El 28 de marzo se celebró en Donostia, en el estadio de Anoeta, un vibrante partido de rugby entre el Aviron Bayonnais y La Rochelle, partido que volvió a dar a este deporte un papel protagonista en la agenda deportiva de Euskadi. El resultado, con “Txurdin y Pottoka” incluidos, fue de 26-15 a favor del Aviron Bayonnais, con el golpe definitivo de castigo a cargo de Germain. Previamente, un par de días antes, el presidente de la Federación Vasca de Rugby –y buen amigo mío a la sazón–, Iñaki Rica, analizó con buena lupa y perspectiva la situación del deporte del balón oval en la CAV. Manifestó una serie de afirmaciones incisivas y muy interesantes, incluso un pelín reivindicativas, que personalmente me llamaron vivamente la atención; como, por ejemplo, que “el mencionado partido de rugby era, una vez más, una magnífica oportunidad para hacer llegar el mensaje de que en Euskadi no todo es fútbol. Así como que el rugby en particular es ya un instrumento fundamental para generar un efecto multiplicador del espíritu transfronterizo y, además, en un ambiente festivo fantástico”.

Ciertamente, manifestaba Iñaki Rica, “cuando hay partidos internacionales de fútbol, desgraciadamente, el ambiente en la calle es un poco especial, porque algunos clubes europeos tienen compañeros de viaje que no son muy agradables. En cambio, el rugby es un deporte de familia. Se puede ir a ver un partido con la familia porque no va a haber ningún problema de orden público”, bien manifestaba Iñaki. “Traer a Euskadi un encuentro de la mejor liga de rugby profesional de la mano de nuestros amigos del Aviron de Baiona es un lujo del que todo el mundo podemos disfrutar. Ha sido, como siempre, una experiencia intensa, donde todos hemos aprendido de nuevo. Ellos –manifestaba el presidente de la Federación Vasca de Rugby– nos han tratado en esta ocasión con todo el respeto y el cariño del mundo”. Bien por ti, Iñaki, voluntario resiliente, comprometido con el deporte y con el rugby en particular. Un ejemplo a seguir.

Las instituciones de Euskadi, a las que en algún momento he tenido que criticar con ánimo de mejorar, se han portado muy bien y han sido facilitadoras, todo hay que decirlo, de este evento. Al campo fueron más de 35.000 personas. La Liga Nacional de Rugby francesa, antes de deslocalizar un partido a este lado del Bidasoa, pide permiso y por ello existe un contrato con el club. Así, la Federación Española y la Vasca de Rugby tenemos una pequeña participación en los beneficios, con un pequeño retorno económico que beneficiará al rugby de Euskadi, ya que el dinero que recibimos del Gobierno Vasco –todo hay que decirlo– no es mucho. Siendo más exactos, de un presupuesto de unos 16.400 millones de euros, el dinero que le corresponde al deporte ronda el 0,09 o 0,10%. Muy poco, teniendo en cuenta que el 10% de la población tiene una licencia federativa. Pero todo esto no es nada nuevo en Donostia. Hace ya, creo, la friolera de 19 años (hablo de 2006), tuve la suerte de ser espectador de un partido de rugby en el estadio de Anoeta entre el Biarritz Olympique y el inglés Bath; partido que ganamos ante más de 25.000 forofos vascos del Olympique, logrando pasar a la final de la máxima competición de Europa en Cardiff.

El ambiente de la hinchada vasca fue novedoso, inolvidable. Tres años después, en 2009, el Aviron de Bayona recibió en “su” Anoeta al todopoderoso de la liga francesa. El ambiente volvió a vibrar. El 12 de septiembre de ese año se celebró el “derbi” vasco-francés de rugby, entre el Olympique y el Aviron de Bayona.

Como en anteriores ocasiones, Donostialdea fue felizmente invadida por vasc@s, vasco-frances@s, de Iparralde, labortan@s, francés@s o simples seguidor@s del rugby. El “Pakito Txokolatero”, “Boga Boga”, “Agur Xuberoa”, “Ba Gire”, “Txoria Txori” y “Xalbadorren heriotza” fueron canciones que hinchas del Aviron y del Olympique cantaban (instrumentos musicales incluidos) en calles, carpas y bares cercanos a Anoeta. Iban vestidos de blanco y rojo o azul celeste y blanco, con banderas de los equipos contendientes e ikurriñas en manos de personas de distintas generaciones de ambos sexos. Allí estaban los 30.000 seguidores de Bayona y Biarritz, o de Euskadi Norte, o de Iparralde, Lapurdi, o como se le quiera llamar. Hablaban fundamentalmente francés y algo también en euskera. En Anoeta, los miles de forofos rojiblancos y txuriurdines no pararon de animar a sus colores y de cantar sus himnos y canciones de apoyo, testigos de un “Pakito Txokolatero” multitudinario.

Niños (no tantos), jóvenes y mayores, hombres y mujeres, banderolas y camisetas aplaudían. Ikurriñas. Ante este magnífico espectáculo deportivo y social de alegría intergeneracional en Anoeta, oyendo francés y canciones en euskera, con banderas e ikurriñas en mano, pensaba en relación con las personas que abarrotaban el estadio: ¿qué eran?, ¿qué ideas tenían?, ¿qué votarían?, ¿qué sentirían?, ¿por qué llevaban la ikurriña con absoluta naturalidad?, ¿se sentirían vascos?, ¿qué opinarían de nosotros, sus vecinos “vasco-españoles” de Hegoalde, y de su “relación” con “nosotros”? Espectadores venidos de allende el Bidasoa. Donostia inundada por Iparralde, canciones vascas, ikurriñas, txapelas y kaikus.

Se mantiene la tensión, las canciones, los vestidos, el ambiente de camaradería, la alegría callejera y respetuosa; también el ambiente vasco, plural, variopinto, distinto y diferente, novedoso. Iparralde, Euskadi Norte, allende el Bidasoa, aficionados ellos y ellas al rugby. Familias enteras. Cuadrillas de jóvenes y no tan jóvenes. Txarangas y trikitixas por doquier, talos, conciertos a lo largo y ancho de Donostia, comidas populares, bertsolaris y mercadillos. Mujeres y hombres. Chicas y chicos. Puro rugby y su tercer tiempo. Lo confieso, sí, lo he de hacer: en mis años mozos jugué al rugby. No era muy bueno, pero corría mucho por las alas; en este caso me daba igual la derecha o la izquierda. Los lunes me costaba levantarme de la cama, mucho. Solo fui expulsado una vez. Me arrepiento. Enfadado, le solté un puñetazo a un jugador contrario con el que luego forjé una estrecha y sincera amistad que perdura desde hace casi medio siglo, y con el cual nos saludamos, ya ambos septuagenarios, cada vez que nos cruzamos por las calles de Donostia.

Como vasco y, sobre todo, como vasco nacionalista, ¿qué reflexiones debería hacer ante tal espectáculo-regalo? ¿Cuál es, o debería ser, la función y el papel del deporte en general (fútbol, rugby, baloncesto, balonmano, atletismo, sokatira, pelota, golf, carreras populares, voleibol) en las relaciones transfronterizas, entre vascos hermanos del norte y el sur, Francia y España? Desconozco —es imposible saberlo— cuál será el recorrido del voto nacionalista o vasquista en Iparralde (o a este lado del Bidasoa) en los próximos 100 años. Ni idea de cómo llegará a concretarse cultural o políticamente en Europa el “Zazpiak Bat” de las siete provincias vascas.

No imagino el tipo de relación que habrá entre vascos de la CAV, Navarra e Iparralde que nos configuran como vascos. Desconozco cómo será la Euskadi de un siglo más tarde. Pero en Anoeta he sabido que, independientemente de “cómo” será “lo” vasco, sí sé que lo será. La apuesta vasca de futuro vuela por encima de las fronteras, abriéndose, siendo flexibles y entendiendo que hay muchas maneras de ser y sentirse vascos, de bienquerer y de llevar con querencia la ikurriña, agitándola al viento o llevándola discretamente en el corazón. Ojalá que los vascos de un lado y otro del Bidasoa tengamos la oportunidad de seguir saboreando vientos de bonanza mutua al ritmo del Pakito Txokolatero o de la suave cadencia del Boga Boga, Agur Xuberoa, Ba Gire, Allez allez, Txoria Txori o Xalbadorren heriotza. Un ambiente magnífico.

Quizás, los de este lado del Bidasoa, deberíamos plantearnos que, en vez de hacer crecer un árbol, mimarlo, cuidarlo, talarlo y fabricarles una mesa a los de Iparralde, deberíamos dejarles que sean ellos los que directamente lo planten, mimen, cuiden y construyan la mesa rojiblanca, o txuriurdin, a su manera. Es cuestión de honrar y cultivar, con humildad y fervor, las sensibilidades, maneras, costumbres, identidades, historias y voluntades de personas y colectivos. Y todo ello –árbol y mesa, deporte y culturas, equipos y colores, emociones y querencias, canciones e himnos, lenguas y euskera, banderas locales e ikurriñas– en el seno de un espacio transfronterizo de co-soberanías cada vez más diluidas y en entredicho, de fronteras permeables e infiltradas, identidades mezcladas y variopintas, lenguas varias y convivencias respetuosas y diversas llamado Europa. No creo que exista de cara al futuro otro camino posible, real, factible y efectivo. Es el futuro de las generaciones que nos sobrevivirán en este trozo de tierra a ambos lados del Bidasoa y los Pirineos llamado País Vasco. La Euskal Herria de nuestras querencias, amores y sinsabores. La Euskadi de los siete territorios. Nuestro entrañable Zazpiak Bat.

Un recuerdo emocionado in memoriam a mi amigo Kote Olaizola. Zorionak, Iñaki Rica. Hablando de rugby.