Memoria intacta marcada a fuego en Gernika
Aurelio Diego cumplirá cien años en 2027 con un recorrido vital que sobrecoge por el bombardeo de 1937, tifus, duelos, Athletic, exilios y cárcel
Todo lo que cuento es verdad”. Así enfatiza Aurelio, de apellidos Diego Aranburu, su testimonio, y no es una frase decorativa. Es la forma en la que ordena toda su memoria. A sus casi 99 años, superviviente hasta ahora casi anónimo del bombardeo de Gernika y de una vida atravesada por guerra, enfermedad, exilio y pérdida, su testimonio se encadena con una lógica vital, no literaria. Como el suyo, siguen apareciendo relatos que amplían lo que sabemos de aquellos años. Aún hay más supervivientes de los que pensamos.
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En la villa foral, Aurelio nació el 13 de julio de 1927. Su familia vivía en aquellos días de Segunda República en la calle San Juan, número 33. Era el benjamín de ocho hermanos. “De todos ellos, solo quedo yo vivo”. Su infancia ya estuvo marcada por la dureza antes incluso de la guerra. En 1935, el tifus entró en su casa. Todo comenzó cuando su hermano Miguel se contagió en su mismo portal. “Se fue a casa de un amigo al piso de arriba y trajo el tifus a casa”. A partir de ahí, la enfermedad se extendió en la familia. “Estuvimos todos confinados”.
Miguel estuvo gravísimo. Llegó incluso a ser operado de la cabeza. Contra todo pronóstico sobrevivió y viviría hasta los 74 años. Pero la enfermedad fue implacable con otros dos hermanos. Luis y José, los mayores, murieron en cuestión de días. “Con 18 y 20 años”. El impacto fue inmediato, brutal, sin tiempo para el duelo. Uno de ellos, Luis, tenía una vida que apenas empezaba a despuntar. Aurelio lo recuerda con un detalle que sitúa aquella tragedia en la historia del fútbol de la época: “Era futbolista del Athletic de Bilbao”. Llegó a coincidir en categorías jóvenes con la histórica delantera de los Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza.
El golpe de Estado de los generales españoles contra la democracia y consiguiente guerra llevó a que un hermano de este gernikarra se alistara como miliciano contra el fascismo. “Estuvo en el frente, en Orduña, con el batallón Leandro Carro”. Y Aurelio va más allá al valorar que “también luchó en el frente del Ebro, en la histórica guerra de Belchite”. Aquel batallón, de orientación comunista, tuvo una fuerte presencia en el frente vasco. En aquel mismo batallón militaron personas vinculadas a figuras políticas posteriores, como el abuelo materno del lehendakari Juan José Ibarretxe, o combatientes como Mateo Balbuena, considerado uno de los últimos supervivientes del Ejército vasco en fallecer con edad centenaria, a los 110 años en julio de 2024.
Y no fue el único antifascista de la familia. Su padre, el pasiego Luis Diego, también sufrió represión. “Mi padre era socialista. Más bien tirando a comunista”. Tras la guerra volvió a Gernika confiando en una amnistía informal. “Los franquistas dijeron que el que no se había manchado las manos en sangre podía volver”. Pero, incumplieron su palabra. “Le cogió la Guardia Civil y a los dos meses todavía orinaba sangre”. Las palizas fueron, según Aurelio, extremadamente duras: “Los golpes que le daban eran donde más daño hacía a un hombre”. La condena fue clara. “Seis años y un día de prisión. Estuvo en los escolapios de Bilbao”.
Pero, un año y otro más su ágil mente vuelve al 26 de abril de 1937 que los nazis e italianos bombardearon la villa volatilizándola casi por completo. “Yo aquel día tenía nueve años y diez meses”. No hay dramatización, solo hechos: “Recuerdos malos”. Cuando empezaron a explotar las bombas de la sinrazón, salieron de casa y se refugiaron en la casa del Conde Arana. “Allí había un refugio”. En él se reunieron su madre, Avelina Aranburu –natural de Arredondo-, su hermana Gabriela y él. El resto de la familia se dispersó: “Cada uno andaba por un lado, porque fue un bombardeo imprevisto”.
Dentro del sencillo bunker, la violencia era física: “Cuando explotaban las bombas, la onda expansiva nos levantaba del suelo”. El sonido. Gritos. Confusión. “La gente gritando. Dantesco, era dantesco”. Y una certeza que atraviesa los años: “Lo recuerdo como si hubiese sido ayer”.
El ataque aéreo duró horas: “Más de tres horas”, estima. Gernika bajo las llamas. “Tiraron seis o siete bombas incendiarias. El fuego empezó a bajar”. Y también ataques a quienes intentaban huir: “Los que querían salir del refugio o huían los ametrallaban. Al salir vimos que estaban junto a la puerta muertos”. Los aviones volaban bajo: “Eran nazis, porque llevaban el escudo alemán debajo de las alas”.
Tras el raid, la ciudad ya no era reconocible. “La gente preguntando por sus familiares… ¿Has visto a fulano? ¿Has visto a mi marido?”. Y su casa había desaparecido: “Nos quedamos con las llaves de casa en la mano, pero no teníamos casa”. No hubo tiempo ni para lo básico. “Esa noche no cenamos porque no había comida ni había nada”. Comenzó entonces la denominada migración interna y a pie. “Salimos andando hasta Zamudio. Casi toda la noche andando hasta llegar a casa de una tía”.
El desplazamiento continuó en Cantabria. Estando en Arredondo, su familia intentó evacuar a dos hermanos a la Unión Soviética. “Nos apuntó para ir a Rusia, pero el barco salió y nosotros nos quedamos”. No sabían fecha ni hora de embarque. A partir de ahí, la guerra los dispersó aún más. En Santander capital lograron subir a un pesquero. “Estuvimos cuatro días a la deriva. Sin comida, sin nada”. Llegaron a Francia y en país estuvieron apenas unas horas. “Al llegar a La Rochelle, nos dieron un pan largo y nos lo comimos casi entero del hambre que teníamos”.
El mismo día les trasladaron a Catalunya, que aún era suelo republicano. Allí, la familia quedó fragmentada. “Perdimos a mi hermano mayor. Estuvimos muchos meses sin padre y sin hermano”. Vivieron en Balaguer, luego en caseríos de Barcelona, ayudados en parte por pilotos de un campo de aviación: “Nos ayudaban mucho económicamente y con comida”.
Tras la guerra, regresaron a suelo vasco. “Vinimos con lo puesto”. Se establecieron en Elgoibar. Sus padres, que habían tenido dos establecimientos, uno de carpintería y otro de helados en Gernika, comenzaron a trabajar en Elgoibar “como traperos, dedicándose también a la chatarra”. Aurelio encontró en la música una forma de reconstrucción personal: cantó en coros, aprendió solfeo, clarinete, que finalmente cambió por un requinto durante medio siglo: “He estado tocando más de 50 años en la Banda de Elgoibar, aquí soy muy conocido”.
Su vida adulta también estuvo marcada por el dolor. Su mujer, Cristina Ruiz Poveda, enfermó durante tres décadas. “He tenido la mujer enferma 30 años con cáncer de mama hasta que el cáncer se la llevó”. Murió en 1995. Y el duelo sigue presente: “He llorado mucho. Llevo llorando desde hace más de 30 años”, se emociona ante la grabadora quien nunca ha fumado, ni bebido alcohol y fue deportista: pelotari y mendizale.
El testimonio de Aurelio, que trabajó como troquelista e inventor en Irusta Arrilaga o la mítica Sigma, no es una reconstrucción literaria ni un relato cerrado. Es memoria en bruto, ordenada por la vida (y muerte) misma. Y forma parte de un conjunto de relatos que todavía hoy siguen apareciendo. Porque la historia de Gernika-Lumo, como la de tantas otras tragedias, no está completamente contada.
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