Es falso que la corriente del Ebro siempre corra hacia el Mediterráneo. En ocasiones, su flujo ha sido ascendente. Era el de las embarcaciones que remontaban la corriente a remo o arrastradas por acémilas desde los caminos de sirga de las riberas. Fueron las embarcaciones que, primero aprovechando muelles precarios, y después auténticos puertos fluviales como el de Varea y otros, transportaron hace más de dos milenios un par de joyas alimentarias que encontraron su paraíso en La Rioja: la vid y el olivo. Aquellas barcazas acarrearon placeres de la mesa y salud.
A principios del siglo II antes de Cristo, el olivo proporcionaba algo hoy olvidado: combustible para las lámparas que iluminaban casas, templos y calles. La misma Varea, y también Calahorra y Alfaro, fueron centros de intensa actividad productiva. Y lo siguen siendo hoy en día. En Varea, las excavaciones arqueológicas han documentado talleres industriales dedicados a fabricar ánforas para el transporte de aceite a través del Ebro. Después, la Legio IIII Macedonica se dedicó a construir la Calzada del Ebro y los puentes sobre el Iregua, lo que facilitó aún más la exportación del aceite riojano hacia el resto del Imperio. La buena alfarería, el vino excelente y un aceite extraordinario forman parte de la identidad de La Rioja desde entonces.
Tras la caída del Imperio Romano, la cultura del vino y el aceite (¿Existen otras culturas?) se refugió tras los muros de los monasterios. El vino resultaba indispensable para la liturgia y el aceite para la unción y la iluminación de los altares. Los cartularios del Monasterio de San Millán, que datan de hace más de un milenio, contienen las primeras referencias escritas sobre la propiedad de viñedos y olivares en la zona.
El trujal
En tanto que el vino ganaba fama en otros territorios, el aceite se mantenía como el "oro líquido" doméstico. Los primeros trujales comunitarios eran edificios donde los vecinos llevaban sus olivas para ser molidas por grandes piedras circulares movidas por tracción animal. Por eso, el trujal o almazara constituye un exponente de la arquitectura industrial popular. Históricamente, el sistema predominante era la prensa de viga y quintal: una enorme estructura de madera que transmitía presión sobre "capachos", o discos de esparto, para extraer el mosto oleoso. Un testimonio vivo de esta historia se conserva en el trujal de Molinos de Ocón, construido hacia 1950, que mantiene íntegras sus muelas de piedra y calderas originales como centro de difusión cultural. O el de Préjano, que funciona como interesante centro de interpretación.
Variedades
La riqueza del aceite riojano reside en su patrimonio varietal, donde destaca la Redondilla de Logroño, o Redondal, como la variedad autóctona por excelencia. Es un árbol de bajo vigor, muy resistente al frío invernal, que produce un aceite verde amarillento con notas de manzana y almendra verde. Otras variedades incluidas en la Denominación Protegida son la Arbequina y Royuela así como la Empeltre y la Machona.
En la actualidad, el olivar riojano se distribuye por un territorio de gran diversidad climática, extendiéndose a lo largo de 100 kilómetros en torno al Ebro. En la Rioja Oriental, la zona con mayor tradición y volumen, en la que localidades como Alfaro, Aldeanueva de Ebro, Quel y Autol concentran el grueso de las hectáreas; el clima favorece variedades como la Arbequina y la Empeltre. Mientras, en la Rioja Media, municipios como el mismo Logroño, Murillo de Río Leza o Agoncillo cuentan con explotaciones importantes en las que conviven métodos tradicionales con almazaras muy modernas. En la Rioja Alta, zonas como Cenicero o Haro producen aceites muy valorados por su frescura por el predominio de la variedad Royuela, una aceituna muy resistente al frío. Y, aunque en menor cantidad, existen olivares de montaña y en valles interiores, como los del Jubera o el Cidacos, que ofrecen aceites con perfiles organolépticos muy diferenciados debido a la altitud.
La Redondilla
La Redondilla es una variedad de vigor medio y porte erguido, extremadamente resistente a las inclemencias del clima riojano. Su nombre no es casual: describe a la perfección la morfología de sus frutos, pequeñas esferas casi perfectas que maduran de forma temprana. Esta precocidad es clave, ya que permite recolectar la aceituna antes de que las heladas del invierno comprometan la calidad del fruto. Ha pasado de ser una olvidada en las lindes de las viñas a convertirse en el objeto de deseo de los paladares más exigentes. Tras años de hegemonía de variedades foráneas, la recuperación de este patrimonio genético riojano está marcando un hito en la Denominación de Origen Protegida (DOP) Aceite de La Rioja.
El aceite virgen extra producido con Redondilla ofrece un espectáculo de matices. No se trata de un aceite que busque la potencia bruta, sino la complejidad armónica que destaca en nariz por un afrutado intenso donde dominan las notas de hierba recién cortada, cáscara de plátano verde y, de forma muy característica, un aroma sutil a alcachofa y almendra amarga. En boca, su entrada es dulce y fluida; el picor y el amargor aparecen de forma progresiva y equilibrada, dejando una sensación de frescura que invita a seguir degustando. Un poquito de pan sobado riojano impregnado con este aceite es gloria pura.
Unos 600 olivicultores producen anualmente en La Rioja entre 500.000 y 600.000 litros de un aceite que va más allá del simple ingrediente gastronómico.