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11.05.2020 | 00:10
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El Gobierno deberá dar cuentas de su afán recentralizador, de su autocomplacencia y sus errores, pero también la oposición, que en esta tragedia se ha comportado de manera mezquina

ES descorazonador: nos toman por idiotas. No sé, quizás lo seamos viendo su machacante insistencia. Llevamos ya, según cálculos oficiales, casi 27.000 muertos por la sacudida del coronavirus, de ellos 1.400 en Euskadi. El número de contagiados se acerca a los 225.000 en todo el Estado y es muy posible que en breve se supere ampliamente esa dolorosa y brutal cifra.

Sin embargo, hay quien como el burro en la noria sigue en sus trece. Mantienen que todo este destrozo no es más que una rutinaria gripe envuelta en una conspiración mundial liderada por Bill Gates a través del 5G (quinta generación de tecnología para telefonía móvil) para dominar nuestros cuerpos y nuestras mentes. Además de estos iluminados y soberbios majaderos, existe otra vertiente: aquellos en cuyos intereses solo cabe la ambición política y sectaria independientemente de los cadáveres que haya que saltarse.

Hace ya años, en los tiempos de la peseta, un tipo elegantemente vestido, según los cánones de la época, ofrecía a voz en grito relojes de "oro puro" por cien pesetas. Con tono firme y convincente, añadía las excelentes propiedades sin fin que el preciado material tenía para curar enfermedades. El hombre citaba la artritis y las artrosis como las más beneficiadas. No parecía haber hecho mal los cálculos, y es que estábamos en un pueblo costero de la costa cantábrica, donde la climatología había sido feroz aquel invierno. Las gentes se acercaban por docenas al charlatán para comprarles no solo los resplandecientes relojes, sino también la promesa de un futuro saludable. Eran tiempos de inocencia comparados con lo que estamos viendo estos días.

Pienso en la arrogancia sin pudor de cientos de miles de negacionistas de la pandemia, en todos aquellos que ven una conspiración para acabar con sus trabajos, en algunos casos, o con su libertad en otros. Se reparten por todo el mundo, aunque es en los Estados Unidos de Trump donde campan más a sus anchas. ¿Dónde si no?

Creen que el coronavirus no es más que una invención comunista a la cual es preciso enfrentarse a tiros. De hecho, ya se han producido concentraciones de estos ciudadanos y ciudadanas armados por si se presenta la ocasión de soltar un par de balazos. Pura locura, pensarán ustedes, pero también por aquí cerca hay quienes sostienen parecidas elucubraciones. El desprecio y la displicencia de tales individuos es difícil de explicar.

Hace falta ser muy "idiota", en la acepción etimológica de la palabra griega, o tremendamente soberbio para negar una realidad que desgraciadamente nos afecta, no solo como individuos o países, sino como humanidad. No albergo tampoco grandes dudas sobre el alcance de la ignorancia de todos estos ciudadanos que salen armados a las calles dispuestos a buscar un duelo contra los molinos de viento de la peste.

Desde que nos zarandeó la crisis hemos visto de todo. La propia naturaleza humana saca nuestra parte más loable y la más rastrera; muchas veces casi al mismo tiempo. Hemos visto la generosidad de muchas personas que apenas cuentan con lo más indispensable para ellos y, también, la mezquindad de los que en medio de esta inmensa sacudida ponen por delante sus intereses más espurios.

Como ha sucedido siempre a lo largo de la historia, los bulos y las teorías conspirativas se trasladan con facilidad a la política y son frecuentemente aceptadas y bendecidas por la derecha más extrema. Está sucediendo estos días en Europa, donde las fuerzas reaccionarias buscan sacar rédito al caos para justificar sus políticas más inhumanas. El italiano Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, no ha desaprovechado la ocasión para culpar a los inmigrantes africanos de la difusión de la enfermedad. También ha pedido a los italianos que compren exclusivamente productos nacionales. No son los únicos dislates sonrojantes que hemos leído estos días. "Mis anticuerpos españoles luchan para derrotar el maldito virus chino" eran las palabras escritas por ese consumado lector de Hazañas Bélicas, Javier Ortega Smith, secretario general de Vox, en Twitter.

Lanzar basura a los cuatro vientos como hace repetidamente el partido de Abascal, que no duda en sembrar de ataúdes la Gran Vía madrileña tomados de una fotografía robada, es muy indecente, aunque venga de una formación xenófoba y racista. La autocomplacencia del Gobierno en esta crisis es criticable, sin duda, pero los rocambolescos juicios de los representantes de Vox no son sino un desprecio al sentido común.

Sin embargo, el colmo de la más vergonzosa impostura le incumbe a un hombre que, al menos sobre el papel, es el jefe de la oposición, pero que ha decidido cambiarlo por uno infinitamente más indigno. Enfrente del espejo de un cuarto de baño, Pablo Casado, líder del Partido Popular, tocado con una corbata negra se ha revelado como un actor sobreactuado en su fingida desolación. Su grotesca imagen de alguien roto por el dolor es un insulto para las decenas de miles de personas que se han visto afectadas en mayor o menor grado por la pandemia. Capitalizar las víctimas para sus propios objetivos no es nada desconocido para el Partido Popular. Ya lo hicieron en repetidas ocasiones con las víctimas del terrorismo. Hacer alarde del dolor de esa manera es mucho más que cuestionable.

Las peticiones de luto nacional y banderas a media asta –¡qué fijación tiene esta gente con las banderas!– le parece más relevante que cumplir los autos judiciales para medicalizar las residencias de mayores. Su compañera de partido y presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se ha sumado a la conmovedora procesión cual virgen lacrimosa en misa celebrada en la catedral madrileña de La Almudena. Igual "la community manager" de Esperanza Aguirre solo lloraba por su pésima gestión al frente de esta crisis, pero no lo creo. ¿Se imagina alguno de ustedes a la canciller alemana, Angela Merkel, tomando parte en ese esperpéntico montaje? Yo, desde luego no. Ni tampoco a otros muchos políticos y políticas de solvencia. Los recursos escénicos y la manipulación emocional quedan para otras tallas. Estas insufribles muestras de dolor son más falsas que aquellos relojes de oro que vendía mi modesto y entusiasta charlatán a orillas del Cantábrico, hace ya unas décadas.

Algún día, y espero que sea pronto, pasará esta enorme sacudida que ha alterado nuestras vidas y el futuro por venir. El Gobierno tendrá que dar cuentas de su afán recentralizador, de su autocomplacencia y de sus errores, muchos de ellos precipitados por la falta de previsión, pero también deberá hacerlo una oposición que lo único que ha visto en esta tragedia ha sido una oportunidad para desgastar al gobierno de una manera mezquina. Y no era el momento; aunque sea por respeto a aquellos y aquellas a quienes dicen defender.

* Periodista