Tras lograr que Israel y Hamás se aviniesen a un acuerdo, la pretendida Junta de Paz creada y presidida por Trump, en paralelo a la ONU, debería haber dado los pasos adecuados y acertados para atender la situación de los gazatíes. Abrir los pasos fronterizos no era suficiente para impedir que la población dejase de pasar hambre y penurias. La paz debería haber venido acompañada de forma inmediata con un plan de reconstrucción de la Franja devastada. El mismo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, diría que era inhabitable (aunque sin reprobar en ningún momento las destructivas políticas israelíes en el territorio) y, por lo tanto, que los gazatíes debían abandonarla (aunque no encontró ningún país que los acogiera) para iniciar un proyecto de acondicionamiento. Se diseñó, mediante IA, un bonito lugar de veraneo con una estatua de oro de Trump, presidiendo grandes resort de lujo... Sin embargo, el magnate ha decidido atender otros intereses primero. Su nuevo objetivo: Irán. Mientras, Israel se ensaña con el sur del Líbano para buscar la manera de destruir a Hezbolá, como pretendía hacer con Hamás (sin lograrlo). Pero del derecho internacional en todo esto, ni preguntamos. Resultado, miles de víctimas y un millón de desplazados libaneses.
A tal guisa Gaza ha quedado orillada en la agenda internacional. La Junta de Paz se constituyó por un grupo de países (unos 40) que buscaron complacer al magnate y que aportaron 1.000 millones de dólares para entrar. Se convertía en una especie de junta de accionistas, cuya principal misión, en principio, consistía en ayudar a Gaza. Sin embargo, sabemos que las intenciones de Trump eran otras. Ignorar a la ONU, sustituirla por un organismo creado ad hoc para defender y garantizar los intereses estadounidenses en el mundo. O sea, implementar su imperio y contar con países satélites para ayudarle. Su preocupación por el futuro de los gazatíes fue la excusa para impulsar sus ambiciones. Y todo eso se ha ido revelando de forma cristalina a medida en la que la situación en la Franja ha seguido igual y Trump se ha empeñado en conseguir fondos del Congreso, no para Gaza, sino para la secretaría de guerra. Necesarios, según él, para garantizar la seguridad de los estadounidenses, a costa, eso sí, de recortar en guarderías, educación, cambio climático y otras zarandajas. La Administración Trump se ocupa de lo importante o sea imponer sus políticas mediante la fuerza, desdeñando el humanitarismo y las relaciones diplomáticas. En otro tiempo, a eso se llamaría fascismo. Así que si la prioridad de Trump es la grandeza de Estados Unidos, es imposible que vaya a dedicar un solo dólar para un asunto tan vulgar como los palestinos.
De momento, los gazatíes se limitan a esperar en condiciones extremas. La Franja se encuentra dividida en dos mitades, la zona controlada por el Ejército hebreo y la que está bajo la autoridad de Hamás (menuda ironía), cerca del 48%, que, pese a tanta campaña destructiva, sigue formando parte del tejido vital gazatí. Pero la tregua no ha impedido que la población de la Franja siga soportando esporádicos bombardeos israelíes. Se han contabilizado 716 muertos provocados por las bombas hebreas, en estos cinco meses (a los que hay se suman los 72.300 fallecidos totales provocados anteriormente). Así que la reconstrucción es, hoy por hoy, un espejismo.
Precarias condiciones de vida
Trump está a otros temas y a Nentanyahu le interesa tener a los palestinos sometidos a precarias condiciones de vida para que no sean una amenaza. Mientras, los gazatíes han visto cómo se han ido sucediendo las estaciones. Han soportado el crudo otoño y el gélido invierno, lluvias torrenciales e inundaciones y, ahora, con la llegada de la primavera, con un tiempo más benigno, pueden suspirar más tranquilos, salvo por que su realidad no ha mejorado demasiado. Por ejemplo, faltan infraestructuras básicas, desde hospitales a escuelas, sin olvidar que la población vive, en buena medida, todavía en tiendas de campaña y su acceso al agua potable es limitado, derivando en largas colas para obtenerla. La harina, los productos frescos y combustibles son un preciado lujo.
Además de todo eso, los gazatíes deben tener cuidado de no traspasar la llamada Línea Amarilla, una frontera imaginaria que divide Gaza, la controlada por Israel y la de Hamás. De acercarse mucho a ella cualquier puede ser tiroteado. Ya ha caído más de un niño por balas israelíes. En algunos casos, por descuido, al buscar leña o útiles bajo los escombros; otras veces, por querer conocer la suerte de lo que fueron sus inmuebles. La rutina de los gazatíes, como lo describe el alcalde de la ciudad de Gaza, Sarraj, es de una “normalidad en circunstancias muy anormales”. Lo sintetiza bien todo. Y para evitar los riesgos de que se pueda propagar la verdad, Israel tiene prohibido a la prensa el acceso al área. Muy indicativo de que allí se actúa como si todavía se estuviese en guerra. Pero la versión oficial no es la misma que la que se ve en las calles.
Las advertencias sobre que la situación en la Franja es frágil, de no ampliarse la ayuda humanitaria, por diversos organismos, no parece estar sirviendo. Israel está empeñada en el Líbano, por lo que no va a bajar la presión sobre el enclave gazatí. Al revés, ha tenido un efecto muy pernicioso. Han subido los precios y temporalmente se cerraron los pasos interrumpiéndose el suministro humanitario. Para colmo de males, los gazatíes están agotando sus ahorros y un elevado número de ellos se han visto forzados a pedir préstamos y endeudarse para cubrir sus necesidades básicas. A eso se le suma, debido a las nefastas condiciones, el temor a posibles epidemias.
La UNRWA ha pedido pesticidas para combatir la lacra de las ratas, además de materiales de repuesto para mantener los vehículos (vitales para el flujo de suministros) y generadores eléctricos. Por si fuera poco, el comité de tecnócratas designado por la Junta de Paz para gestionar la vida en la Franja todavía no la ha pisado. Todo sigue igual o empeorando. Es un lugar de pesadilla, lo más grave es que, los gazatíes se han convertido en los grandes olvidados…
Doctor en Historia Contemporánea