Mira Jago” –solía decirme mi maestro y buen amigo Manuel Hermoso– “mientras siga ejerciendo esta profesión, mi equipo y yo perseveraremos en nuestra obligación de aportar una solución para cada problema que se presente”. Y ahí quedaba yo. Pensativo. Absorto.
Efectivamente, el ejercicio de los Ingenieros de Caminos, al igual que el de otras muchas profesiones, ha de regirse por el estricto cumplimiento de un código deontológico basado en la ética, la competencia y la responsabilidad profesional. ¡Faltaría más! Sin embargo, esto no hace sino garantizar unos mínimos de conducta moral. No va más allá. No habla de nuestro deber con la sociedad de maximizar el valor añadido en cada uno de los eslabones de la cadena en la ejecución de las obras públicas, infraestructuras esenciales al servicio de la sociedad y abordadas, en la mayoría de los casos, con recursos públicos aportados por ciudadanos y empresas.
La ejecución de una infraestructura pasa, sin ánimo de ser exhaustivo, por un largo proceso técnico desde su concepción inicial hasta su puesta en servicio: detección de necesidades, planificación, estudio de alternativas y selección de la óptima, proyecto, ejecución y dirección de obra. Todas y cada una de ellas son esenciales.
El grado de focalización, de información y de recursos –humanos, técnicos y económicos– es incremental a medida que se avanza en la cadena y, por tanto, también lo es la capacidad de los responsables de aportar nuevas soluciones a los problemas concretos. Y es ahí donde entra en juego el papel del ingeniero, no únicamente en su vertiente de rectitud ética y moral sino en su obligación para con la sociedad de optimizar los recursos que ésta ha puesto a su disposición de cara a devolverle el mejor de los productos posible.
En este sentido, y tras casi tres décadas de ejercicio de la profesión, he llegado a la conclusión de que existen, dentro del ejercicio de la profesión, tres estilos diferenciados.
Está, en primer lugar, el implicado. El que trata de mejorar el producto recibido del anterior eslabón. El que maximiza la utilidad marginal de los recursos disponibles. El que –como Manuel– aporta una solución para cada uno de los problemas. El ingeniero.
Existe un segundo estilo que denominaré “estilo Simpson”, en honor a la legendaria serie americana de los 90. En su segunda temporada, Homer Simpson da una lección de vida a su hijo Bart: “Querido Bart” –le dice– “estas son las tres frases cortas que sacarán tu vida adelante. La primera: no digas que he sido yo. La segunda: ¡Oh! ¡Buena idea, jefe! Y la tercera: ¡Estaba así cuando llegué!”. Pues eso.
Este estilo de gestión garantiza el estricto cumplimiento de lo previamente elaborado. Pero cuando esta actitud se generaliza, la excelencia técnica se sustituye por simple cobertura formal y la optimización por la mera conformidad, perdiendo de este modo una excelente oportunidad de generar valor incremental. La calidad de nuestras infraestructuras no depende solo del presupuesto que se les asigne, sino del nivel de exigencia con el que cada profesional decide ejercer su responsabilidad.
En este sentido, y más allá del desempeño moral y ético de la profesión recogido en el código deontológico, está el compromiso personal y profesional de gestionar con responsabilidad y eficiencia los recursos públicos. Y esto supone un grado de implicación adicional. No se trata solamente de cumplir una obligación profesional, sino de optimizar como ejercicio de nuestra responsabilidad social.
Entiendo que este estilo de ejercicio de la profesión no tiene por qué responder a un perfil de menor capacitación técnica sino, más bien, a una posición de confort y comodidad profesional.
Finalmente, existe un tercer estilo, exasperante, contrapuesto al de mi maestro Manuel. Sí. En efecto. Hay profesionales con una capacidad innata de encontrar un problema para cada solución. Reconozco mi incapacidad manifiesta para comprender sus motivaciones.