Imagínese postrado en una cama de hospital. Ya ha caído la noche y está solo, únicamente acompañado por sus propios pensamientos. Entonces, percibe movimiento en la cama contigua. No está tan solo como creía. El paciente se incorpora y le habla, interactúa con usted. Resulta que no es un paciente cualquiera, sino un actor que le implica en una función única, con usted como espectador exclusivo

Este es el germen de Ícaro, el monólogo con el que el creador italo-suizo Daniele Finzi Pasca lleva 35 años girando por todo el mundo y cuyo estreno absoluto en el Estado tendrá lugar el próximo 29 de abril en el escenario del Teatro Campos de Bilbao.

Tiene un currículum de infarto: fue el encargado de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Turín de 2006 y ha trabajado a las órdenes del fundador del Cirque du Soleil, Guy Laliberté. Pero siempre vuelve a Ícaro, un monólogo mucho más humilde, menos grandilocuente. 

"Es un teatro de empatía que nos acerca mucho a los enfermeros, a los médicos, a los chamanes, a los buenos cocineros, a los buenos padres, a los buenos abuelos"

Daniele Finzi Pasca - Actor, director y creador multidisciplinar

Para él, regresar a este espectáculo significa volver a la esencia: “Regreso para que, cada vez que me enfrento a proyectos multimillonarios, gigantes, siga estando vinculado a ella. Es como aferrarse a la persistencia de la simplicidad, que luego te da la fuerza para hacer cosas hipercomplejas”, cuenta a DEIA al otro lado de la línea, en una conversación en la que incluso afirma que esas grandes producciones son una versión maximizada de lo que propone en el monólogo. 

Y lleva haciéndolo desde hace 35 años en escenarios tan diversos como Uruguay o Suiza, y en distintos idiomas. En cada representación, un espectador elegido al azar por Daniele Finzi Pasca participa activamente en escena, mientras que el resto del público se convierte en voyeur.

En palabras de su creador, se trata de una propuesta escénica articulada desde el clown donde se tratan grandes temas “desde la ingenuidad de los niños o desde el deseo de libertad de un viejo”. Temas como, por ejemplo, la tensión entre lo que se transforma y lo que perdura. 

Más allá de las cuestiones filosóficas, lo que el creador coloca en el centro es el juego, la danza y la interpretación, “mirando a los espectadores en el alma”. Esa es la esencia del llamado Teatro de la caricia, una técnica desarrollada por su compañía que consiste en un entrenamiento actoral orientado no tanto a profundizar en la emoción propia como a convertirse en reflejo de las emociones que se generan en el público.

Este concepto, desarrollado por un pensador uruguayo, ha marcado profundamente la trayectoria del creador suizo: “Es un teatro de empatía que nos acerca mucho a los enfermeros, a los médicos, a los chamanes, a los buenos cocineros, a los buenos padres, a los buenos abuelos. En definitiva, es el estudio de la empatía. Eso es lo que hacemos: hacer más evidente en el escenario lo que, en realidad, tratamos de desarrollar en nuestra vida”, explica.

Cárcel y libertad

Habla de manera pausada y elige las palabras con calma. Cuando salen de su boca, parecen incluso acariciar a su interlocutor, incluso cuando recuerda momentos tan complejos como su ingreso en prisión, hace ya más de una vida. Cuando Daniele Finzi Pasca fue llamado a filas, se negó. Se rebeló contra el servicio militar obligatorio en Suiza y fue encarcelado. De esa privación de libertad surgió Ícaro, cuyo título hace referencia al personaje de la mitología griega que trató de escapar de Creta con unas alas de plumas y cera.

Sobre el encierro, sostiene que puede adoptar múltiples formas: una enfermedad que confina al cuerpo a las paredes de una habitación, o determinadas condiciones vitales que no se eligen ni se controlan. En su caso, la cárcel se convirtió en una experiencia que le permitió entender con nitidez los límites de la libertad: “La cárcel te da una claridad espacial, física, de lo que significan esos límites”, precisa.

Unos límites a los que también se enfrentan los enfermos, quienes según Daniele también son una especie de presos. En su caso, el carcelero es su propio cuerpo. Quizá por eso esta pieza nació como una experiencia pensada para desarrollarse en una habitación de hospital, donde cada noche un actor clown visitaba a un paciente. Este último desconocía que la persona que compartía la otra cama no era otro enfermo, sino un intérprete.

Más tarde, fue invitado a presentarlo en el Clown Festival Internacional de Milán, lo que supuso un punto de inflexión: allí se adaptó al escenario y dio origen a una nueva forma escénica. De esa evolución surge un monólogo que busca algo más que narrar. Es, en palabras de su creador, un intento de establecer una conexión directa entre quien cuenta y quien escucha, “tomando de la mano al espectador para llevarlo dentro de un juego”.

Historias que curan

La idea de fondo atraviesa todo el proyecto: la posibilidad de que las historias puedan curar. “Los médicos curan ciertas partes; nosotros, con las historias, podemos intentar curar otras cosas”, plantea.

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Desde ese enfoque, la narración se entiende como una herramienta emocional y simbólica: un niño con miedo a la oscuridad o a la muerte puede encontrar alivio al descubrir que, en la oscuridad, los monstruos se transforman a través de las historias; un adolescente que atraviesa su primera ruptura amorosa puede comprender que, aunque el dolor parezca absoluto, es posible sobrevivirlo.

En ese sentido, las historias funcionan como los mitos antiguos: herramientas “taumatúrgicas”, capaces de producir un efecto sanador. Todo el proyecto parte de ese experimento inicial, que con el tiempo se ha convertido en una especie de manifiesto: la convicción de que contar historias también puede ser una forma de curar.