Cómo ‘mimar’ la batería de un vehículo electrificado para que dure lo máximo posible
Es el principal elemento (y el más caro) de los vehículos electrificados, por lo que mantener su buena ‘salud’ con el paso del tiempo es fundamental. Siguiendo una serie de pautas de uso, es posible que su rendimiento apenas decaiga, incluso tras muchos miles de kilómetros.
Durante años, la gran duda alrededor de los coches eléctricos y los híbridos enchufables ha sido siempre la misma: ¿cuánto dura realmente la batería? La percepción popular ha tendido a exagerar el desgaste, imaginando pérdidas rápidas de autonomía y costosas sustituciones. Sin embargo, la realidad es bastante más optimista.
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Un estudio reciente de Arval, basado en 24.000 certificados de salud (es como un informe oficial que mide cuánta capacidad real conserva la batería respecto a cuando era nueva) de baterías de vehículos eléctricos (66%) e híbridos enchufables (33%) vendidos en 11 países europeos, demuestra que la degradación es mucho menor de lo que se creía. De hecho, en palabras del propio informe, “la degradación real de las baterías es baja, predecible y muy inferior a lo que se cree”.
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Lo cierto es que los datos son muy interesantes: a los 70.000 km, la capacidad media se mantiene en el 93%, y tras 160.000 km o seis años de uso, el estado de salud sigue por encima del 90% (en un teléfono como el iPhone es fácil perder ese 10% en apenas dos años). Además, los modelos más recientes muestran entre dos y tres puntos porcentuales más de ‘salud’ respecto a generaciones anteriores, gracias a mejoras en refrigeración, gestión térmica y química interna. La degradación, lejos de ser brusca y repentina, en realidad se produce de forma lenta y progresiva, cifrándose en alrededor de un 1% cada 25.000 km tras una ligera caída inicial.
Este tipo de resultados no es exclusivo de la Unión Europea. Estudios en mercados como Australia o Reino Unido confirman la misma tendencia: baterías que, incluso después de 75.000 millas (unos 120.000 km), conservan más del 90% de su capacidad, reforzando la idea de que los vehículos electrificados (tanto BEV como PHEV o híbridos enchufables) son mucho más ‘duraderos’ de lo que se pensaba. Esta evidencia también está ayudando a consolidar el mercado de ocasión eléctrico, un segmento clave si Europa quiere acelerar la descarbonización del parque móvil.
Pero si las baterías ya son longevas por diseño, ¿qué puede hacer el usuario para prolongar aún más su vida útil y alcanzar esos datos con mayor facilidad? La respuesta pasa por adoptar hábitos sencillos que reducen el ‘estrés químico y térmico’ al que se enfrentan las celdas. No se trata de vivir obsesionado con su estado, pero sí de entender cómo funcionan y qué condiciones favorecen dicha longevidad.
¿Cuánto pueden durar las baterías de un vehículo eléctrico en el ‘mundo real’?
Uno de los principios más importantes es evitar los ‘extremos’ de carga. Las baterías de iones de litio (las mismas que alimentan móviles y ordenadores, pero a mayor tamaño) sufren más cuando se mantienen durante mucho tiempo al 100% o se dejan caer hasta el 0%. Por eso, muchos fabricantes recomiendan moverse en un rango que oscila entre el 20% y el 80%, especialmente en el día a día. Mantener la batería en ese intervalo reduce la tensión interna y ralentiza la degradación. No significa que no se pueda cargar al 100% nunca, pero sí que conviene reservarlo para situaciones puntuales, como puede ser un viaje largo por autopista.
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La temperatura es otro factor decisivo. El calor excesivo acelera las reacciones químicas internas y puede dañar la batería a largo plazo. Por eso, siempre que sea posible, es preferible aparcar en sombra o en un garaje, y evitar cargar el coche bajo un sol intenso. Es cierto que los vehículos modernos cuentan con sistemas de refrigeración activa que protegen la batería, pero incluso así, un entorno más fresco siempre ayuda. El frío, por su parte, aunque no degrada la batería, sí reduce temporalmente la autonomía y la potencia de carga. En climas muy fríos, pre-acondicionar el coche (calentar la batería antes de circular o cargar) puede suponer una importante diferencia.
La forma de cargar también influye. La carga rápida es una herramienta ideal para viajar, pero su uso continuado genera más calor y el ya mencionado estrés interno. Por eso, lo ideal es recurrir a ella solo cuando sea necesario y priorizar la carga lenta en casa o en el trabajo. La carga en corriente alterna, más ‘suave’, permite que la batería trabaje en un entorno más estable y prolonga su vida útil. Además, muchos coches permiten programar la carga para que termine justo antes de salir, evitando que la batería pase horas al 100%.
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El estilo de conducción también juega su papel. Aceleraciones bruscas, frenadas agresivas o velocidades muy altas exigen más potencia y elevan la temperatura interna de la batería. Una conducción suave, anticipando el tráfico y aprovechando la frenada regenerativa, no solo reduce el consumo, sino que también disminuye el desgaste químico. En los híbridos enchufables, mantener algo de carga en la batería permite que el motor eléctrico participe más a menudo, lo que evita que la batería tenga que vaciarse por completo (los llamados ‘ciclos profundos’) y reduce el desgaste a largo plazo.
Otro aspecto que está cambiando el panorama es la llegada de nuevas normativas europeas. A partir de 2027, los coches eléctricos deberán mostrar en el salpicadero un indicador estandarizado del estado de salud de la batería, denominado SOCE (State of Certified Energy). Hay teléfonos, como los iPhone, que permiten de hecho conocer el estado de salud de la batería, mostrando el porcentaje restante de capacidad que le queda.
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Cada batería contará además con un pasaporte digital que recogerá su historial, capacidad certificada y datos clave para el mercado de ocasión. Como señala el documento, “estos avances contribuirán a crear un mercado de segunda mano más estructurado, más legible y fiable” . Esto permitirá a los compradores saber exactamente qué están adquiriendo y reducirá la incertidumbre que aún pesa sobre el valor residual de los eléctricos.
Así que, como conclusión, las baterías de los vehículos electrificados son mucho más duraderas de lo que se pensaba hace apenas unos años (y se prevé que la cosa mejore con la próxima llegada de las semisólidas y completamente sólidas). Los datos reales, tanto en Europa como en otros mercados, muestran que mantienen más del 90% de su capacidad incluso después de largos recorridos y varios años de uso, lo que traducido a cifras significa que si un modelo completamente eléctrico, cuando era nuevo, anunciaba una autonomía homologada de 500 km, seguirá alcanzando unos 450 km incluso cuando el coche ya tenga cerca de una década de uso.
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