Los historiadores vascos no están enfermos

Arzalluz eligió para mensaje último, si no epitafio, que él, como Juanito Celaya, que es a quien se lo escuchó, se sentía enfermizamente vasco. La mayor parte de nuestros historiadores profesionales y no pocos de nuestros políticos parecen libres de esa enfermedad

09.02.2020 | 14:34

EL nacionalismo vasco no tiene historiadores de cabecera. No lo digo yo, que también, sino Álvarez Junco, en una no lejana entrevista radiofónica, al lamentar que los historiadores catalanes se hubieran pasado al nacionalismo, lo que a su juicio no había sucedido con los vascos, que se habrían mantenido en su oficio sin caer en ese pecado. Javier Zarzalejos ha utilizado palabras de Ricardo García Cárcel para sostener que los historiadores catalanes están enfermos de pasado. Lo dice alguien que difícilmente podrá sustraerse a la carga de su pasado familiar y social, ese sí enfermo de verdad. Recientemente ha fallecido a los 86 años Josep Fontana, "el historiador que proponía seguir luchando para cambiar las cosas", ha titulado alguien excepcionalmente, porque otros han preferido callar la parte que les incomodaba de su rica biografía. Alguien ha recordado en su obituario que fue referente de varias generaciones, marxista de formación, crítico implacable de la Transición española y experto en catalanismo popular; alguien ha recordado que dejó escrita "una obra monumental y una visión del mundo siempre a contracorriente de la hegemonía neoliberal que se ha impuesto en las últimas décadas", y que militó en el PSUC y fue un firme partidario del derecho a la autodeterminación de Catalunya.

No hace mucho ha fallecido también otro Josep, Dalmau, testimonio y testigo de la mejor Catalunya roja, soberana, solidaria muy especialmente con el pueblo vasco. La lista de notables historiadores catalanes enfermos debe ser larga, a tenor de la preocupación de buena parte de sus colegas españoles. No me gustaría dejar de citar aquí a un tercer Josep, a Benet, republicano y patriota catalán, historiador, el senador más votado en cuantas contiendas electorales han tenido lugar en su país: amigo de los patriotas vascos, resistente en tiempos difíciles junto a Txomin Letamendi, de quien guardó un admirado recuerdo. Como si hubiera estado pensando en todo esto, Xabier Arzalluz eligió para mensaje último, si no epitafio, que él, como Juanito Celaya, que es a quien se lo había escuchado, se sentía enfermizamente vasco. La mayor parte de nuestros historiadores profesionales y no pocos de nuestros políticos parecen libres de esa enfermedad.

El abogado Iñigo Iruin sostuvo en un encuentro que compartió con Juan José Ibarretxe y Joseba Azkarraga que el PP buscaba con su política penitenciaria de excepción una victoria político-ideológica, cambiando presos por relato. Y al PP no le faltan aliados en este propósito, algunos dentro de casa. El relato de ETA, su historia, guste o incomode, es también la del abertzalismo todo. Guste o incomode, tampoco les falta razón a los que hablan de violencia y terrorismo de explicación nacionalista a la par que revolucionaria. No se puede explicar el nacimiento de ETA sin reparar en el vínculo de sus fundadores, incluso familiar, con dirigentes del PNV, de ANV y el Yagi-Yagi, casi todos en el exilio, y en menor medida con el anarquismo vasco. No se puede explicar el nacimiento de ETA al margen de una guerra, una derrota, una dictadura, una resistencia desactivada, además de coyunturas y contextos internacionales muy determinados que acompasan el tiempo de su nacimiento, vida y muerte. De ETA se puede decir que fue una organización terrorista porque cometió actos terroristas, que erró mucho y provocó dolor, pero no que hubiera sido una banda que actuara pro domo sua, sin orden ni concierto. La invención del término banda al calor de aquel manual de combate de comienzos de los 80 tiene por cierto mucho que ver con la pretensión de un relato diseñado.

Ha defendido el catedrático de Historia Antonio Elorza citando a José Martínez, fundador de la editorial de exilio Ruedo Ibérico, que al margen del terror y gracias al terror, ETA era la única organización opositora que disponía de una verdadera estrategia política; y ha añadido que el libro de Rogelio Alonso, otro investigador dedicado a desentrañar ETA en la dirección deseada, vendría a probarlo, lo que le provoca a Elorza una pregunta "crucial": "¿cómo es posible que tras décadas de sufrimiento, bajo la apariencia del triunfo de la paz, siga imperando en Euskadi y en Navarra el discurso y los rituales de los terroristas derrotados?". Cree ver Elorza, con Alonso y otros -algunos de casa- la coexistencia de una derrota rotunda en el plano militar (sic) con una victoria de ETA en los planos político y simbólico, y en lugar de preguntarse e investigar por lo que podría explicarlo, como correspondería a su pretendida condición de intelectuales, se limita a denunciarlo y reprochárselo a Sabino Arana, a Arzalluz y los suyos, "los de Lizarra", a esa mayoría de vascos que a su decir se distinguió por su pasividad, cuando no por una complicidad voluntaria en el cerco social a víctimas y amenazados. Así escriben ellos nuestra historia. Y los nuestros, callados, prudentemente silenciosos, domesticados, libres de esa enfermedad que sí aqueja por lo visto a los historiadores catalanes.