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Asier Diez Mon

Arrebato en China

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está de gira en China. Se supone que con buenas intenciones. Primero porque, tras una década de desencuentros y misiles arancelarios de largo alcance, ambas potencias se reúnen de nuevo para repartirse el pastel al máximo nivel por el lado de la representación política, pese a las dudas que despiertan Trump y Xi Jinping en cuanto a su talla como estadistas. Y, segundo, porque el rubio de esta singular pareja aseguró antes de subirse al avión que la visita es “al gran país de China”. Nada que ver con la “perdedora España”, que también es “un aliado terrible”, con “cifras económicas desastrosas”. Obviamente Trump no quiere “nada” con el país de Pedro Sánchez. ¿Quién se abrazaría a un ancla en medio del naufragio? Y qué decir de la ruptura con Giorgia Meloni, un dechado de virtudes, sobre toro el coraje, hasta que la responsable del Ejecutivo italiano cuestionó algunas claves de la deriva del presidente republicano. Menudencias: la caprichosa guerra de Irán y aquel ataque al Papa por un reproche ético de segundo de primaria a cuenta del recuento de muertos. Lo de China es otra cosa. Se va a celebrar una cumbre de altura al nivel del barro entre dos déspotas encantados de conocerse a si mismos y ajenos a las necesidades de los ciudadanos de sus países o a los efectos de sus políticas en el resto del mundo. Al aterrizar en China Trump habrá sentido uno de sus arrebatos: Jinp, amigo, déjame decirte la envidia que te tengo. Cómo manejas este país. Quién pudiera.