La Fórmula 1 es un deporte cíclico, marcado por etapas de cambio. Cada generación trae nuevas normativas que deben adaptarse a la competición siempre bajo la premisa de mejorar el espectáculo y ofreciendo a la vez una visión de futuro relacionada con la transformación social. Es decir, la evolución de las reglas no es algo extraño en el Gran Circo. Pero está resultando llamativo que quienes diseñaron la última gran transformación de la Fórmula 1, para muchos incluso la mayor de la historia, están corrigiéndola de manera permanente antes de que haya madurado. Es más, solo han transcurrido cinco carreras y las modificaciones se han convertido en tónica habitual.

La temporada 2026 nació como el inicio de una nueva era, como una revolución. Se apostó por motores híbridos más electrificados, por combustibles sostenibles, por aerodinámicas activas… La tecnología era presentada como el camino inevitable hacia el futuro. Un salto radical. Sin embargo, el reglamento, que por otra parte es lógico que permanezca vivo y alterable, ya acumula varias revisiones. Y es ahí donde surge el debate: ¿la Federación Internacional de Automovilismo (FIA, encargada de la legislación en la F-1) está perfeccionando una idea o intentando arreglar una que nunca terminó de convencer? Bueno, si acaso convence a Mercedes, el caso de éxito en el proceso de adaptación.

El accidente que aceleró los cambios

Esta Fórmula 1 actual ha convivido con la crítica desde su concepción. Max Verstappen, Lewis Hamilton, Lando Norris, Fernando Alonso… levantaron la voz. “Es una Fórmula E con esteroides”, proclamó Verstappen. “Es ridículamente complejo”, añadió Hamilton. “Es un caos, artificial”, criticó Norris. “Es un campeonato del mundo de pilas”, declaró Alonso. Grandes nombres de la parrilla se alzaron en contra de la relevancia concedida al apartado eléctrico. Pero el peligroso accidente de Oliver Bearman en Suzuka, tercera prueba del campeonato, aceleró la introducción de modificaciones en el reglamento. 

Max Verstappen ha sido el piloto más crítico con la nueva reglamentación de la Fórmula 1 e incluso se ha hablado de una posible retirada prematura. Europa Press

En Miami, cuarta carrera, se reajustó la recarga máxima de energía permitida, se pasó de ocho megajulios a siete para disminuir la acumulación excesiva y forzar una conducción más continua a máxima potencia; se acortaron a la mitad los tiempos de recarga de las baterías; se aumentó la cantidad de energía recuperada durante los procesos de carga, hasta un 40% más, lo que redujo el tiempo de conducción con potencia reducida en cada vuelta. Con ello, se trató de mejorar la seguridad de los pilotos y promover un pilotaje menos artificial, pero por otro lado se evidenciaba la inmadurez de esta nueva etapa. Es lógico que una nueva época requiera de ajustes, pero cuando estos llegan con el curso en marcha pueden ser elementos que alteren el orden, lo que de cara al aficionado genera desconfianza respecto a la justicia que se aplica en la competición.

La Fórmula 1 suele justificar los grandes cambios argumentando que necesitan tiempo de desarrollo, enormes inversiones y estabilidad normativa para que los fabricantes y los equipos puedan adaptarse. Sin embargo, la realidad reciente muestra una competición que parece vivir en una fase continua de corrección, y sin márgenes.

En el mismo escenario de Miami y ante las previsiones de lluvia extrema, la FIA también alteró el reglamento para el caso de que la carrera se desarrollara sobre mojado. Es decir, si aparecía la lluvia no se podría activar el modo de adelantamiento (Boost) y se reduciría la potencia del ERS, cuya función es recuperar la energía que normalmente se perdería al frenar o acelerar para transformarla en electricidad y dar al coche un empuje extra equivalente a unos 160 caballos. De nuevo se habló de protección para los pilotos. O sea, si llueve se caparán sistemas sobre los que las escuderías han trabajado para obtener diferencias con el resto. En este sentido, se priva a los mejores de recurrir a sus virtudes.

Mónaco, nueva ola de cambios

Ahora llega Mónaco, sexta cita del calendario, que se disputa este fin de semana. Como por las calles del Principado no existen escapatorias, lo que aumenta el riesgo, la FIA ha capado los motores y la aerodinámica activa. De modo que no se podrá recurrir a toda la potencia disponible y los alerones no se podrán abrir ni en la clasificación ni en la carrera. Medidas que alteran las prestaciones de los monoplazas y que traen otra pregunta: ¿sucederá en más circuitos urbanos? Desde luego, reina la sensación de que se improvisa sobre la marcha, en función de los problemas que pueden surgir en cada circuito, y eso genera incertidumbre en los agentes involucrados y también en el público.

En 2027 se dará un paso atrás

Asimismo, durante este camino de solo cinco carreras disputadas, la FIA también ha avanzado que en 2027 habrá nuevas modificaciones en el reglamento. La intención es devolver importancia al motor de combustión frente a la parte eléctrica. En 2025 se cifraba en un reparto con proporción de 80-20, en 2026 es de 50-50 y se espera que el próximo año sea de 60-40. La era que fue concebida para aumentar el protagonismo de la energía eléctrica en pro de la sostenibilidad y la sofisticación tecnológica, da ahora marcha atrás, desacreditando parcialmente el discurso que condujo hasta este punto en el que se encuentra la Fórmula 1.

Por si fuera poco, la contradicción ha alcanzado su máxima expresión cuando el presidente de la FIA, Mohammed Ben Sulayem, ha afirmado que el organismo tiene pensado recuperar los motores V8 a partir de 2030 o, como muy tarde, 2031. Es decir, se recuperará un V8 que fue sustituido en 2014 por un V6 híbrido, lo que dio comienzo a la conocida como Era híbrida de la Fórmula 1. “Será con una electrificación muy, muy mínima”, ha avanzado. No es un una posibilidad remota, sino un objetivo.

Entonces la pregunta es: ¿hacia dónde transita verdaderamente la Fórmula 1? Alcanzados este punto, el problema no parecen ser los cambios, que siempre los ha habido sin decaer la afición. El problema parece ser que los propios diseñadores de este nuevo reglamento implantado en 2026 no parecen estar convencidos de lo que han creado. Entre tanta modificación, correcciones y promesas de un porvenir distinto al presente, el mensaje se puede interpretar como que el futuro que se presentó como definitivo ya parece tener fecha de caducidad. Y mientras tanto, los equipos tendrán que demostrar su capacidad para adaptarse a los diferentes desafíos que va planteando la FIA para cada carrera, porque los cambios ya se han convertido en rutina.