Para los que tengan memoria, una de las frases ya históricas de un candidato a la presidencia de los EE.UU. fue aquella que G. Bush dijo en la campaña eklectoral con Michel Dukakis allá por el año 1988: “Lean mis labios, no más impuestos”. “Lean mis labios”, dijo de nuevo a los delegados de su partido reunidos: “No habrá nuevos impuestos”. El resultado de las votaciones, algunas semanas más tarde, fue que G. Bush salió elegido presidente, inaugurando la dinastía Bush, y M. Dukakis pasó al olvido. La historia solo recuerda a los ganadores. Y G. Bush subió los impuestos.
Una de las razones por las que los votantes de las últimas elecciones presidenciales en los EE.UU. votaron fue que el candidato del Partido Republicano era un hombre de negocios exitoso y que con él la economía iría mucho mejor. Poco importa que la economía es mucho más compleja y que el presidente puede tomar algunas decisiones, pero no son necesariamente las que vayan a determinar con seguridad el rumbo económico. Las fuerzas telúricas del comercio internacional, la geopolítica, los mercados, las fuerzas del capital y eso que llaman el mercado pueden influenciar el ritmo del crecimiento, la inflación y las tasas de desempleo.
Algunas de las grandes críticas a la última administración, por parte de los republicanos, fueron el enorme déficit fiscal del país, la alta inflación y el balance negativo del déficit comercial, entre otras muchas falacias.
Pocos parecen recordar –o no quieren recordar– que los recortes de impuestos de la primera presidencia de D. Trump a los más ricos, a pesar de que en una carta algunas de las personas más ricas de los EE.UU., como W. Buffet y Bill Gates, entre otros, le pidieron públicamente que no rebajase sus impuestos. A pesar de ello, lo hizo en 2017 a través de la Tax Cuts and Jobs Act (TCJA), reduciendo significativamente los impuestos corporativos (del 35% al 21%), y han tenido un impacto significativo y duradero en el déficit fiscal de Estados Unidos, con efectos proyectados hasta al menos 2030. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), la TCJA añadió aproximadamente 1,9 billones de dólares (trillion en inglés) al déficit durante la década posterior a su implementación (2018–2028). Con su nueva ley presupuestaria, con la pomposidad hortera de llamarla BBB (Big Beautiful Bill), el déficit fiscal se incrementará en algunos miles de millones, concretamente en 3.400 millones, según la Congressional Budget Office (CBO), en el periodo fiscal 2025-2034, lo que representa el 6,1% del PIB. En 2025, el déficit proyectado se sitúa en unos 1.900 millones de dólares, aproximadamente el 6,2% del PIB. Ríanse ustedes del límite recomendado del 3% por la UE.
Uno no es economista ni tiene el conocimiento de un experto, pero la gran mayoría de los expertos internacionales, incluyendo revistas como The Economist, que no son precisamente de la extrema izquierda, prevén una alta inflación e incluso podría haber una recesión, y, en el peor de los casos, si el comercio mundial se paraliza, una fuerte depresión si el Gobierno de los EE.UU. continúa con su alocada política de aranceles. Aranceles sin fronteras.
Ahora, la varita mágica que ha sacado en su segundo mandato DT han sido los aranceles, según él, su palabra favorita. Y ya hemos visto cómo cambia de opinión cada varias horas, usando el argumento de sus constantes contradicciones, que es en sí mismo una estrategia para negociar. El principal argumento es que los EE.UU. han sido robados en las últimas cinco décadas por el resto de los países, que la globalización, impulsada primeramente por los EE.UU. y los países occidentales en general, ha empobrecido su tejido industrial. Hay que recordar que la OMC (Organización Mundial del Comercio), a la que China accedió en el año 2000, es la encargada de regular los acuerdos comerciales y la creación de un sistema de arbitraje para las disputas comerciales entre los países. El caso de las subvenciones con Airbus y Boeing fue uno de los más sonados. Bloqueada por los EE.UU., la OMC está ahora muerta. Descanse en paz.
Si miramos la proporción de la economía de los EE.UU. en 1970, esta representaba el 36% de la economía mundial; si la comparamos con el año 2024, es solo del 26% en términos nominales. Lo que parecería que es un empobrecimiento del país, pero la realidad es muy distinta, ya que entre 1970 y 2024 el PIB mundial se multiplicó por más de 40 veces, pasando de 2,8 billones de dólares a 114 billones de dólares. En todos estos años, la renta media de los habitantes de los EE.UU. ha aumentado aproximadamente de 9.460 a 80.610 dólares, ajustados por inflación en 2023 (esta cifra se basa en estimaciones históricas del Banco Mundial).
Sin embargo, este crecimiento no ha sido uniforme entre todos los grupos de ingresos. Por ejemplo, entre 1970 y 2018, los hogares de ingresos bajos experimentaron un aumento del 43% en su renta media, pasando de 20.000 a 28.700 dólares, mientras que los hogares de ingresos altos vieron un incremento del 64%, de 126.100 a 207.400 dólares en el mismo período.
La desigualdad de ingresos en Estados Unidos ha aumentado notablemente desde 1970. El índice de Gini, que mide la desigualdad en una escala de 0 a 1 (donde 0 representa igualdad perfecta y 1 desigualdad máxima), se situó en 2022 en 41,5, reflejando un aumento en la desigualdad de ingresos. Este incremento se debe en parte a que los ingresos de los hogares de altos ingresos han crecido a un ritmo más rápido que los de los hogares de ingresos medios y bajos.
Sin duda, algunos de los grupos de población en los EE.UU. que más han sufrido con la globalización han sido la clase trabajadora, y por esa razón probablemente votaron al Partido Republicano y abandonaron a su más tradicional aliado, los demócratas.
D. Trump ha vuelto a promover más rebajas de impuestos a los más afortunados con la “más bella de las leyes”, según sus propias palabras. Pretende compensar ese aún mayor déficit fiscal con los aumentos de los aranceles. Esta guerra de aranceles desatada por el nuevo presidente pretende enriquecer al país a costa de empobrecer al resto. Según la mayoría de los economistas, este nuevo frente comercial no beneficiará a nadie, pero, como decía Groucho Marx: “¡Más madera!”.
El primer viaje del nuevo presidente de los EE.UU., como en su primer mandato, fue a los países del golfo Pérsico, Arabia Saudita y Catar, donde fue agasajado y tratado como un rey, con sus dinteles dorados, todo color oro. Allí también hizo anuncios –conocidas sus hipérboles– de una compra de armas y una inversión de miles de millones por parte de estos dos Estados en los EE.UU. Cifras siempre astronómicas que esconden muchas veces exageraciones, pues nunca se dan los detalles de dichos acuerdos. Y, como guinda del pastel, un avión Jumbo 747 de 13 años de antigüedad, valorado en varios cientos de millones, que sería regalado al entorno de la familia Trump y que podría ser usado como avión privado por el futuro expresidente. Pero es un regalo envenenado, ya que, según especialistas, costaría cerca de mil millones acondicionarlo como avión presidencial y se tardaría dos años, coste que pagaría el contribuyente norteamericano. Son detalles menores.
Entre tanto, el presupuesto de defensa, el Pentágono y los de Interior para combatir la emigración irregular y el enemigo interno batirán nuevos récords. Y digo yo: si realmente el problema fundamental no será la cada vez mayor desigualdad que existe en la sociedad norteamericana. Solo una debacle económica podría alterar el final de la era de DT, pues a la mayoría de la gente lo que más le importa es cuánto dinero tiene en el bolsillo y poder disfrutar de las vacaciones en Disneylandia, en la montaña rusa, que es lo más parecido a la política del 47.º presidente. Su último discurso para felicitar las Navidades al pueblo americano y el récord de su discurso de la Unión en 2026 quedarán en los anales de la historia por sus hipérboles, mentiras, promesas que no podrá cumplir y por confirmar su personalidad narcisista y megalómana.
Ahora, con la guerra desatada en Oriente Medio por Israel y los EE.UU., la crisis energética y el alza de la inflación, los republicanos ven las orejas al lobo en las próximas elecciones intermedias de noviembre, y es lo que más les preocupa: no los muertos por la guerra ni el derecho internacional, que ven solo como un obstáculo a sus intereses. Solo un desastre económico en los EE.UU. hará cambiar algo la política exterior del país; otra historia será Israel, que tiene su propia agenda.