Ya está, ya lo sabe todo el mundo: el Athletic está fatal y dado su inquietante puesto en la clasificación conviene replantearse los objetivos marcados en verano. Si a pesar de la rotundidad de estas apreciaciones aún persistiese alguna duda sobre la gravedad de la situación, que quede claro que las alarmas se han puesto en marcha y no a raíz del último resultado, pues llevan semanas encendidas.

Esta valiosa información fue ofrecida por Ernesto Valverde antes de volver de Sevilla. Hasta ahora no había utilizado términos acordes a la crisis declarada de resultados e imagen del equipo. Había eludido una descripción tan cruda de la realidad y mira que había datos, indicativos, sensaciones, detalles y, en definitiva, ejemplos a patadas de los problemas que acucian al Athletic. Como para no haberlos si desde septiembre viene dibujando una trayectoria negativa, maquillada por actuaciones sueltas que en absoluto compensan el cúmulo de decepciones.

Problema gordo

Si se analiza el día a día del Athletic, del club en su totalidad, no solo la competición, también los mensajes de sus portavoces autorizados (presidente, director deportivo, técnico, futbolistas), el ambiente que se respira en San Mamés o en otros estadios que reciben una cantidad de aficionados relevante, el modo en que los medios en general valoran el quehacer de Valverde y su grupo (las redes se excluyen de la ecuación por incontrolables y manipuladas), si se analiza todo lo apuntado, se llega a la triste conclusión de que el Athletic necesita que Valverde se deje de rodeos y omisiones para que todo pichichi caiga en la cuenta de que hay un problema gordo que urge solucionar.

Habrá sido porque no podía aguantarse más y pretende provocar una reacción inmediata en el personal a su cargo y, de paso, en el entorno. Lo único cierto es que Valverde, como corresponde a la autoridad competente, acaba de dar por inaugurada oficialmente la crisis del Athletic. Parece un poco tardío este paso, pero había que darlo. Más que nada para entrar en faena, sintonizar el canal de la competición que importa, la liga, y, en suma, ponerse a la altura de los otros equipos metidos en estrecheces, agobiados por la ausencia de puntos en el casillero.

Es público y notorio que el Sevilla, por alguno hay que empezar y este viene al pelo, es como la casa de Tócame Roque: andan a la gresca sus directivos, la afición está puesta en pie, la gestión deportiva es un desastre porque falta dinero para fichar, en fin, esto se conoce bien. Lo mismo que es notorio que en el Valencia sucede tres cuartos de lo mismo porque el dueño va a su aire. Tampoco es un secreto que el Getafe sobrevive a duras penas con una economía de guerra, su técnico lo dice alto y claro. Ni lo es que el Girona vivió hasta mediados de septiembre con un único punto, totalmente descolgado la tabla. O que la Real se cargó al míster en vista de que se estaba atascando en zona peligrosa.

Todas estas historias son de dominio público y no únicamente allá donde se generan, se perciben desde la distancia. Estamos enterados. Lo que ni sale fuera de aquí ni tampoco trasciende o se trata abiertamente en el seno o en el entorno del Athletic es que el Athletic se ha metido de cabeza en un agujero. Lo acaba de proclamar Valverde, inquieto por el cariz del panorama, puesto que a estas alturas los rivales citados, auténticas ruinas, le han superado en la clasificación o han reducido drásticamente la distancia que les separaba de los rojiblancos. Rivales a los que durante meses se ha mirado como si fueran de otro mundo porque sus penurias eran solamente suyas y por estos lares se andaba pensando en otras cosas, que si la Champions y tal.

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Fútbol de élite

Ahora, sin pelos en la lengua, Valverde afirma que “las otras competiciones despistan y quitan frescura”. En efecto, y tanto que sí, pero tampoco se han percibido medidas correctoras para que esa verdad no pasase factura. Se diría que, en el fondo, cuesta asumir que también el Athletic es susceptible de ser víctima de la exigencia del fútbol de élite.