Hay conversaciones que parecen fruto del azar, pero terminan convirtiéndose en una invitación a rescatar la memoria. Ocurrió hace unos días en la confluencia de la Alameda Mazarredo con Ibáñez de Bilbao. Allí se encontraron María Esther Solabarrieta, exdiputada de Medioambiente, y el médico Patxi Letamendi Urresti. Sus familias están unidas por un tronco común con raíces en Ondarroa y en el exilio vasco en Venezuela. Patxi es hijo de los históricos Karmele Urresti y Txomin Letamendi. María Esther recuerda que fue precisamente Karmele, enfermera de profesión, quien “me abrió los agujeros para los pendientes en las orejas recién nacida”, evoca agradecida.
La conversación trató sobre temas familiares, entre ellos, la icónica trompeta plateada de Txomin Letamendi, una pieza de la prestigiosa firma estadounidense Conn que la familia conserva desde hace casi un siglo. María Esther Solabarrieta planteó que aquel instrumento, testigo de una vida extraordinaria, merecería formar parte del patrimonio colectivo vasco. “Le hemos comentado –apostilla la exdiputada bilbaina- que ahora que se ha reabierto el Museo Vasco, éste sería un magnífico lugar donde donarla para que sea exhibida y conocida la historia del gran trompetista”. Más, cuando la biografía del trompetista apodado como Turuta resume buena parte del siglo XX vasco. “Porque antes que comandante gudari, resistente antifranquista o preso político, Txomin Letamendi fue, sobre todo, músico”.
Txomin, el del libro, el de la película, el de la historia, nació en Bilbao, en Castaños, en 1901, curiosamente el mismo año que el legendario trompetista Louis Armstrong, “admirado por él”. Se formó en el Conservatorio de Bilbao y, como recordaba su esposa Karmele, nunca dejó de definirse como “profesor de música”.
Aunque dominaba varios instrumentos, entre ellos el contrabajo y el oboe, la trompeta terminó convirtiéndose en su seña de identidad. “Siempre decía que le habría gustado ser violonchelista, pero las cuerdas eran para los niños ricos y los instrumentos de viento para los pobres”, diferencia ahora su hijo Patxi.
Su talento quedó pronto acreditado. Con apenas 21 años ingresó como primer trompeta en la recién creada Orquesta Sinfónica de Bilbao, fundada en 1922 bajo la dirección del maestro checo Vladimir Golschmann Marsick. Compartía escenario con algunos de los mejores músicos del momento y, durante los meses de descanso de la temporada sinfónica, formó parte del prestigioso conjunto de los hermanos Elola, integrado por profesionales de la orquesta bilbaina.
Aquella formación embarcó durante varias temporadas en el trasatlántico Alfonso XII, cubriendo la ruta entre Bilbao, Nueva York y La Habana. Eran los felices años veinte y la música viajaba con los pasajeros.
Según conserva la tradición familiar, fue durante una de aquellas estancias en Nueva York cuando animaron a Txomin Letamendi a presentarse a un concurso para trompetistas. Interpretó unas polcas a primera vista y obtuvo como premio varias monedas de oro —los populares sovereigns, conocidas en Venezuela como “morocotas”— y una trompeta Conn plateada fabricada en Pensilvania. Es precisamente ese instrumento el que hoy sigue guardando la familia. La historia volvió a cobrar actualidad hace apenas unos días. El gerente de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa invitó a los Letamendi al concierto de clausura de temporada protagonizado por el venezolano Pacho Flores, considerado uno de los grandes trompetistas internacionales. Actuó el 4 y 5 de junio. Al finalizar la actuación, Patxi pudo conversar con él y mostrarle fotografías de la histórica Conn. El músico venezolano confirmó la calidad del instrumento y apuntó que sería interesante revisar su estado de conservación.
Aquella conversación hizo revivir recuerdos. Flores explicó que había compuesto un vals titulado Morocota, dedicado a su madre. La palabra despertó el interés de Patxi y de María Esther. Ambas familias recordaban aquellas monedas de oro que tantas mujeres vascas exiliadas en Venezuela lucían orgullosas en celebraciones como los Aberri Eguna, San Ignacio o las Navidades.
Con el estallido de la guerra de 1936 motivada por un golpe de Estado español, Letamendi se incorporó al Ejército vasco. Llegó a dirigir el batallón Arístimuño y acabó emprendiendo el camino del exilio. En París participó en las actividades culturales de Eresoinka, el conjunto artístico impulsado por el Gobierno vasco para mantener viva la cultura vasca entre los refugiados.
Una ya mítica fotografía tomada durante el Aberri Eguna de 1939, en el castillo de Belloy, le muestra tocando la trompeta mientras comparten mesa el lehendakari José Antonio Agirre, Jesús María Leizaola y el president català Lluís Companys. Fue él trompetista quien presentó al joven Luis Mariano en uno de aquellos ambientes musicales del exilio, contribuyendo a abrirle las primeras puertas de una carrera internacional. El exilio venezolano tampoco sería definitivo.
A petición del lehendakari Aguirre regresó de forma clandestina para integrarse en los Servicios de Información del Gobierno Vasco que colaboraban con los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Aquella decisión avcabó marcando su destino. Fue detenido y sometido a durísimos interrogatorios en varias comisarías. Las torturas le provocaron graves secuelas físicas y neurológicas. “He pasado por una prueba de sangre”, escribió en una de las escasas referencias que dejó sobre aquellos días.
Murió en 1951, con solo 49 años y, según narran, con “un peso inferior a los cuarenta kilos”, tras pasar por las cárceles de Barcelona, Carabanchel y Guadalajara. Karmele Urresti tenía entonces apenas 34 años. Viuda y con tres hijos pequeños, regresó a Venezuela para sacar adelante a la familia. Allí crecieron Ikerne, Txomin y Patxi, agradecidos al país que les acogió y donde, como suele repetir el benjamín, vivieron “los años más felices de nuestras vidas”.
Con el tiempo, la figura de Karmele trascendió el ámbito familiar. Su vida inspiró la novela La hora de despertarnos juntos, de Kirmen Uribe, y más recientemente la película Karmele, devolviendo al primer plano una historia marcada por el compromiso, el exilio y la resistencia. El final del film era diferente al del libro. Consultado el actor durangarra Eneko Sagardoy –en el rol de Txomin– al respecto, argumentó que fue “cosa del guion, de dirección”. El final de la película es más visual; el de la novela de esperanza para la sociedad vasca, actual también.
A esa memoria se suma también un pequeño tesoro gráfico. La familia conserva la reproducción de una caricatura realizada en París en 1938 por Luciano Quintana NIK, uno de los grandes cartelistas del nacionalismo vasco durante la República, firmada en este caso con el seudónimo “Iñor” (Nadie). Un dibujo rescatado recientemente gracias a Araceli Echevarría.
La trompeta con la que Txomin Letamendi recorrió escenarios de Bilbao, Nueva York, París o Caracas permanece custodiada por sus hijos. Tras el encuentro casual entre Solabarrieta y Patxi puede que el instrumento abandone el ámbito familiar para incorporarse a los fondos de un museo. Así, por ejemplo, la guitarra de Iparaguirre se muestra a la ciudadanía en la Casa de Juntas de Gernika-Lumo.