Tribuna abierta

Haciendo patria

09.02.2020 | 11:25

UN siglo y cuarto ya de tránsito del Partido Nacionalista Vasco, una organización creada a modo de movimiento cuya pretensión fue aglutinar a todo el espectro social que se identificara con una causa política que reivindicaba la recuperación de la soberanía foral perdida tras las guerras carlistas y que engarzaba tal planteamiento histórico con el principio moderno de las nacionalidades.

Y todo ello bajo la premisa básica del humanismo o de defensa escrupulosa de los principios democráticos. Podrá profundizarse más en las condiciones objetivas de la sociedad vasca que prodigaron el alumbramiento del PNV. Podrá interiorizarse más o menos en la doctrina del momento. Pero, por simplificación, podremos afirmar que el nacionalismo vasco prendió al calor de una proclama bien sencilla: que "Euskadi es la patria de los vascos".

Así dio sus primeros pasos el PNV, un partido que gravitaba exclusivamente en la cimentación de una estructura política de nueva planta que recuperara sus elementos identitarios y culturales genuinos. Un país, un Estado independiente, homologable a las estructuras políticas del momento ,

Ni que decir tiene que tarea asignada partía con un hándicap importante; la sociedad a la que iba dirigida la propuesta vivía asimilada por una legalidad, unas instituciones, unos poderes reales uniformadores que habían impuesto la "unidad constitucional de la monarquía" española y que había eliminado cualquier vestigio de diversidad política, cultural, lingüística que secularmente habían servido como elementos tradicionales de statu quo. Empezar desde cero y además enfrentándose a un estado centralista de nuevo cuño.

Europa debía ser la solución. Una nueva Europa, un nuevo proyecto que por entonces estaba aún muy lejos pero que se observaba por el nacionalismo como un firmamento de estrellas federalizante. Un proyecto de pueblos, de naciones que convivirían compartiendo parte de su propia soberanía.

Muchos han sido los avatares que en todo este tiempo han azotado al veterano partido surgido a finales del siglo XIX. En este tránsito han desaparecido imperios, se han creado estados que posteriormente se han fraccionado. Las fronteras se han movido de un lado a otro y la tragedia de la guerra, en uno y otro escenario, ha sacudido a un continente en el que el Partido Nacionalista Vasco se constituye en una excepción de formación centenaria que aún sigue viva. No en vano, en el Estado español es, junto al Partido Socialista Obrero Español, la única referencia histórica con representación institucional. Y con responsabilidad de gobierno.

El fruto del quehacer político del nacionalismo vasco está a la vista. Un país próspero, moderno, que ha recuperado su idioma, con un importante apoyo de conciencia nacional que le ha permitido acceder a un grado de autogobierno destacable con instituciones propias capaces de hacer frente a la mayoría de los problemas que le reclama la ciudadanía. El camino recorrido hasta la fecha es largo y fructífero. La "construcción nacional" se ha ido forjando día a día, generación a generación, transformando la realidad vasca en una nación homologable a cualquier otra que pueda actuar en el concierto internacional. Aunque le falte reconocimiento explícito como tal y su articulación jurídico-política se encuentre fragmentada en dos estados y en tres entes político-administrativos.

Sí, queda recorrido. Es indudable, pero si pudiéramos volver la vista y contemplar desde dónde venimos, percibiríamos la grandeza del trabajo realizado. Más aún, teniendo en cuenta los años de oscuridad y de violencia que lastraron nuestro avance, dificultando seriamente cualquier paso hacia la libertad nacional.

La transformación generada en el conjunto del Pueblo Vasco, lejos de hacer mella en el "viejo" partido, lo conserva vigoroso y robusto.

Y es que como dijera Giulio Andreotti, uno de los "animales políticos" más genuinos del pasado siglo, "el poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene".

El cuadro de "fortaleza" del PNV actual lo componen 1.060 concejales y concejalas en la Comunidad Autónoma, 123 alcaldes y alcaldesas, 62 apoderados y apoderadas a Juntas Generales, 28 parlamentarios y parlamentarias vascos, 6 diputados y diputadas a Cortes, 10 senadores y senadoras, 1 eurodiputada, 1 lehendakari y tres diputados generales (responsabilidad de gobierno en la Comunidad Autónoma y en los tres territorios históricos). Además de los 9 parlamentarios y parlamentarias de la coalición Geroa Bai que formará parte del futuro gobierno navarro con responsabilidad en cuatro carteras.

Se trata, sin duda, de una posición sólida como jamás en la historia reciente había tenido el nacionalismo vasco. Al menos desde su escisión en los años ochenta. Una salud envidiable si tenemos en cuenta que ni las crisis, ni los años de responsabilidad han mermado el grado de identificación de su proyecto con la ciudadanía vasca. El dato más próximo al contraste electoral constata que cerca del 38% de los votantes que depositaron su sufragio en las urnas respaldaron a esta organización, al PNV, en la Comunidad Autónoma Vasca.

Esta "foto fija" del mapa político vasco no pretende ser una demostración de soberbia ni un ejercicio de vanidad. Al contrario. La instantánea aquí reflejada tiene como objetivo reconocer, con humildad, que el grado de robustez de esta organización centenaria, líder destacada en el país, debe permitirle, si quiere mantener viva su vocación de servicio a la "causa vasca", proceder a una nueva reflexión sobre el papel a desarrollar en el futuro inminente.

Con la fortaleza externa que dispone y con la unidad interna en la que desarrolla su actividad, el PNV debe interiorizar, una vez más, sobre los desafíos que Euskadi va a tener que afrontar en este mundo cambiante que nos está tocando vivir. Sin alterar la doctrina ni la estrategia básica que orienta su ideología. Pero atendiendo a diferentes miradas sobre cómo mejorar el país que tenemos. Cómo optimizar sus recursos. Cómo afrontar la crisis poblacional a la que nos enfrentamos en una sociedad envejecida como consecuencia de la calidad de vida que hemos alcanzado.

El PNV debe reflexionar -como siempre lo ha hecho- para no perder comba con la evolución que la sociedad protagoniza. Para atender más adecuadamente las preocupaciones de la gente, sus esperanzas y oportunidades. Para ofrecer un mejor servicio público escuchando a la juventud. A sus inquietudes de futuro, de hacer compatible el desarrollo con la conservación de la naturaleza. De cómo afianzar la igualdad real entre mujeres y hombres en una nueva sociedad en la que se imponen los valores de la diversidad, el respeto y la solidaridad.

Sí, el PNV -más allá de la tensión electoral- debe volver a hacer un ejercicio de formación continuada. Y deberá, igualmente, comenzar a abordar un debate complicado como es el de hacer frente a la crisis de participación de la ciudadanía en las responsabilidades públicas. Abrir las puertas de la participación política de quienes no se sienten identificados por una disciplina de afiliación. Por facilitar cauces de colaboración activa con la periferia de su masa social para ensanchar el ámbito compartido de responsabilidad. Y, ojo, si fuera preciso, flexibilizar algunas de las medidas cautelares que diferencian la estructura jeltzale. Hacerla más operativa a los tiempos que corren. Guardando la grandeza del sentido de sus incompatibilidades, pero, sin traumas, atendiendo a las necesidades que impone una gestión que cada vez se pide sea más eficaz y competente.

La mirada interna que el PNV deberá abordar en el próximo año va más allá de la evaluación de sus liderazgos y de la continuidad o no de sus equipos dirigentes. Es la necesaria puesta a punto de una organización que pretende seguir sirviendo como el instrumento más adecuado para hacer realidad esa patria de los vascos que es Euskadi.

Bajo ese desafío, el Euzkadi Buru Batzar ha decidido celebrar el próximo año -el 2020- su 125 aniversario. Una efeméride en la que la Asamblea General deberá, una vez más, poner a prueba la capacidad del PNV por servir mejor al país por el que nació y por el que dedica todas sus energías. Un siglo y un cuarto haciendo patria.