Bilbao fue una ciudad asociada al bien vestir durante décadas. Hoy, ese imaginario habita más en la memoria que en sus calles. Quienes lo sostuvieron –los sastres– no han desaparecido, pero sí se han vuelto excepcionales. Casi una especie protegida: el cierre de sastrerías clásicas desde el fin de la pandemia se ha convertido en un goteo constante. Incapaces de competir con los nuevos hábitos de consumo, muchos de estos negocios han ido bajando la persiana.  

La camisería Denis, referente durante décadas del vestir masculino, es el último ejemplo. Ha anunciado el cierre de su tienda en Bilbao y reconoce que sus ventas “han caído en picado” en los últimos tres años. Pero hubo un tiempo en el que solo en la calle Correo, en el Casco Viejo, se concentraban hasta seis establecimientos de este tipo. “En torno a 1948, habría alrededor de 100 en toda la ciudad”, sostiene el expresidente de bilbaoDendak, Rafael Gardeazabal

Estuvo al frente de Derby hasta 2021, un negocio familiar con más de medio siglo de historia. Era una de las sastrerías más selectas de la villa, con un marcado acento inglés, muy ligado al Bilbao industrial. Como en el caso de Denis, su cierre estuvo obligado por las circunstancias: un cambio de contexto. 

"Cada vez más, el continente vale más que el contenido; es decir, el local vale más que el negocio en sí. La presión inmobiliaria es muy alta"

Rafael Gardeazal - Expresidente de bilbaoDenak, al frente de Derby hasta 2021

Preguntado por las causas de la desaparición progresiva de estos comercios, Gardeazabal evita señalar un único factor. Sin embargo, sí apunta a un cambio profundo en los hábitos de consumo, claramente desfavorable para el sector. “Estamos asistiendo al cierre de un modelo de comercio basado en la calidad. Hoy en día, la gente consume ropa mucho más orientada al precio que a la calidad”, sostiene. 

El menor flujo de clientes, dice, dificulta asegurar la viabilidad de los establecimientos, ubicados en su mayoría en el centro de Bilbao. “Cada vez más, el continente vale más que el contenido; es decir, el local vale más que el negocio en sí. La presión inmobiliaria es muy alta y, por la bajada de ventas, muchas veces se toma la decisión de alquilar o, directamente, vender”, explica. 

Esa caída de ventas también tiene un impacto directo en el empleo. Gardeazabal subraya que quienes atienden a los clientes no son “meros dependientes”, sino profesionales del vestir con un alto nivel de especialización: conocedores de tejido, patronaje y confección, y con una retribución acorde a ese nivel técnico. 

Voces del sector –como el consultor en turismo de lujo Gustavo Egusquiza– apuntan a la pérdida de poder adquisitivo como una de las causas que explica el declive de este modelo de negocio. Sin embargo, el expresidente de bilbaoDendak discrepa. A su juicio, Bilbao sigue concentrando una capacidad económica notable. Así, el problema no es cuánto se tiene, sino en qué se gasta. “Gente con una posición acomodada –con vivienda en el centro, segunda residencia, coche o móvil de alta gama– antes acudía a tiendas como Denis o Derby. Ahora también opta por el comercio barato”, señala. El cambio es visible en la calle. “Si hoy paseas por la Gran Vía y cuentas a la gente que viste traje o ropa de calidad, te caben en la palma de la mano”, remata.

‘Urbanalización’

Existe una percepción cada vez más extendida: las ciudades europeas se parecen demasiado entre sí. Las mismas tiendas, las mismas cadenas, una oferta comercial cada vez más homogénea. El profesor de Geografía Urbana Francesc Muñoz ha acuñado un término para describir este fenómeno: la urbanalización. Con él explica cómo el avance del comercio franquiciado y de las grandes multinacionales han ido clonando los centros urbanos, vaciándolos progresivamente de identidad.

Una idea que conecta con la experiencia de comerciantes como Rafael Gardezabal, testigos directos de esa transformación: “En la Gran Vía de Madrid hay las mismas tiendas que en la de Bilbao. ¿Qué pasa? Que la gente consume lo mismo, ya no hay esa diferenciación en el vestir que existía antes. El estilo de Bilbao va desapareciendo porque se iguala al de otros lugares, lamenta. 

También lo percibe Gerardo Pedrosa Gómez, tercera generación al frente de la sastrería Gerardo, fundada en 1949 y situada en la calle Licenciado Poza. Para él, el concepto describe con precisión el momento actual del pequeño comercio: “Por mucho que dijéramos que Bilbao es diferente, las ciudades se van pareciendo cada vez más entre sí. De eso no hay duda”, resume.

“La gente ya no valora en su justa medida lo que cuestan las cosas”

Gerardo Pedrosa - Tercera generación al frente de la sastrería Gerardo

Comparte gran parte del diagnóstico realizado por Gardeazabal. También considera que el goteo de cierres de establecimientos consagrados a la calidad se explica, al menos en parte, por los cambios en los hábitos de consumo, que han desviado el gasto del vestir al ocio. “Todo el mundo prefiere viajar, ir a restaurantes o salir de bares antes que venir a hacerse un buen traje. Esto es así, nos guste o no”, afirma.

A su juicio, esa transformación tiene un impacto directo en negocios como el suyo. Pero no es la única causa. Pedrosa también cita la digitalización del comercio, aunque dimensiona su alcance en el sector: “En la sastrería, nadie puede encargar un traje por Internet. Salvo que ya hayas ido antes y tengas las medidas, me cuesta imaginarlo”, sostiene. Sin embargo, reconoce que internet ha modificado el ecosistema de consumo en general.

“El modo de comprar ha cambiado. Ya no es venir de compras y relacionarse con el comerciante, con las vendedoras, con los vendedores. En fin, está cambiando todo”, concluye.

Se pregunta si quizá vivimos demasiado rápido. O si nos hemos acostumbrado a que la ropa sea barata. Halla, en este punto, otra de las claves. “La gente ya no valora en su justa medida lo que cuestan las cosas”, sostiene. A su juicio, es frecuente que se cuestionen los precios de determinados productos sin atender a lo que hay detrás de ellos.

Pone un ejemplo cotidiano: el automóvil. “Hay quien dice: yo no pagaría más de tanto por esto. Pero luego tiene un coche aparcado que vale mucho más”, apunta. Y añade que, en términos funcionales, todos los vehículos cumplen una misma finalidad básica: desplazarse de un punto a otro. Sin embargo, las diferencias en confort, seguridad o prestaciones son evidentes. Traslada esa lógica al sector textil. “No es lo mismo un traje de una marca de fast fashion que uno de calidad. El primero puede dar una apariencia el primer día, pero la diferencia está en el uso, en la durabilidad y en cómo te sientes con él”, defiende.

Gardeazabal va más allá y sitúa la cuestión en lo colectivo. A su juicio, el futuro del comercio local –y el de la propia ciudad– depende también de las decisiones de quienes la habitan. Cada compra, sostiene, contribuye a moldear un modelo urbano u otro.