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Rusia-EE.UU.: El miedo une? en Afganistán

LA reciente destrucción de cuatro laboratorios afganos de elaboración de heroína en una acción conjunta de tropas especiales rusas y estadounidenses resulta sorprendente en un primer momento, pero adquiere una coherencia total si se analiza bajo el prisma de la lucha de estas dos naciones contra un enemigo común: el terrorismo.

Hoy en día, la potencia militar rusa no es mayor que la de la Unión Soviética que se estrelló contra la guerrilla afgana a finales del siglo XX, pero los problemas de seguridad interior de la Rusia actual son mucho mayores que los de la URSS en sus últimos años. Los Gobiernos de Putin heredaron de sus predecesores comunistas el avispero del Cáucaso -con Chechenia en primerísimo término-, pero la tranquilidad en las repúblicas vecinas de Asia Central -Kirguisia, Tadchikistán, Uzbekistán, etc.- es menos que precaria y puede degenerar en una catarata de problemas político militares para Moscú. Y en el Kremlin, generales y jefes de los servicios secretos señalan unánimemente al radicalismo islámico como primer promotor de las turbulencias imperantes en los Estados musulmanes de Asia Central.

En este punto la problemática de Moscú y Washington es similar, aunque las vías por las que se ha llegado a la situación actual en esos países sean bien diferentes. Los respectivos intereses nacionales de Rusia y los EE.UU. discrepan hoy en día casi tanto como en la fase final de la guerra fría, pero el desafío que supone el terrorismo fundamentalista para ambas potencias es casi idéntico y la falta de respuesta a este problema es ya absolutamente idéntica.

Si no idéntico, el análisis que hacen del problema los dos países es muy similar. El enemigo número 1 entre los terroristas musulmanes es Al Qaeda y el punto débil de todo terrorismo organizado es su financiación.

Al Qaeda y su líder Bin Laden no representan un peligro por su armamento o su implantación de células en Rusia y los EE.UU., sino por su poder de motivación de individuos que no temen el martirio. Además, Bin Laden ha desarrollado casi a la perfección una estructuración de células inconexas entre si -lo que reduce grandemente el peligro de traiciones o identificaciones por los servicios secretos- que sólo cooperan de forma coordinada cuando el mando central -Al Qaeda, en este caso- organiza alguna macro acción. El primer grupo guerrillero en montar este andamiaje terrorista fue, a mediados del siglo XX, el FLN argelino en su pugna por la independencia de Argelia.

El segundo punto en que hay plena coincidencia entre los especialistas en antiterrorismo de Rusia y Estados Unidos es en que la principal fuente de ingresos de Al Qaeda es el narcotráfico afgano. Bajo este concepto se engloba tanto la droga generada en Afganistán como la que pasa por Afganistán hacia oeste procedente de otras zonas asiáticas de cultivo. Demoler las fábricas -los laboratorios- de estupefacientes es el peor golpe que se le puede asestar en estos momentos a Bin Laden. De ahí la cooperación ruso-norteamericana de finales de septiembre contra el narcotráfico afgano.