Tribuna abierta

Olvidado entre los olvidados

20.10.2020 | 02:55
Olvidado entre los olvidados

Todo estaba controlado. Y para ello no era suficiente con aquellos guardias guarecidos en su casona de la cuesta de El Carmen con los que nadie parecía tener contacto

ES seguramente la escena y el suceso que con más nitidez y recurrencia me ha acompañado desde mi niñez. Lo he comentado en público y privado siempre que he tenido ocasión con la esperanza de que alguien me diera luz. Se trata de la imagen de un hombre muerto, abatido por una pareja de la Guardia Civil, al lado de un puente, junto al río que desde ese año precisamente no separaba ya Markina y Xemein, el año de su fusión. Le han disparado cuando trataba de huir, ha caído rodando por las escaleras que bajan a un cauce poco caudaloso ese día: es el 7 de septiembre de 1952, domingo. Se llama la víctima Eusebio Arizmendi Zumaeta, eibarrés de 40 años. Esto último lo acabo de conocer gracias al clarificador reportaje de Urko Apaolaza en Argia, tras muchos años de hacer y hacerme la pregunta a diestra y siniestra sobre la identidad de aquel "robagallinas" –eso nos lo dijeron de inmediato para restarle importancia al suceso– al que nadie parecía recordar ni interesar. Yo no lo había podido olvidar: tumbado bocabajo, era el primer abatido por la Guardia Civil del que tenía observación directa. Por robar gallinas, por no haber obedecido la orden de detenerse ante los requerimientos de la Benemérita. Ahora, sesenta años más tarde, hemos conocido quién era, por qué robaba, por qué nadie le echaba en falta, por qué nadie le reclamaba. Por qué era tan barato matarlo.

Era en ese tiempo la muy noble y muy leal Villaviciosa de Marquina una localidad de mucha historia y poca vida, arrinconada en la Bizkaia a la que se debía, mal comunicada, muy dependiente de la fábrica de armas Esperanza y Cía y de la exportación por todo el mundo de jóvenes pelotaris, además de la aportación generosa de clérigos y religiosas a media docena de diferentes órdenes. Todavía se percibía en ella la mano de los caciques: los más reconocibles, Murga Txiki, el señorito de Munibe, Alejandro Gaytan de Ayala y su capa. Eusebio fue a caer muerto a pocos metros del ecléctico palacio de mal gusto de este y del chalé de una planta de Castor Uriarte, dueño consorte y director de la fábrica de armas colindante, además de notable arquitecto de frontones. No creo que me traicione la memoria al recordar que dimos un día en el hueco de una pared cercana con un plano dibujado por los nietos de Gaytán en el que leímos, y no entendimos entonces, "casa de los vizcaitarrones", para marcar así la casa de los Uriarte-Esperanza, que más tarde acogería a la Guardia Civil y posteriormente a la Casa de Cultura. Era domingo cuando abatieron a Eusebio, a la hora en que algunos feligreses salían de la misa de siete: si la emboscada hubiera sido en día de labor, se hubiera topado con los obreros que se dirigían a la fábrica de armas de guerra Ecia.

Gracias a que en casa conservaron mis cuadernos de la Escuela Pequeña de don Tomás –en ellos no podía haber nada policialmente peligroso–, he tenido ocasión de revisar el septiembre y octubre de ese año y comprobar que ninguna mención se hace a aquel episodio del que nadie quería darse por enterado, a pesar de que fuera lo más impactante que había sucedido desde la guerra, algo que a nadie, mayor o menor, podía dejar indiferente. En la escuela los dictados hablaban esos días de la fiesta de Santa Eufemia, de los campeonatos mundiales de pelota en San Sebastián "con representación de nueve naciones en el que los españoles éramos los mejores y eso a pesar de que el frontón era de tipo francés"; del Alcázar de Toledo, del día del Caudillo, el contorno de España, el Evangelio. Lo que no hubiéramos sabido entonces, aunque hubiéramos preguntado, lo sabemos ahora gracias a Urko, que entrevistó a la gente de "Ahaztuen Oroimena 1936", un colectivo empeñado en recuperar la memoria y la dignidad de todos nosotros. Se pregunta y pregunta el periodista por las razones que pudieran explicar el silencio y la indiferencia que siguió a esta muerte alevosa y Alberto Unamuno, uno de los investigadores de Ahaztuen lo resume, y espero que la traducción del euskera sea suficientemente fiel, en que estamos hablando de una sociedad condicionada por la dictadura, en zona rural, en la que había que moverse con mucho cuidado, porque todo estaba controlado y se vivía en un círculo muy cerrado.

Todo estaba controlado. Y para ello no era suficiente con aquellos guardias guarecidos en su casona de la cuesta de El Carmen con los que nadie parecía tener contacto. Eran precisos los colaboradores locales que ni en Markina ni en otro lugar faltaron y de los que muy poco se habla. Seguramente había algo más y en el reportaje se insinúa: Eusebio, huérfano temprano de padre, abandonado por su madre, criado como "morroi" (siervo para todo, a cambio de comida y escaso vestido) en un caserío de Arrate, miliciano socialista en la guerra, preso de larga condena que no pudo beneficiarse de indulto porque no había nadie que lo reclamara, era pobre, rojo e insignificante. Y sí, se dedicaba a robar gallinas, en perjuicio de los aldeanos que lo denunciaron, porque no encontró otra salida para sobrevivir, vetado como tenía emplearse en una fábrica por sus malos antecedentes y sin protección social alguna. Creía haber dado con un negocio vendiendo en Bilbao las gallinas hurtadas en los caseríos de Barinaga y Etxebarria. En esa ciudad tenía contacto con un guardia civil, cuyo nombre apareció en uno de los bolsillos del cadáver, que estaba al parecer en relación con su madre, una mujer alojada en Las Cortes que tampoco quiso saber nada a la muerte de aquel hijo que había entregado con cinco años y nunca más vio. Tal vez algo tuviera que ver todo esto para explicar el interés por capturarlo a cualquier precio demostrado por la pareja de la Guardia Civil que lo mató, o en deshacerse de él, aunque no fuera preciso para justificar el comportamiento de una Benemérita prepotente y asilvestrada en una sociedad amedrentada.

Titula Apaolaza su reportaje "Frankismoak hila, herritarrek ahaztua", "Muerto por el franquismo, olvidado por los ciudadanos". No aparece su nombre en lista o libro alguno como víctima. Que el "morroi" de Partxua –el caserío de Arrate en el que se crió, derribado en 1973 para una reforma del santuario de Arrate– no quede de nuevo huérfano, es petición del autor de un reportaje que a todos interpela.

* Periodista