De las malas noticias (guerras, asesinatos, mujeres víctimas de sus parejas, corrupción y crisis energética) no tiene culpa la televisión, pero aún se sigue responsabilizando al mensajero y muchos televidentes (¿cuánta audiencia han perdido los canales de noticias estas semanas bélicas en Irán y Líbano?) huyen de los telediarios y teleberris en los que ven proyectada la amargura del día.

Lo que estimula la escapatoria informativa de la gente es su percepción de que gran parte de nuestras desgracias provienen de la figura del loco mandatario más poderoso del planeta. Podría ser similar al sufrimiento que los ciudadanos de hace un siglo veían en Hitler y la fiereza nazi. ¡De lo que es capaz un solo hombre, hacer tambalear el mundo y romper sus difíciles equilibrios! ¿Van a permitir por más tiempo los potentados que apoyan a Trump la destrucción humana? ¿Cuál es su grado de complicidad en esta monstruosidad? Su destitución sería la feliz noticia que esperamos los ingenuos; pero no ocurrirá, porque aún la tragedia será mayor (¡no olvidemos a Gaza, por favor!), al igual que fueron necesarios seis años de contienda internacional y un inmenso sacrificio para doblegar a Hitler.

Viaje a la luna

Lo paradójico es que, mientras acontecen las inagotables locuras trumpianas, Estados Unidos ha protagonizado una proeza espacial extraordinaria. El mismo país cuyo gobierno asesina a mansalva, nos ha llevado de vuelta a la Luna para mostrarnos lo nunca visto, su cara oculta, y preparar lo que será, en un par de años, una base permanente de conocimiento en nuestro satélite y que servirá para acometer el salto a Marte.

Y ahí está, la Luna, que le hemos visto todo, en tanto que en la Tierra un lunático baila la macabra danza del mayor genocidio del siglo XXI, sin nada ni nadie que le detenga.