Editorial

Frente al horror, igualdad

13.06.2021 | 01:00

El asesinato de las dos niñas de Tenerife es un ejemplo extremo de violencia vicaria de carácter machista porque su único objetivo es hacer el mayor daño posible a las madres como mujeres

LO habían advertido los expertos, profesionales y organizaciones que trabajan en la lucha contra la violencia de género y se ha hecho realidad en todo su dramatismo. El fin de las restricciones más duras frente a la pandemia ha conllevado un afloramiento del terror y los crímenes machistas que permanecían latentes y en cierto modo ocultos debido a los confinamientos y las limitaciones de movilidad. Se ha podido comprobar de manera especialmente brutal en los últimos días. Al menos una veintena de mujeres –a la espera de que se confirme que, como parece, la muerte por atropello que ha tenido lugar en Jaén es también violencia de género– han sido asesinadas en lo que va de año únicamente por el hecho de serlo, la mayoría a manos de sus parejas o exparejas. Ayer mismo, un joven de 24 años que tenía una orden de alejamiento intentó acuchillar a su pareja embarazada en Basauri, aunque la mujer logró defenderse y, gracias a ello, pudo salir viva. Entre la brutalidad y el ensañamiento con las mujeres que caracteriza a los últimos crímenes, destaca, sin duda, el secuestro y –al menos en uno de los casos– asesinato en Tenerife de las niñas Anna y Olivia a manos de su propio padre tras un plan preconcebido "que tenía como fin provocar a su expareja el mayor dolor que pudiera imaginar", según afirma en un auto la jueza que investiga el caso. Estos crímenes especialmente repugnantes contra niños con el único objetivo de causar un sufrimiento inimaginable a las madres, conocidos como violencia vicaria, son un tipo de terrorismo machista que aumenta aún más la indignación social y también el morbo, como ha ocurrido con el de Tenerife. Más de 40 menores han sido asesinados para hacer daño a sus madres desde 2013. Pero no hay que olvidar que la violencia de género, en sus múltiples facetas, tipologías y grados, es consecuencia directa de la desigualdad. Hombres agreden y matan a mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Es este el paradigma a combatir con todos los medios disponibles desde las administraciones públicas y con implicación de todo el cuerpo social, en especial de los hombres. Más allá del morbo y del horror propio de estos asesinatos, es imprescindible entender su origen e implicarse en una lucha sin cuartel en favor de la igualdad, pese a las reticencias y frente a las falsedades esgrimidas por la derecha reaccionaria y negacionista.

 
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