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Asier Diez Mon

Las puertas de la vida

Hace tres semanas asistimos a la graduación de Bachiller del rey de la casa. Demasiado empalagosa por el lado organizativo, fresca y emotiva por la irreverente naturalidad de la juventud de las agasajadas –aprendí ese día que el plural más incluyente es personas, sustantivo femenino, lo firmo–. Recogieron el título chicos y chicas que han convivido desde bi urteko gela hasta la mayoría de edad. También estuvieron algunas de las que han dado el salto a otro centro escolar o han tomado un camino formativo diferente. Todas con vestido o traje. Fiesta de gala de una madurez que ha llegado de forma inesperada sobre todo para las familias. Al término, en el tercer tiempo en el bar, un aita mostró su alivio: “Bueno, ya han terminado”. “¿Terminar?, ahora es cuando empiezan”, respondí, como se ve en el trajín de la selectividad de estos días. Las etapas en la vida se pasan, además de en un suspiro, con cierta resignación. Como un viaje de vacaciones en coche de Bilbao a Milán. Hay tantos kilómetros por recorrer que los primeros 300 parecen pocos, luego hay un tramo de 700 que parecen un mundo y los últimos 300 kilómetros se deberían recorrer con tranquilidad, disfrutando del paisaje. Así que desde la graduación, tengo una teoría. La esencia de la vida es atravesar puertas, y hacerlo, sea cual sea la edad, con intensidad y entusiasmo. Tirándolas de una patada cuando están cerradas y gozando del trayecto en la medida de lo posible, algo que está relacionado con el esfuerzo al principio y con el espíritu con el que se afronta la aventura al final.