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El sacacorchos

Jon Mujika

Un paño húmedo

Las calles brillan como si alguien hubiera pasado un paño húmedo sobre la memoria, y entonces aparecen esas pequeñas historias que dicen más sobre un país que mil discursos. Una de ellas ocurre estos días en el barrio de Txurdinaga, donde la comunidad educativa del IES Txurdinaga Behekoa ha pedido algo tan extravagante en estos tiempos como hablar antes de cerrar.

El asunto, contado en frío, tiene el tono gris de los expedientes administrativos. La administración educativa –la del Gobierno Vasco, para entendernos– estudia reorganizar la oferta educativa y el instituto podría desaparecer como desaparecen las tiendas de ultramarinos: primero dejan de entrar clientes, luego alguien decide que ya no hacen falta. Todo muy racional, muy eficiente, muy de hoja de cálculo.

Pero los centros educativos no son exactamente hojas de cálculo. Un instituto es una pequeña república sentimental: pasillos donde se aprende álgebra y también a perder la vergüenza, patios donde se ensaya la primera rebeldía y aulas donde algunos profesores –los menos disciplinados con la burocracia– todavía creen que enseñar consiste en contagiar curiosidad.

Por eso, cuando un instituto va a cerrar, no se clausura solo un edificio. Se clausura un pequeño ecosistema humano hecho de rutinas, voces, discusiones en la sala de profesores y esa liturgia diaria del timbre que suena como una campana civil.

Lo que pide ahora la comunidad del IES Txurdinaga Behekoa no es un milagro presupuestario ni una épica revolucionaria. Pide diálogo.

Dicen que se enteraron de la idea de cerrar cuando les prohibieron organizar de una jornada de puertas. “A ver si no vamos a poder abrirla nunca jamás”, pensaron. Saben que la palabra, en política educativa, suele pronunciarse con la misma convicción con la que se promete adelgazar después de Navidad. Todos la invocan, pero casi nadie la practica.