Hay impuestos que llegan como llegan las lluvias finas del norte: sin estruendo, pero empapándolo todo. El futuro impuesto turístico en Bizkaia tiene algo de sirimiri político. A los ayuntamientos les parece un paraguas nuevo; a muchos establecimientos, una gotera más en el techo que aún están pagando.
En los consistorios se habla de equilibrio, de sostenibilidad, de ese verbo tan contemporáneo que es “ordenar”. Ordenar las calles, los flujos, las mareas de mochilas con ruedas que avanzan como pequeños trenes de plástico por cascos viejos que hace veinte años olían más a pan que a brunch. Los alcaldes –con razón, dirán– llevan tiempo haciendo cuentas con calculadora doméstica: más visitantes implican más limpieza, más transporte, más desgaste. Y alguien tiene que pagar la fiesta cuando se apagan las luces del festival.
El impuesto, visto desde el despacho municipal, es una herramienta casi quirúrgica: el turista contribuye, el vecino respira y el presupuesto deja de parecer un jersey lleno de agujeros. Suena lógico. Suena inevitable.
Pero basta cruzar la calle y entrar en un hotel familiar o en un pequeño hostal para que el discurso cambie de temperatura. Allí la palabra “impuesto” no suena a sostenibilidad sino a suma. A una línea más en la factura que explicar a un cliente que ya compara precios con un dedo nervioso sobre el móvil. A la sensación –quizá injusta, pero muy real– de que el sector que sostiene buena parte de la economía local vuelve a ser el primero en cargar con el experimento.
Los hosteleros hablan de márgenes estrechos, de temporadas irregulares, de un turista que cada vez decide más tarde y exige más por menos. Temen que el impuesto, aunque pequeño sobre el papel, funcione como ese último empujón que hace que una reserva se vaya a otra ciudad donde el café sabe igual y la cama cuesta dos euros menos. No discuten la necesidad de cuidar el territorio; discuten el cómo y el cuándo. Y, sobre todo, el quién paga primero.
Entre ambos relatos –el del ayuntamiento satisfecho y el del empresario inquieto– hay una verdad incómoda: ambos tienen parte de razón. Porque el turismo es, al mismo tiempo, salvavidas y marea. Da empleo, pero también tensiona barrios. Genera riqueza, pero también ruido. Y cualquier decisión sobre él tiene algo de cirugía sin anestesia: alguien siempre nota el corte antes que el resto.