Síguenos en redes sociales:

Mirábamos a los ojos...

Ahí está ese cielo gris que no entiende de flechas de Cupido y que, sin embargo, siempre acaba siendo el mejor cómplice para quienes buscan una excusa para caminar más despacio. San Valentín llegará puntual, como el tranvía que cruza la ciudad con su calma eléctrica, y nos encontrará –cómo no– mirando el móvil mientras alguien intenta mirarnos a los ojos.

Porque el siglo XXI celebra el Día de los Enamorados con emojis que sustituyen caricias y con mensajes de voz enviados a las dos de la madrugada que empiezan con un “no sé si estás dormida” y terminan en una confesión que antes necesitaba bares oscuros. Bilbao también se ha vuelto digital para querer: parejas que se conocieron deslizando un dedo, sin segundas, citas que empiezan en una app y terminan –si hay suerte– compartiendo pintxos en el Casco Viejo mientras la lluvia golpea los toldos como si aplaudiera.

Pero hay algo bilbaino en resistirse a que el amor sea solo un algoritmo. Mañana habrá quien se acerque a un puente para hacerse una foto que parezca espontánea aunque haya costado quince intentos.

Habrá quien regale flores compradas a última hora, con esa mezcla de torpeza y verdad que siempre ha sido la forma más sincera de decir “me importas”. Y también estarán los que reniegan de la fecha, que dicen que el amor no entiende de calendarios mientras revisan en secreto si alguien se acordó de ellos.

El siglo XXI ha convertido San Valentín en un escaparate con brillo. Restaurantes con menús imposibles de pronunciar, ofertas que prometen experiencias inolvidables y anuncios que parecen decirnos cómo debemos sentir.

Pero luego está la vida real: la pareja que discute por el sitio donde cenar y acaba riéndose; los mayores que se cogen de la mano sin subirlo a redes, como si el amor fuera secreto que no necesita likes para existir.