Apenas escuchamos la palabra “virus” o “brote”, un escalofrío inevitable nos recorre la espalda. Es el eco imborrable de la trágica pandemia del coronavirus, una herida aún reciente en nuestra memoria colectiva que nos vuelve enormemente vulnerables al miedo. Precisamente de este temor primario se alimentan los oportunistas de la información, aquellos que, escudados en el anonimato y la inmediatez de las redes sociales, esparcen bulos con la misma o mayor rapidez con la que se propaga una enfermedad infecciosa.

El reciente brote de hantavirus detectado en un crucero en Cabo Verde, donde permanecen catorce ciudadanos españoles, ha sido el caldo de cultivo perfecto para esta indeseable oleada de alarmismo. Sin embargo, la realidad científica, respaldada por el Ministerio de Sanidad, es tajante y tranquilizadora: el riesgo para la población es extremadamente bajo. No existe motivo alguno para el pánico social ni necesidad de adoptar medidas preventivas. Incluso en el remoto caso de tener que atender a pasajeros afectados, el sistema sanitario está plenamente preparado para actuar con la máxima eficacia y seguridad. Lo que verdaderamente debería preocuparnos hoy no es un patógeno confinado en alta mar, sino la epidemia de desinformación que amenaza nuestra paz mental. Jugar con la salud pública para ganar notoriedad, sembrar el caos o rascar unos cuantos clics es una profunda irresponsabilidad. En tiempos donde la incertidumbre parece reinar, exijamos que prime la seriedad.