¿El retorno de los brujos?

A nuestros hechiceros hoy ya no les interesa pactar con el maligno (¿quién es ese?), ni organizar akelarres (¿no será maltrato animal?), ni preparar ungüentos (para eso está la farmacia) ni realizar invocaciones y ensalmos (si tiene problemas, búsquese usted un psicólogo o un abogado). Hoy se dedican a cosas mucho más rentables

21.08.2020 | 00:14
¿El retorno de los brujos?

LOS lectores que peinan canas recordarán un éxito editorial de los años 60 titulado en nuestro país El retorno de los brujos, un libro que llegó a vender más de dos millones de ejemplares y creó escuela en un género cajón de sastre llamado realismo fantástico (ya saben, historias que mezclan magia, ovnis, parapsicología, sectas...). El libro es lo de menos, lo importante es lo que implica su título: si vuelven los brujos, ¿es que se han ido?

En realidad, siguen aquí, integrados en nuestra sociedad actual y cosmopolita, y se han modernizado. Han cambiado de nombre y formato de negocio para seguir embaucando. Hoy ya no se ocultan en torreones húmedos y chozas sombrías para preparar pócimas y lanzar hechizos destinados a engañar a incautos y sacarles los cuartos, sino que pisan moqueta, ocupan despachos oficiales y controlan (y ordeñan) el presupuesto público. Siempre les acompaña su avaricia de oro, poder y lujo, curiosamente similar a la que los cuentos atribuyen a los dragones.

Antaño, nuestros magos (y magas, claro) no necesitaban demostrar una capacidad real de hacer magia, que nunca habían poseído pues la magia no existe. Solo precisaban que el vulgo creyera en ellos y asumiera que su charlatanería eran conjuros de poder capaces de cambiar la realidad. Con la inestimable ayuda de la Iglesia, empeñada entonces en probar sus pactos con el maligno para poder perseguirlos, los hechiceros fueron tirando con el negocio gracias a la credulidad general hasta que llegó la modernidad, la ciencia y la técnica. ¿Desaparecieron entonces, como esfumándose ante la luz eléctrica?

En nuestra sociedad laica y mediática del siglo XXI podría pensarse que ya no existen brujos ni brujas. Ya nadie les persigue, a nadie preocupan e incluso hasta la Iglesia les ha olvidado. Pero en realidad siguen aquí. Son gentes que atribuyen a sus palabras un falso poder y sacan réditos de ello, pero ahora no pretenden engatusar a cuatro almas cándidas para cobrarles un pollo. Hoy funcionan a otra escala y, gracias a los medios de comunicación de masas, embaucan a muchos.

A nuestros hechiceros hoy ya no les interesa pactar con el maligno (¿quién es ese?), ni organizar akelarres (¿no será maltrato animal?), ni preparar ungüentos (para eso está la farmacia) ni realizar invocaciones y ensalmos (si tiene problemas, búsquese usted un psicólogo o un abogado). Hoy se dedican a cosas mucho más rentables. Por ejemplo, fundar partidos, presentarse a elecciones, participar en gobiernos o apoderarse de países. Y ya nadie les llama brujos, sino líderes. En concreto, líderes populistas.

Su secreto es conseguir que la gente crea que sus palabras esconden un poder oculto. Antes tendían a decir las cosas en latín o en lenguas inventadas porque para el vulgo lo que no se entiende parece más eficaz o profundo. Hoy han aprendido retórica y marketing, dominan los mass media y son maestros en el arte de decir una cosa y su contraria en la misma frase sin que chirríe su discurso. Como hace mil años, venden aire. Entonces lo hacían con gestos y palabras misteriosas. Hoy, con puestas en escena y discursos buenistas y vacuos. El aire lo aguanta todo.

En esta modernidad líquida que disfrutamos, los brujos cuentan además con un aliado inesperado: unos medios de comunicación que reproducen en pie de igualdad la tontería dicha por un ignorante y lo afirmado por un experto. Se presupone que todo es opinable, que toda afirmación es igual de válida y todas igualmente respetables. Se pone al mismo nivel las que son fundadas y las que son puras insensateces. Por ello, no importa el tema del que hablen nuestros magos ni su ignorancia al respecto, si lo hacen con el discurso que desea su audiencia y con el gesto y teatralidad adecuados.

Hoy los medios y las redes son el paraíso de los falsarios, el nirvana de los brujos populistas. A estos les basta con soltar vaguedades halagadoras para la audiencia, repetir letanías y jaculatorias huecas y lanzar conjuros ideológicos que son en realidad un brindis al sol. Con tan simple receta, ganan clientela y prestigio y, mientras mantengan el engaño y la palabrería, seguirán su carrera ascendente.

Más de una democracia está o ha estado controlado por ellos. Gentes como Trump, Bolsonaro, Morales, Berlusconi, Erdogan o Modi en el fondo son solo eso, vendedores de aire y de conjuros que engañan con su verborrea a sus ciudadanos el tiempo que pueden y hasta que estos se hartan. Si hubieran vivido hace mil años, no se hubieran dedicado a la política, sino a los ungüentos y ensalmos en las ferias y mercados.

Si un país democrático se enfrenta a un problema o una crisis con un brujo al frente, este sigue siempre la misma receta. Lanza en primer lugar un conjuro ideológico que demuestra que todo se origina no por errores o equivocaciones suyas (un brujo no se equivoca nunca), sino que nace de un ataque de fuerzas oscuras provenientes del exterior (que nos envidia) o, aún peor, por una conspiración de enemigos internos (que nos odian).

Dejada bien clara su falta de responsabilidad en el origen del problema, el dirigente populista proclama en segundo lugar su eslogan – jaculatoria, que resume la solución en una palabra o en una frase "de poder" (muy corta si es posible, ya que sus seguidores deben aprendérsela y repetirla). Tal parece la virtud de su frase a su clientela que su sola enunciación creen que dispone al asunto para su inminente arreglo.

Finalmente, en tercer lugar, el brujo presenta su receta mágica, las medidas derivadas de la jaculatoria que van a ser el bálsamo de Fierabrás que lo arregle todo. Receta que casi siempre pasa por culpar a terceros, aprovechar la situación para aumentar su poder y hacer alguna que otra purga interna. Y es que un brujo sabio no se fía nunca del todo de sus acólitos, que pueden esconder insanas ambiciones. Lo mejor es eliminarlos periódicamente.

Un brujo moderno, un líder populista, no soluciona ningún problema, pero con sus acciones crea continuamente otros nuevos que acaban enterrando y haciendo olvidar los antiguos, que hasta parecen haberse resuelto de alguna forma. Resuelto mal, claro, pero ¿a quién le preocupa eso teniendo otros problemas más recientes y urgentes?

Todo esto no es algo ajeno a nuestra historia ni a Bizkaia, y pongo un ejemplo: en esta tierra foral los brujos han tenido oficios relacionados con el gobierno. Hasta muy avanzado el siglo XIX villas y anteiglesias mantenían contratados los llamados "conjuradores de nubes", encargados de lanzar una salmodia para que las tormentas con granizo pasaran sin descargar. No parece que tuvieran ningún éxito, y granizó igual, pero ellos cobraron puntualmente sus buenos ducados y los vecinos pagaron durante siglos, convencidos de que sin el conjurador habría caído aún más pedrisco.

Hoy ya no hay en la Unión Europea (espero, aunque en Bruselas todo es posible) brujos funcionarios conjuradores de nubes, pero todas las semanas escuchamos en los medios de comunicación a líderes conjuradores de crisis, sean estas sanitarias, económicas, sociales o culturales. Prometen su resolución gracias a sus jaculatorias y recetas populistas, pero son los brujos de siempre, auténticos trileros de la palabra.

No hay que hacerles caso: ni en el pasado tenían poderes y volaban, ni jamás evitaron una tormenta ni ahora tienen ninguna solución que aportar. Su objetivo es hoy, como antaño, embaucar a la gente y desplumarla. Siempre han estado ahí, no han retornado. Solo han cambiado de negociado.

* Apoderado en Juntas Generales de Bizkaia 1999-2019