imposible.

El 18 de julio la rebelión contra la democracia se había ya hecho fuerte en el protectorado español de Marruecos y amplias zonas de la Península. En Nafarroa, desde donde prácticamente se había tramado todo el complot, dirigido por el general Emilio Mola, y en Araba, especialmente en sus capitales, el golpe de Estado había triunfado.

En esta trágica situación, Sabin Etxea volvió a ser, una vez más, el lugar donde se adoptaría una decisión que marcaría la Historia vasca. Durante la noche de aquel sábado se reunieron allí los miembros del Consejo Regional de Bizkaia, el BBB, del Partido Nacionalista Vasco, único consejo territorial al que las circunstancias le permitieron que la totalidad de sus miembros pudieran mantener una reunión con relativa libertad de acción.

Sobre aquellos hombres recayó una gravísima responsabilidad. Tardaron en decidir hasta las seis de la mañana, no pudiendo demorarse más presionados por la necesidad de hacer pública su decisión en la prensa ese naciente domingo 19 de julio de 1936. El Bizkai Buru Batzar, sin duda el consejo territorial de más peso dentro del Partido Nacionalista Vasco, tuvo, por la excepcionalidad de las circunstancias, ante la imposibilidad de reunir a tiempo y en su totalidad a los miembros del Consejo Nacional, el Euzkadi Buru Batzar, que afrontar el riesgo de decidir. El texto que acordaron se publicó en el Euzkadi, sin indicación de qué consejo u organismo del PNV lo había redactado, pero, siendo el diario del partido, el texto marcaba su posicionamiento oficial:

"Ante los acontecimientos que se desarrollan en el Estado español, y que tan directa y dolorosa repercusión pudieran alcanzar sobre Euzkadi y sus destinos, el Partido Nacionalista Vasco declara -salvando todo aquello a que le obliga su ideología que hoy ratifica solemnemente- que, planteada la lucha entre la ciudadanía y el fascismo, entre la República y la Monarquía, sus principios le llevan a caer del lado de la ciudadanía y la República, en consonancia con el régimen demócrata y republicano que fue privativo de nuestro pueblo en sus siglos de libertad".

Juan de Ajuriaguerra, presidente de aquel BBB y líder de facto del Partido en aquellas difíciles circunstancias, recordaba así aquella situación:

"Tenía la esperanza de escuchar alguna noticia que nos ahorrase el tener que tomar una decisión: que uno u otro bando ya hubiese ganado la partida. A medida que avanzaba la noche, algo iba quedando claro: el alzamiento militar lo había organizado la oligarquía derechista cuyo eslogan era la unidad, una agresiva unidad española apuntada hacia nosotros. La derecha se oponía ferozmente a cualquier estatuto de autonomía para el País Vasco. Por otro lado, el gobierno legal nos lo había prometido y sabíamos que acabaríamos consiguiéndolo. A las seis de la mañana, tras una noche en blanco, tomamos una decisión unánime. Promulgamos una declaración dando nuestro apoyo al Gobierno republicano. Tomamos esa decisión sin mucho entusiasmo, pero convencidos de haber elegido el bando más favorable para los intereses del Pueblo Vasco; convencidos también de que de habernos decidido por el otro bando, nuestra base se habría opuesto."

Comenzaba así el episodio más trágico y terrible de la Historia de nuestra nación, que acabaría en su mayoría destruida y ocupada por los rebelados por la fuerza de las armas contra un Gobierno elegido legítimamente. Con miles de muertos y heridos, miles de prisioneros y decenas de miles de exiliados, más de treinta mil de ellos niños, cerca de ciento cincuenta mil en total. Seguirían décadas de dictadura salvaje e inmisericorde con los vencidos.

Pero aquella vez que pudimos y tuvimos que decidir, en Sabin Etxea, aquella noche del 18 al 19 de julio de 1936, entre la ciudadanía y el fascismo, entre la monarquía y la república, siempre podremos decir que los nacionalistas vascos elegimos, frente a todas las dificultades y riesgos, la Democracia y la Libertad.