LAS elecciones generales que celebrará Egipto mañana, domingo, serán mucho menos democráticas que las de hace cinco años… ¡mayormente, por culpa de las potencias occidentales !

La verdad es que en esta gran nación africana, el sistema democrático nunca logró desbancar la prepotencia gubernamental. De ahí que, en los últimos cuatro decenios, rara vez la participación electoral superase el 20% y que la presencia de los partidos opositores no pasase nunca de anecdótica. Ello, en primer lugar, por las trabas administrativas a la presentación de candidatos. Y, en segundo lugar, porque los escrutinios fraudulentos han corregido siempre las discrepancias entre la voz real de las urnas y la voluntad gubernamental.

De todas formas, entre el panorama político egipcio de 2005 y el de 2010 existen dos diferencias fundamentales. Por un lado, el auge del terrorismo islámico ha reducido drásticamente la presión democratizadora de los Estados Unidos y la Unión Europea sobre el mundo musulmán. Occidente teme que un cambio galopante de los usos políticos habituales en esos países abra el acceso al poder a los grupos más radicales. Para los Gobiernos occidentales, la norma de conducta en tierras musulmanas parece ser ahora el "no lo menees, que será peor".

Por otro lado, la oposición -cuya figura más conocida es Mohamed El Baradei, ex director de la Agencia Internacional de la Energía Nuclear- ha renunciado a dar la batalla electoral y denuncia la falta de democracia con el absentismo. Le parece que un Parlamento de 508 diputados elegido sólo por el 10% del electorado (es la participación prevista para mañana) no puede representar jamás la voluntad y el sentir del país entero; será un Gobierno ilegítimo.

El absentismo de la oposición no será total. A las urnas acudirán miembros de los Hermanos Musulmanes, pese a que el partido como tal está prohibido, porque están convencidos que las reformas desde dentro del Parlamento son más fáciles y eficaces que desde la calle. Además, el partido gubernamental, PND (Partido Nacionaldemócrata), que gobierna desde hace 37 años, ha creado partidos satélite que acuden a las urnas con nombres diferentes, pero dentro de la disciplina política real del NDP.

La mentada inhibición occidental ha endurecido las reglas del juego político en Egipto -estricto control de los medios de comunicación de masas, circuitos radiofónicos cerrados, nombramientos periodísticos, etc.-, pero no ha cambiado en realidad nada en la concepción política del país.

Incluso, la presencia de candidatos progresistas del propio PND (presididos por el hijo del Presidente Mubarak) no constituye ninguna novedad. Porque si es bien cierto que, habitualmente, el partido nombra a los candidatos en todos los distritos, el pluralismo de ahora no es más que una maniobra para la reelección -¡ por sexta vez !- de Hosni Mubarak como presidente. Y es que esta elección se hace en el seno de las dos Cámaras y el partido -para no decir el propio Hosni Mubarak - se ha abstenido de rechazar a nadie para que en las presidenciales del próximo otoño no haya ningún diputado que pueda sentirse ultrajado políticamente por el presidente y le niegue su voto.

En resumen: democracia al estilo del país…