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Magnier reina en el caos

El velocista galo agarra la maglia rosa tras un accidentado esprint en la primera etapa del Giro en Bulgaria

Magnier reina en el caosEfe

De gira para recaudar fondos, la Grande Partenza recibió la propuesta de Bulgaria, donde acampará el Giro en sus tres primeros actos antes de desplegarse en Italia, la razón de ser de la carrera.

En Burgas desembocó la jornada, un paseo turístico que comenzó en Nessebar ondeando la bandera búlgara, que es como la italiana pero en horizontal.

Entre ambas localidades, 147 kilómetros y apenas un grado de diferencia de temperatura. Un plan ideal para los velocistas, amantes de la velocidad.

Una trazado corto y llano, sin oscilaciones, a modo del Mar Negro, el mar sin olas, sereno, calmo. Un paseo con vistas a la costa con un atormentado desenlace.

Agitada la travesía en el rompeolas del esprint. Allí emergieron las fuerzas feroces de los velocistas, colosos de músculos, rápidos y furiosos, una cascada de vatios, nervios y la lucha enconada por el espacio que provocaron una estampida entre el vallado, estrechado el paso de las bestias. Fuego y dinamita.

Los ingredientes ideales para que se desatara el caos. Una caída masiva provocó un tapón a 650 metros de la llegada.

Volaron cuerpos, bicis, esperanzas, dolores y gritos. Se formó un muro humano de sufrimiento. Una montonera. Se cortó la sinfonía loca del esprint.

Victoria para Magnier

Las notas, afortunadas, que escaparon de la trampa, apenas una docena, se jugaron la victoria en un final en el que se enfatizó Paul Magnier, que derrotó a Andresen, Vernon y Milan, desenfocado en la confusión, para vestirse de rosa. De estreno en la gloria del Giro.

Mientras Magnier gritaba su alegría y celebraba su logro, los caídos se levantaron con calma y resignación. Algunos golpeados. Todos finalizaron.

Entre los patricios quedó la sensación de que cualquier día, incluso los que no tienen ni una brizna competitiva hasta que se huelen las flores de meta, puede ser el último.

Nunca se sabe con el azar, con los designios de la carretera. Siempre a la intemperie. La falta de tensión es una llamada a los accidentes.

Antes de que todo concluyera de mala manera, en las urgencias y el frenesí, reinó la quietud. Diego Pablo Sevilla y Manuele Tarozzi rememoraron la fuga de la isla de Santa Anastasia, la Alcatraz de Bulgaria, que flota en Burgas.

La ínsula tomó el nombre del antiguo convento que presidía el islote. Las oraciones a Santa Anastasia acabaron con los piratas. Aquellos ruegos desataron una tormenta formidable. Una tempestad acabó con el asedio de los piratas.

Convivían en la pequeña isla, el recogimiento, el rezo y el aislamiento desde la Edad Media entre las paredes del convento.

Abandonado un siglo atrás, desde 1923, el templo de la fe se transformó en una prisión. Una de esas extrañas reconversiones del ser humano ajenas a la evolución, a aquel lema platónico que decía: Más escuelas y menos cárceles.

Magnier, de rosa.

Ese concepto resume el ideal platónico y socrático de combatir la ignorancia mediante la educación con el objetivo de formar buenos ciudadanos, reduciendo de ese modo la necesidad de infringir castigos físicos y privaciones de libertad.

En el convento que fue cárcel, el único dios al que se rezaba era el de la libertad desde las celdas que no eran las habitaciones espartanas de los monjes. Las celdas tenían otras connotaciones.

Fuga controlada

En 1925, un grupo de 43 presos políticos (comunistas y antifascistas), encabezado por Teohar Bakardzhiev, se rebeló y escapó de la isla, para después huir a la Unión Soviética, donde les esperaba una vida mejor. En su honor, la isla pasó a llamarse bolchevique cuando los comunistas llegaron al poder en 1945.

Sevilla y Tarozzi huyeron del pelotón desde el amanecer, pero con la fe justa. Esa que da para pasar momentos, que no el día. Su sueño era alcanzar Burgas. La suya era una libertad condicional, vigilada.

Sus agentes de la condicional les harían volver, un pelotón de centinelas uniformados en vivos colores, un jardín de flores en movimiento, que se balanceaba en una mecedora alegre.

Sobresalía en ese vergel de pantones, en el caleidoscopio, el casco rojo de Jonas Vingegaard, la gran estrella del Giro, la que le organización contrató con una buena suma. El dinero búlgaro era el pasaporte del danés en la Corsa rosa.

Cohabitaban los dorsales en el costumbrismo de los finales conocidos, sin menor presión que la de componer la refriega del esprint. El resto circulaba con un punto de dejadez.

Tarozzi y Sevilla eran apenas dos luciérnagas la una noche, que chocaron los puños para cerrar su aventura honrada. Su último chispazo. El de la despedida.

Ese fulgor iluminó la aceleración, la convocatoria de los lebreles, sueltos, que corren a dentelladas, que celebran un akelarre de velocidad y riesgo. Una explosión. Un sálvese quién pueda. En medio del pandemónium, sobresalió Magnier para reinar en el caos.