El fin es ser feliz, lo que sólo se consigue lentamente y exige una aplicación cotidiana. Es una frase que le viene pintiparada a mi jefe, maestro y amigo José Manuel Goikoetxea, Fardel, al que anteayer le brindaron un homenaje en su Alsasua natal, que si quieren que les diga la verdad, ya era hora, aunque bienvenidos sean todos los recuerdos por remisos que sean.
José Manuel fue, o yo lo considero, el aita sustituto del que ya no tenía y que hacía mucho lo había perdido. Me hacía alguna carantoña y con frecuencia me abroncaba o me enseñaba pacientemente, vamos, lo que hace un aita. Tan es así, que murió un 11 de septiembre, el mismo día que mi genuino aita solo que 30 años más tarde.
¡Fue tantas cosas! Fue un amigo que tanto me ayudó, tanto me enseñó y tan a gusto estaba con él que todavía, en mi imaginario, sigo viéndolo, sigo escuchándole y sigo pensando qué haría o diría él ante cualquier situación compleja con la que me encuentre, y termino por hacerle caso porque sigue ahí. Casi no hay día en que me pare un momento a pensar en él, y no soy un fetichista, solo un admirador de quien era admirable por su manera empática y humana de ser.
Fue el patrón al que todo el mundo respetaba de “la finca”, un espacio imaginario de gentes dedicadas a gestionar el sector primario, y nunca porque fuera patrón, que nunca lo fue, sino porque sus palabras y acciones eran sabias y llenas de humanismo y democracia.
Fue alcalde de su pueblo, consejero de su país y parlamentario de su tierra y todo lo hizo pensando en una tierra, un país y un pueblo mejor, sin pensar en él, siempre pensando en los otros. Euskadi, sin lugar a dudas, sería mejor si él siguiera enredando por aquí. Aun habiendo pasado demasiado tiempo desde que desapareció de mi vida real, le echo mucho de menos.