La hemiplejia emocional es una epidemia que afecta a un número difícil de cuantificar de personas, ya que sus síntomas afloran en momentos puntuales y se ocultan sin más hasta la siguiente crisis. El hemipléjico emocional es incapaz de sentir dolor por el mal que aqueja a los otros, es decir, a esa mitad de la humanidad que no piensa como él. Pongamos un ejemplo: a Mariano Rajoy no le dolió ver cómo un policía español saltaba desde lo alto de una escalera para aterrizar con su bota sobre una indefensa ciudadana, tampoco surgió en él sentimiento alguno de empatía hacia la mujer arrastrada por los pelos, hacia la joven manoseada en sus partes íntimas, hacia los apaleados, los tiroteados con pelotas de goma... ni se puso rojo por toda la sangre que hicieron correr sus agentes del orden en Catalunya. Todas esas personas forman parte de la mitad del cuerpo emocional del presidente en la que no siente nada. No está suficientemente estudiada la hemiplejia emocional. No se sabe si es congénita, si es contagiosa, si tiene cura... Yo, que soy muy dado a colaborar con la ciencia, me ofrezco como conejillo de Indias para ver si estoy afectado. El experimento consistiría en lanzar a Rajoy por las escaleras de La Moncloa en la recepción, qué sé yo, al presidente de Burundi, para comprobar si el batacazo me causa pena o dolor emocional alguno. Y no lo planteo porque sienta una inquina especial por el presidente, que conste. Prueba de ello es que estoy dispuesto a que el porrazo sea proporcional y proporcionado.