Y es que por las manos de la mayoría de nosotros, a lo largo de la vida, ya habrán pasado no solo uno, sino varios smartphones y portátiles. Seguramente les hayamos dado un uso intenso, cuidadoso en ocasiones y más despreocupado en otras. Se habrán sucedido las recargas, a veces incompletas y otras al máximo. La cuestión es que ha llegado un momento en el que somos muy capaces de vislumbrar en qué momento la autonomía de esos artilugios empieza a ser cada vez menor y podremos definir, sin equivocarnos mucho, a partir de qué momento empieza a ser interesante reemplazar el dispositivo por otro nuevo. Dicho de otra forma, nos hacemos a la idea de cuál puede ser su vida útil.  

Lógicamente, si se hiciese un estudio entre los millones de usuarios de este tipo de aparatos se podrían sacar datos muy concluyentes acerca de la vida útil de sus baterías, sin lugar a dudas su elemento principal (y uno de los más caros). Ahora bien, ¿se podría hacer lo mismo para saber cuánto pueden durar las baterías de los vehículos eléctricos, más allá de hipótesis teóricas? 

Quizá esta cuestión, hace apenas diez años, habría sido complicada de determinar por el simple hecho de que la popularización de ese tipo de movilidad y tecnología era aún bastante incipiente (es como si, ahora mismo, se pretende saber si los vehículos procedentes de China serán más o menos fiables que la media de otros fabricantes: no queda otro remedio que esperar a que esos vehículos ‘envejezcan’, porque ahora son, en su gran mayoría, muy ‘jóvenes’). 

Sin embargo, ahora que las cifras de ventas de eléctricos no dejan de crecer y ya son muchos los usuarios (particulares, organismos, empresas…) que acumulan años y kilómetros de uso con vehículos de este tipo, es más fácil dar forma a estadísticas que puedan resultar útiles… aunque sea parcialmente, porque siempre habrá que tener en cuenta el factor de la tecnología y que no es lo mismo la batería de un coche de 2015 que la de otro en 2026.

En cualquier caso, para salir de dudas, nada mejor que ver las interesantes conclusiones de un estudio publicado al respecto por Geotab, una empresa canadiense especializada en analizar grandes flotas de vehículos y que arroja algo de luz sobre esta cuestión. La compañía lleva tiempo monitorizando miles de coches eléctricos de distintas marcas y modelos, y su última investigación se basa en más de 22.000 vehículos repartidos por diferentes regiones y sometidos a distintas condiciones de uso. Esa amplitud de datos permite obtener una imagen bastante realista de cómo envejecen las baterías cuando se utilizan día tras día, con sus recargas (de mayor o menor potencia), trayectos cortos, viajes largos y cambios de temperatura. 

El resultado más llamativo del estudio es que la degradación media anual de la batería se sitúa en torno al 2,3 %. Traducido a la práctica, esto significa que, después de más de una década de uso, la mayoría de los vehículos eléctricos conservan aproximadamente tres cuartas partes de su capacidad original. Es una cifra, la de la degradación, que sorprende por lo moderada que resulta, sobre todo si se compara con la percepción general de que las baterías se deterioran rápidamente.

Después de más de una década de uso, la mayoría de los vehículos eléctricos conservan aproximadamente tres cuartas partes de su capacidad original

De hecho, la vida útil estimada supera con holgura el tiempo que muchos conductores mantienen un coche en propiedad, ya que en países como Estados Unidos la media ronda los ocho años. En otras palabras, la batería suele durar más que el propio ciclo de uso habitual del vehículo. También se puede ver desde otra perspectiva y pensar que el flamante coche eléctrico adquirido nuevo que lograba llegar a los 500 km con una carga completa, ahora se queda en unos 400 km.

La vida útil estimada supera con holgura el tiempo que muchos conductores mantienen un coche en propiedad. Mercedes-Benz AG

El estudio también muestra que no todas las baterías envejecen igual. Hay diferencias entre modelos, fabricantes y, sobre todo, entre hábitos de uso (algo que, por otra parte, ya era conocido). Uno de los factores que más influye es el tipo de recarga. Las cargas rápidas, tan útiles cuando se necesita recuperar autonomía en pocos minutos, someten a la batería a temperaturas más elevadas y eso acelera su desgaste. En cambio, las recargas más lentas, como las que se realizan en casa o en el trabajo, resultan menos agresivas y favorecen una degradación más suave. 

Las recargas más lentas, como las que se realizan en casa o en el trabajo, resultan menos agresivas y favorecen una degradación más suave

Por ejemplo, evitar el abuso de la carga rápida (especialmente aquellas que superan los 100 kW) puede marcar una diferencia significativa en la salud de la batería a largo plazo. Aunque estas cargas son útiles en momentos puntuales, su uso habitual puede acelerar el desgaste hasta un 3% anual, frente al 1,5% de quienes optan por cargas más suaves.

El clima también juega un papel importante. Como curiosidad, las baterías sufren más en ambientes muy calurosos, donde las temperaturas elevadas pueden acelerar las reacciones químicas internas que reducen su capacidad (se habla de una penalización media anual del 0,4%). En zonas frías, aunque la autonomía momentánea pueda verse afectada, la degradación a largo plazo suele ser menor. A esto se suma el estilo de conducción y el tipo de trayectos: los vehículos que realizan muchos kilómetros diarios o que se utilizan en condiciones exigentes tienden a mostrar un desgaste algo mayor, aunque incluso en esos casos la degradación observada sigue siendo relativamente contenida.

Los vehículos que realizan muchos kilómetros diarios o que se utilizan en condiciones exigentes tienden a mostrar un desgaste algo mayor

Un aspecto interesante es que el estudio de 2024 de la misma empresa había detectado una degradación media algo menor, alrededor del 1,8 % anual, frente al mencionado 2,3% del 2025. La diferencia entre ambos análisis no implica necesariamente que las baterías estén empeorando, sino que el conjunto de datos ha crecido y se ha diversificado, incorporando vehículos con patrones de uso más intensivos y un mayor número de cargas rápidas. Cuanto más amplio es el muestreo, más se acercan las conclusiones a lo que ocurre en el mundo real, con sus variaciones y particularidades.

Si las baterías mantienen un nivel de rendimiento aceptable durante más de una década, no solo se reduce la preocupación por su sustitución, sino que también mejora la percepción del valor de reventa de los vehículos eléctrico. Mercedes-Benz AG

Más allá de la cuestión de la durabilidad, estos resultados tienen sus implicaciones para la transición hacia la movilidad eléctrica. Si las baterías mantienen un nivel de rendimiento aceptable durante más de una década, no solo se reduce la preocupación por su sustitución, sino que también mejora la percepción del valor de reventa de los vehículos eléctricos. Además, desde un punto de vista medioambiental, la situación se vuelve más favorable: diversos estudios indican que un coche eléctrico compensa su huella de fabricación en apenas un par de años de uso, y si su batería puede seguir funcionando durante más de diez, el balance global resulta claramente positivo.

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A esto se suma que la tecnología continúa avanzando. Ya empiezan a aparecer baterías semisólidas que prometen una mayor estabilidad y una vida útil aún más prolongada. Si estas soluciones se consolidan, es probable que los vehículos eléctricos del futuro no solo mantengan su capacidad durante más tiempo, sino que también soporten mejor las cargas rápidas y las condiciones extremas. Esto podría traducirse en coches con más años de servicio, menos necesidad de reemplazos y un mercado de segunda mano más robusto.