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El sacacorchos

Jon Mujika

No se sabe cómo será

El Nervión baja estos días con la parsimonia de quien ha visto demasiadas transformaciones como para sorprenderse por otra más. En su orilla, Punta Zorrotza aguarda. Es una lengua de tierra industrial, oxidada y silenciosa, donde aún resuena el eco de las grúas, los martillos y los silbatos que marcaban la jornada laboral como un latido colectivo. Allí donde antes se forjaba acero y destino, ahora Bilbao imagina tres futuros posibles, como si lanzara monedas al aire para decidir qué clase de ciudad quiere ser.

La primera alternativa es la del jardín domesticado: un paisaje verde, pulcro, con paseantes y bicicletas que avanzan sin prisa entre praderas diseñadas por ordenador. Un lugar donde el pasado industrial se recuerda apenas con alguna escultura abstracta, como una cicatriz discreta. Esta propuesta quiere que olvidemos. Que el óxido se convierta en césped, que la memoria se diluya en el aroma de los tilos y las terrazas al sol.

La segunda opción apuesta por un equilibrio más complejo: conservar algunos restos fabriles, integrarlos en un tejido urbano nuevo, mezclarlos con viviendas, comercios, talleres creativos. Aquí la ciudad se piensa como un diálogo entre lo que fue y lo que puede ser. Las viejas naves industriales se convierten en bibliotecas, mercados o centros culturales, y el hierro aprende a convivir con el cristal. Esta alternativa tiene la virtud del respeto: no pretende borrar las huellas, sino convertirlas en relato.

La tercera propuesta es la más ambiciosa y también la más arriesgada: Punta Zorrotza como laboratorio urbano, un espacio para experimentar nuevas formas de habitar, trabajar y convivir. Edificios híbridos, energía limpia, movilidad radicalmente sostenible, usos cambiantes. Es la ciudad que quiere anticiparse al mañana, aunque todavía no sepa del todo cómo será.