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Editorial

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Regularizar una realidad

El decreto del Gobierno español que aspira a facilitar un estatus legal a medio millón de extranjeros residentes en el Estado precisa de una política adicional sobre inmigración que sigue sin definirse

La regularización extraordinaria de inmigrantes aprobada por el Gobierno español es una decisión necesaria, pero insuficiente si vuelve a convertirse en un gesto aislado y coyuntural. Es la séptima regularización en cuatro décadas con gobiernos de PSOE y PP, pero conlleva el riesgo de convertirse en placebo en tanto siga sin haber una estrategia migratoria estable, compartida y explicada a la ciudadanía. La medida reconoce un hecho incontestable: cientos de miles de personas sostienen en la sombra un modelo económico y de bienestar que ya depende del aporte demográfico exterior. Darles residencia y permiso de trabajo durante un año y suspender expulsiones corrige una injusticia y refuerza sus derechos básicos. Pero la regularización, por sí sola, no elimina la vulnerabilidad ni combate la economía sumergida si no va acompañada de itinerarios reales de empleo, formación y acceso a servicios que permitan una vida independiente y una aportación al modelo social colectivo como nuevos miembros de la estructura ciudadana.

Esa agenda sigue precisando de una doble cooperación: interna, entre Estado y comunidades que son quienes gestionan la integración cotidiana y, sin embargo, volvieron a quedar al margen de la decisión pactada entre PSOE y Podemos; y europea, porque compartimos un marco común de asilo, fronteras y residencia condicionante. La respuesta no puede limitarse a un expediente administrativo masivo cada vez que la presión social o económica se desborda. Hace falta una política migratoria integral que combine el principio humanitario con criterios claros de selección, acogida, integración laboral y convivencia. Existe una dependencia demográfica del exterior en nuestro modelo de crecimiento y bienestar y el imprescindible tratamiento humanitario y reconocimiento ético de los derechos de cada persona. Afróntese objetivamente, sin eludir las dudas y miedos que se alimentan contra la diversidad cultural, asociados a la seguridad, y sin renunciar a la exigencia de unos estándares de comportamiento cívico vigentes e incorporados al cuerpo legal. Es el camino hacia una pedagogía social basada en un relato veraz sobre beneficios y costes, para no ofrecer munición a los populismos que explotan la xenofobia hoy y aspirarán mañana a homogeneizar el pensamiento.