La marcha de tus pies cansados
Así se encuentra la afición athleticzale estos días, a expensas; con una banda sonora sobrecogedora antes de que se conozca el desenlace de los tres partidos que se avecinan
Suena una armónica, in crecendo, y la tensión crece a cada segundo. Así comienza la obra maestra de Sergio Leone, Hasta que llegó su hora, con un tiempo de espera que le seca a uno la garganta y le deja con el agua al cuello, ya incluso antes de que comience el relato de la película. Así se encuentra la afición athleticzale estos días, a expensas; con una banda sonora sobrecogedora antes de que se conozca el desenlace de los tres partidos que se avecinan: la visita al entrañable Rayo Vallecano, malherido por paso del tiempo y la desidia de sus gestores pero siempre (o casi...) tierra fértil para los leones; la visita a Anoeta, donde serán recibidos de uñas por ese duelo al sol que se espera en el partido de vuelta de las semifinales de Copa, con el entorno de la Real Sociedad plagado de malos pensamientos; y la llegada a San Mamés del Barcelona, un equipo que se atraganta por la actitud chulesca o de perdonavidas (todo en función del resultado, ya saben...) que muestra frente al Athletic.
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La armónica angustiosa, ya digo, pone una posible banda sonora, Es una creación de Enio Morriccone. Hay expectación y nervios, cómo no, por tanto como se juega. Pero puestos a poner melodía a esta espera uno prefiere quedarse con la sedosa voz de Mercedes Sosa, aquella mujer que cantaba letras de puño cerrado y que en uno de sus himnos decía algo así como “Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado la marcha de mis pies cansados”. Eso espera buena parte de la afición rojiblanca, la recuperación de la marcha de sus pies cansados. Los de los leones que acumulan un buen puñado de esfuerzos y aguardan a que llegue su hora. Tiene algo de épica esta espera.
Tres partidos
El Athletic Club camina hacia tres partidos que no son tres partidos: son tres espejos. En ellos se mirará para saber si esta temporada fue apenas un tránsito o una revelación. Primero el Rayo, que juega como quien abre las ventanas y deja entrar el aire de barrio; luego la Real Sociedad en la Copa, duelo de vecinos que se conocen los silencios; y finalmente el Barcelona, ese nombre que pesa como una catedral y obliga a medir la estatura del sueño.
Soldados de Valverde
En Bilbao, el fútbol no se juega: se hereda. Pasa de mano en mano como el pan y como la memoria. Hay camisetas que no se planchan porque las arrugas cuentan historias. El Athletic, que decidió ser fiel a su raíz cuando el mundo decidió comprar acentos, vuelve a ponerse ante el abismo hermoso de las grandes citas. No hay épica sin riesgo; no hay identidad sin prueba.
El Rayo será el termómetro del hambre. Esos equipos que no piden permiso recuerdan que el fútbol no se gana por linaje sino por insistencia. Si el Athletic quiere aspirar a lo que murmura San Mamés cuando cae la tarde, deberá morder el partido, ensuciarlo si hace falta, sudarlo hasta que el balón pida clemencia.
Llega el rival ideal para el despegue pendiente de Sancet
Después vendrá la Real en Copa, y el derbi no es un partido: es una conversación antigua. Se juega con los pies y con la infancia. Se juega con el orgullo de la calle y con la música del apellido.
Y al final, el Barça. No como enemigo, sino como medida. Los gigantes existen para recordarnos que la grandeza no es patrimonio exclusivo de nadie. El Athletic, que hizo de la coherencia una bandera, sabe que hay noches en que la pelota decide escuchar a los valientes. Si se atreve, si se reconoce en su espejo más honesto, puede convertir el respeto en desafío.
