LAS elecciones autonómicas de Aragón que se celebran hoy son una estación en la secuencia electoral que se abrió a finales de 2025 en Extremadura y que continuará este año en Castilla y León y Andalucía. Los estudios demoscópicos apuntan con claridad a un triple movimiento que ya se observó en Extremadura. Un PSOE en retroceso y tocando suelo; un Partido Popular lanzado hacia resultados cercanos a sus mejores registros históricos en la comunidad; y un Vox al alza, con opciones reales de duplicar su representación. Aragón ha experimentado en los últimos años un notable desplazamiento hacia la derecha. Parte de esta evolución se explica por su vecindad con Catalunya y por el sentimiento de agravio que prendió durante los años del procés, especialmente bajo la presidencia socialista de Javier Lambán. El presidente aragonés y candidato del PP, Javier Azcón, ha articulado una campaña en la que ha recuperado con fuerza la bandera regionalista, en un intento de marcar distancias con Vox. Su oposición frontal al trasvase del Ebro busca presentarlo como garante de los intereses aragoneses, al contrario que Vox, que defiende este proyecto. Pero se trata de una táctica electoral. La aritmética parlamentaria, de cumplirse las previsiones, obligará de nuevo al PP y a Vox a entenderse. Como ya ocurrió en Extremadura y previsiblemente volverá a suceder ahora en Aragón, los pactos entre ambas formaciones se han normalizado. Lejos de la incomodidad inicial, el PP ha asumido estos acuerdos con naturalidad, consciente de que son el peaje para acceder al poder en numerosos territorios. El objetivo de Azcón, como el de otros líderes autonómicos, no es evitar ese entendimiento, sino llegar a la mesa de negociación con mayor fuerza y margen de maniobra. Por contra, una derrota socialista en Aragón, sumada a la de Extremadura y a las que anticipan los sondeos en Castilla y León y Andalucía, profundizará la erosión del liderazgo de Pedro Sánchez. Consciente de este escenario, el presidente del Gobierno español trata de estirar la legislatura hasta 2027. Para ello combina iniciativas de alto impacto mediático y popular, como la prohibición de las redes sociales para menores de 16 años o su confrontación abierta con los grandes tecnoligarcas, con movimientos destinados a recomponer una mayoría parlamentaria cada vez más frágil. Es una estrategia de resistencia que busca ganar tiempo en un contexto político adverso.