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Rojo sobre blanco

Copazo de un trago

El Athletic puede celebrar que sigue vivo, aunque parece deberse a que el destino le ha lanzado un guiño de larga duración

En imágenes: la ida de semifinales de Copa entre el Athletic y la Real SociedadAthletic Club/Borja Guerrero/Rubén Plaza

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No está el Athletic en posición de quejarse, protestar o reprochar nada a nadie en la vigente edición de la Copa. Tampoco está para sacar pecho, ni para sentirse bien consigo mismo si analiza su comportamiento. En cambio, puede celebrar que sigue vivo, aunque parece deberse a que el destino le ha lanzado un guiño de larga duración. Después de jugar realmente poco y mal ante tremendos enemigos (Ourense, Cultural Leonesa y Valencia) obteniendo sendos triunfos siempre sobre la bocina, cató el sabor de la derrota ante una Real que le retrató en San Mamés. Y sin embargo aún oposita a la final, cuando la vuelta de la semifinal debió quedar a beneficio de inventario.

Un hilo sostiene al Athletic en la Copa porque de nuevo el fútbol se ha desmarcado de lo razonable, lo justo, lo lógico. A ver, se daba por supuesto que la identidad del finalista no se conocería hasta pasar por Anoeta, pues en rondas a doble partido el segundo casi nunca está de sobra. Y siendo cierto que tenía sentido otorgar a la Real un porcentaje de probabilidades alto, incluso superior al del Athletic, de conseguir un marcador de su gusto en San Mamés, no lo es menos que también se confiaba (uno diría más bien: se quería confiar) en que el factor campo compensaría o corregiría en favor del anfitrión la diferencia de potencial que a fecha de hoy se percibe entre los equipos.

Todas estas cábalas que pueden sonar prudentes, acaso benévolas, parecen ridículas después de asistir al repaso que sufrió el Athletic. Al final, resultó que la inexistencia de equilibrio en el verde no fue una pega para que el marcador reflejase un exiguo 0-1, muy mentiroso y que objetivamente nada aclara. Se confirmó pues que en estos pleitos ni cuando la ida se tiñe de un único color es posible prescindir de los segundos noventa minutos.

Y a eso se agarra Valverde, contento porque la vuelta no se celebra de inmediato sino dentro de tres semanas; también Iñaki Williams, que calificó la derrota mínima de reto “bastante asequible”. Son declaraciones muy bonitas, pero por ahora no hay argumentos de fuste que las sustenten. ¿Por qué habría que confiar en que el 4 de marzo asomará un Athletic sin parecido al que no despega desde septiembre? Habrá gente muy crédula que ve la salida de la crisis por vencer al pobre Levante que estuvo 77 minutos con diez, pero alguien sabe si volverán los lesionados para competir en Anoeta, quiénes y en qué estado. ¿No habrá más ingresos en la enfermería pese al historial médico de alguno? ¿Y los actuales lesionados de la Real no tendrán el alta para entonces?

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Más preguntas para el capitán: ¿podría concretar en qué consiste el término “asequible” para un colectivo sin juego, expuesto al aire que le dé y por dónde le dé, con piezas muy desgastadas a estas alturas del curso y elementos incapaces de ofrecer una versión potable? Una más para cualquiera de los dos: ¿es admisible a estas alturas seguir alimentando una ilusión apenas sostenida por la inspiración de un portero que solo ha participado en cuatro citas este año? ¿tiene sentido cultivar expectativas optimistas cuando el agobio alcanza tales cotas que se meten cuatro cambios de golpe y, como era previsible, la maniobra no vale para nada?

Y no vale porque el problema es de fondo, no de forma. La identidad de los protagonistas se convierte en asunto secundario después de muchas semanas viendo juego, consistencia y eficacia en dosis muy escasas. Ah, eso sí, no somos más chulos porque es imposible: mientras los demás retocan plantillas en enero, el Athletic renuncia a recuperar, por ejemplo, centrocampistas cedidos que están luciendo en equipos punteros de Segunda División. Aunque sea obvio que Valverde no cuenta con Vesga y pone a Rego si no hay más remedio, mientras exprime a Jauregizar hasta el infinito y hace malabares con los minutos de Galarreta, que no aguanta el tute. Hace poco Uriarte y González nos instruyeron con su descripción de una crisis que persiste; hoy esperan sentados al milagro de Anoeta, el golpe de efecto que les cuadraría el balance.