"Hoy a la tarde, a las 3.20, hemos dejado New York en un bus Grey -hound (galgo) rumbo a Boise, capital del estado de Idaho... Nos hemos lanzado a una gran aventura, la de descubrir una colonia vasca establecida desde años en un región remota de los Estados Unidos”. Así relata Manu de la Sota el comienzo de su viaje que él, como delegado en New York del Gobierno Vasco en el exilio, acompañado por Anton de Irala realizó en diciembre de 1938 a los estados de Utah, Nevada, Idaho y Oregón con el objetivo de recabar la solidaridad de la comunidad vasca que residía en aquellos territorios del oeste americano.
El diario se ha encontrado entre los papeles que estaban en casa de su sobrino nieto, Pedro de la Sota. Éste le pidió al escritor Joseba Sarrionandia que investigara en los fondos que ha ido custodiando estos años y, así, entre todo lo que han ido encontrando, un día aparecieron dos portafolios negros que contenían el diario inédito escrito por Manu en su viaje como delegado del Gobierno Vasco a la diáspora vasca.
Un manuscrito inédito que la profesora Maitena Iragorri ha estudiado y completado con la investigación que realizó in situ en el Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Reno y en Boise, y que ha convertido en un libro, donde se incluye documentación de la prensa de la época, fotografías, documentos y hasta un QR con el cortometraje Guernika, de Nemesio Sobrevila, que la delegación vasca proyectaba en aquel viaje. El libro, bajo el título Manu de la Sota. Viaje a Idaho 1938, acaba de ser publicado por Pamiela.
Refugiados
Manu de la Sota (Getxo 1897-1979) fue un intelectual, un hombre de acción, filántropo, poeta, presidente del Athletic, euskaltzale... Hijo del empresario Ramón de la Sota, estudió derecho en Cambridge y dejando a un lado los negocios de su familia, dedicó sus mayores esfuerzos a la cultura vasca. Durante la Guerra civil, De la Sota fue uno de los promotores de la Selección vasca de fútbol que viajó por el mundo, y después organizó la Coral Eresoinka, con la que recorrió Europa.
“El libro tiene un interés no solamente desde el punto de vista antropológico de aquellos pioneros vascos que fueron al oeste sino también como testimonio histórico porque eran delegados, representantes del Gobierno Vasco, que estaban en el exilio; en ese momento se acababa de abrir la delegación de Nueva York.”, comenta Maitena Iragorri.
“Los refugiados vascos invadían las carreteras con sus colchones para coger un barco o para atravesar la muga. El Gobierno Vasco se encontró con una necesidad de dinero acuciante para gestionar la vida de todos esos refugiados que estaban saliendo del país a centenares. Pero no solamente era una cuestión de dinero, también se necesitaba propaganda a favor de la causa vasca”, explica la autora.
Bailes benéficos
Manu de la Sota junto con Antonio de Irala decidieron viajar a los estados de Utah, Nevada, Idaho y Oregón para encontrarse con la importante diáspora vasca y recabar apoyos, también económicos. “Se celebraban bailes y la recaudación, la destinaban a los pastores que tuviesen necesidad por enfermedad, aunque ya el año anterior la habían mandado a través de la Cruz Roja a los refugiados vascos. Tras sus visitas, decidieron seguir enviando el dinero, además se visitaron el Capitolio, las principales redacciones de los periódicos...”.
De pastores a millonarios
Pero, además, a través del manuscrito se realiza un retrato de la diáspora vasca en aquel Far West de EE.UU. Se reflejan historias como la de Petra Uranga, que emigró de Hondarribia y le cuenta llorando cómo tuvo que abandonar su casa con sus tres hijas, se despidió besando las paredes de su caserío y se marchó con lo que pudo.
O la de Jon Archabal, que salió de Ispaster con 17 años y 2 dólares en el bolsillo. Llegó a Nueva York, como hacían todos, y de allí cruzó toda América para plantarse en Idaho.
Cuando llegan Manu e Irala a Boise, había acumulado 1 millón de dólares de aquella época, empezando como borreguero y pastor. “La mayoría empezaba como pastor, luego con lo que ahorraban compraban un rebaño, más tarde adquirían algunas tierras y abrían un rancho. Otros pasaban a la hostelería y abrían pensiones, la verdad es que así prosperaron”, explica la autora.
El caso de Joe Zatica, de Ispaster, es parecido. Con 18 años decidió marcharse a EE.UU. atraído por las noticias que sus amigos le enviaban desde Jordan Valley. Llegó allí y de allí al campo con la responsabilidad de 2.000 ovejas. No bajó a la pequeña ciudad en cuatro años, ahorrando todo lo que ganaba. Lo único que aprendió durante esos años en inglés fue Basque son of a bitch (vasco hijo de perra). Era lo que les decían los vaqueros americanos cada vez que traspasaban los lindes con sus ovejas. Joe decidió establecerse por sí solo y compró con los ahorros de los seis años 1.200 cabezas de selecto ganado lanar. Después llegó la crisis del 29 y perdió todo, pero abrió un bar, luego pasó a montar una empresa de transporte y se hizo rico.
“Los vascos que viven en estos lugares privilegiados de los Estados Unidos son en estos momentos los más felices de nuestra raza y pueden dar gracias al cielo porque le ha librado de todos los horrores que hemos padecido nosotros”, escribió De la Sota en su diario.