Geopolítica en tiempos de guerra

08.05.2022 | 00:17
Geopolítica en tiempos de guerra

Cómo gestionar la crisis derivada de la guerra en Ucrania y al mismo tiempo construir el futuro? ¿Cómo será el mundo del mañana? ¿Cómo fijar unas líneas de reflexión estratégica que dibujen, a modo de brújula social, qué camino seguir? No conocemos el futuro, solo sabemos que no se parecerá al presente.

La inédita situación que vivimos abre numerosas incertezas e incertidumbres con enorme repercusión. Vivimos en un entorno inestable, de incertidumbre permanente y donde el ejercicio de prospección necesario para fijar estrategias sociales, institucionales o empresariales es cada más complejo e imprescindible.

Uno de los principales problemas al que nos enfrentamos es la ausencia de un liderazgo mundial compartido. Esta tendencia se agudiza en la dimensión geopolítica global por el hecho de que el mundo vive momentos de gran debilidad institucional. Las instituciones que refundaron las relaciones internacionales en 1945, hace ya 75 años, experimentan un serio declive en su auctoritas mundial lo cual les impide abanderar ese necesario liderazgo supranacional.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia supone, entre otras derivadas, que la difusa amenaza externa a las democracias liberales se convierte en agresión real. Ello nos retrotrae en Europa a un pasado de pesadilla que creíamos ya superado. Vivimos tiempos bélicos que creíamos impensable en suelo europeo; ello nos retrotrae a la dinámica de violación de fronteras que, con el desgraciado paréntesis de la guerra en los Balcanes tras la desaparición de Yugoslavia, no conocíamos desde 1945, concretado en la guerra, en el recurso a la dominación militar como estrategia geopolítica frente a la idea europea de colaboración mutua de unión entre los países a través de la UE.

Vivimos en una época de transformación radical de nuestros marcos de referencia. Asumir la interdependencia entre los diferentes poderes políticos, la soberanía compartida entre los mismos y los retos de las democracias en un mundo globalizado en el que los Estados se muestran impotentes para asumir por sí solos las respuestas a toda esa complejidad sobrevenida.

El fortalecimiento de la propia UE como proyecto político, que ya venía perfilándose tras la pandemia, recibe ahora un impulso extraordinario que le lleva a cambiar posiciones tradicionales para pasar de ser una potencia económica y después una potencia política a constituirse finalmente en una potencia geoestratégica.

En el corto plazo, la guerra ha provocado una aguda crisis en los suministros, la energía, la inflación, alteraciones bursátiles, amenazas de recesión económica, y de esta guerra de Ucrania se desprenden otras enseñanzas contundentes: que las amenazas a las democracias liberales eran reales y, a la vez, la agresión misma resalta el extraordinario valor de estas democracias.

Frente a la enorme capacidad innovativa y renovadora de las democracias, las autocracias, que actúan socavando las libertades, terminan silenciando las voces discrepantes y favorecen la configuración de ensoñaciones apoyadas en un pasado imaginado cuya puesta en práctica nos lleva a situaciones de pesadilla.

¿Provocará la guerra de Ucrania la paralización de la dinámica del ciclo post pandémico? Probablemente, como ya está sucediendo, generará acelerones y retrocesos, pero no parece que vaya a truncar las líneas que se estaban apuntando en el nuevo ciclo. Aunque sea todavía pronto para aventurar conclusiones, sí parece vislumbrarse que la guerra de Ucrania ayudará a fortalecer las democracias occidentales, mostrando a los ciudadanos el valor de las mismas y provocando una reacción frente al sectarismo que ha recorrido las sociedades occidentales y que ha provocado, por la vía de la aparición de los populismos, auténtico riesgo para el mantenimiento de las democracias mismas.

Nada parece hacer pensar que los tres grandes valores del ziegeist del momento vayan a verse sustancialmente alterados. No, desde luego, ni el desarrollo tecnológico ni la necesidad de una mayor inclusión de las personas en las dinámicas de progreso.

El tercer valor, que es el de la transformación energética, sí va a verse afectada por la guerra, y tal vez genere como desencadenante final una aceleración de las energías alternativas para fortalecer así la autosuficiencia energética de la UE y evitar así la dependencia del gas y el petróleo rusos y subsanando, de paso, una de las mayores debilidades estructurales de la UE.

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