El mundo del deporte de élite exige sacrificios mentales y físicos. Todo aquel o aquella que quiera llegar a la cima debe pagar un precio, y quizás el de algunos deportistas sea su propia salud. El caso de Lindsey Vonn en los Juegos Olímpicos de Invierno que se están disputando actualmente, recuerda al de muchos otros que decidieron llevar su cuerpo hasta unos límites completamente insalubres.
La esquiadora es una de las más laureadas de la historia; 84 victorias en la Copa del Mundo y múltiples medallas olímpicas, lo avalan. La estadounidense regresó para competir en sus quintos Juegos Olímpicos en Milán-Cortina 2026 a los 41 años, tras casi seis años retirada y después de una cirugía de reemplazo parcial de rodilla con implantes de titanio en 2024. Su carrera ha estado marcada por unas lesiones que en 2019 le hicieron pensar que su cuerpo estaba "más allá de lo que podía soportar”.
Pocos días antes de la prueba olímpica de descenso, Vonn sufrió una rotura completa del ligamento cruzado anterior en la rodilla izquierda durante una carrera de la Copa del Mundo en Suiza, una lesión que normalmente supone el punto final a la temporada. A pesar de ello, y tras fisioterapia intensiva, consultas médicas y completar al menos una bajada de entrenamiento en la pista olímpica con un soporte en la rodilla, decidió presentarse en la salida del descenso olímpico, con la ambición de convertirse en la medallista más veterana en la historia de su disciplina.
Durante la carrera de descenso en Cortina d’Ampezzo, apenas 13 segundos después de iniciar su bajada, su brazo derecho se quedó atrapado en una puerta, lo que la desequilibró y provocó una violenta caída que causó una fractura de tibia que requerirá múltiples cirugías. La evacuaron en helicóptero y fue sometida a una operación para estabilizar la lesión.
En un mensaje emotivo en Instagram, la deportista escribió lo siguiente: “No fue un final de cuento, fue solo la vida". También quiso aclarar que su lesión del ligamento cruzado no tuvo nada que ver con la caída y que no se arrepiente de competir.
Pensar en competir sin estar recuperada de una lesión tan grave como aquella es una decisión arriesgada que ni siquiera el deporte profesional puede aceptar. Sin embargo, muchos otros lo hicieron, priorizando la gloria deportiva a su propia salud.
Otros casos
Un título, una victoria, un anillo... Motivos por los que muchos y muchas no dudan en saltar al ruedo. Uno de los casos más emblemáticos de esta casuística es Michael Jordan y su mítico 'Flu Game'.
11 de junio de 1997, los Chicago Bulls y los Utah Jazz —dos de las mejores franquicias de antaño— disputan el quinto partido de una serie que cuenta con dos victorias para cada bando.
La noche anterior, Jordan tenía hambre, por lo que pidieron una pizza a domicilio al hotel donde se alojaba el equipo. Más de tres repartidores fueron a entregar la comida, algo que levantó las sospechas de uno de los presentes de la habitación, llegando incluso a aconsejar a 'Mike' que no se la comiera. Este hizo caso omiso. Así lo cuenta el jugador de baloncesto más importante de la historia en la serie-documental 'The Last Dance', un hecho que pudo ser el antecedente de lo que vino después.
Tras toda una noche con vómitos y diarrea, y desoyendo los consejos de su madre, salió en busca de su quinto anillo. Jugó 44 minutos, lideró a los Bulls con 38 puntos, 7 rebotes, 5 asistencias y 3 robos, y anotó el triple decisivo a falta de menos de 30 segundos, un hombre inmortal. Los de Chicago acabarían ganando ese campeonato.
Otro de los nombres propios de esta sección también es estadounidense. No es otro que Tiger Woods, uno de los mejores golfistas de todos los tiempos.
En el verano de 2008, el maestro del green no estaba para competir. La rodilla izquierda llevaba meses avisando y la tibia empezaba a fracturarse por dentro, literalmente, pero a Woods le dio igual. Llegaba al US Open tras una artroscopia reciente y con fracturas por estrés que hacían visible el dolor en cada paso.
En pocas palabras; no era el de siempre, sino uno que caminaba con rigidez, y al que le costaba golpear la pelota. Aun así, se quedó. Jugó cuatro días, forzó un desempate y alargó el torneo hasta los 91 hoyos, ganándolo en una de las escenas más épicas que recuerda el golf moderno.
Al día siguiente del triunfo pasó directamente por el quirófano para reconstruirse el ligamento cruzado anterior, y no volvió a competir en todo lo que quedaba de temporada. Ganó su 14º major justo antes de desaparecer, como si hubiese exprimido el cuerpo por última vez.
Y quizás el suceso más parecido al de la protagonista sea el de Kerri Strug. No solo por la gravedad de la lesión, sino porque también se produjo en unos Juegos Olímpicos, esta vez, en los de verano. Puede que esta competición tenga una mística especial.
El equipo femenino de gimnasia de Estados Unidos necesitaba una rutina impecable para asegurarse la medalla de oro por equipos, y la estadounidense —la más joven y ligera del equipo—, llevaba semanas arrastrando una lesión grave: su tobillo derecho estaba fracturado y muy inflamado, tenía ligamentos desgarrados y un dolor que cualquier médico habría calificado de incapacitante, no para ella.
Durante los entrenamientos previos ya había intentado completar los saltos, pero cada caída le recordaba lo frágil que estaba su pie. Pese a ello, los entrenadores y sus compañeras dependían de ella para cerrar la rutina y sellar el oro olímpico.
Cuando llegó su turno final, la acróbata de Atlanta corrió hacia el potro, saltó y aterrizó. Su tobillo, que apenas podía soportar el peso del cuerpo, se dobló al contacto con el suelo, provocándole un dolor insoportable, pero logró mantenerse lo suficiente para que el equipo asegurara la victoria. Se desplomó inmediatamente después, incapaz de caminar, y tuvo que ser levantada en brazos mientras se llevaba una tremenda afición del pabellón.
Cualquier persona de a pie no puede llegar a comprender estos sacrificios tan solo por una victoria, pero para alguien que dedica toda su vida a ello, puede que tenga todo el sentido del mundo.