La Diputación foral de Bizkaia ha anunciado su propósito de transformar 250.000 toneladas de residuos en carreteras, y uno no sabe si imaginar a Sísifo empujando su montaña de basura hacia el porvenir o a un alquimista moderno intentando convertir la escoria en una cinta de asfalto por donde pueda deslizarse la esperanza. En este territorio húmedo donde la lluvia pule las piedras y las verdades, todo proyecto público adquiere un aroma de solemnidad industrial, como si aún sonara en el aire el eco de los martillos de Altos Hornos.

El plan, presentado con la convicción de quien enseña un nuevo evangelio, promete reciclar cientos de miles de toneladas de desechos siderúrgicos y de construcción y devolverlos, domesticados, al tránsito cotidiano. Es una idea seductora, sin duda: convertir el detritus de nuestras vidas –ese rastro silencioso que dejamos tras cada gesto de consumo...– en la calzada por la que circulan los camiones que traerán más cosas que consumir.

Así, el círculo queda perfecto y la conciencia, ligeramente más tranquila. A falta de redención espiritual, siempre queda el consuelo del reciclaje. Sin embargo, en Bizkaia sabemos que la basura tiene memoria. Cada vertedero es un atlas de la condición humana, una biografía en capas donde se mezclan facturas olvidadas, electrodomésticos que murieron de obsolescencia y juguetes infantiles amputados por el tiempo. Convertir todo eso en carretera implica, de algún modo, invitar a nuestra propia historia a extenderse bajo las ruedas. Quizá por eso este plan tiene un tono casi literario: recorreremos autopistas hechas de nuestros errores, bidegorris tejidos con la prisa de décadas, rotondas construidas con las sobras de nuestra fiesta tecnológica. No es mala idea, en cualquier caso. Peor sería seguir enterrando la basura como si fuera un cadáver del que avergonzarse.